viernes, 6 de junio de 2008

El calor tiene la culpa


Se ha dicho que el clima y la geografía influyen en la idiosincrasia de un pueblo. Que la idea de equilibrio de poderes y democracia no habría surgido en Grecia si esta no hubiera sido un conjunto de islas más o menos independientes entre sí, pero con una sólida identidad propia. Que los habitantes del hemisferio norte son más serenos y circunspectos que sus festivos vecinos del ecuador. Que Japón no sería hoy una potencia en tecnología y productos manufacturados si nunca hubiese tenido la necesidad (debido a su árida y volcánica geografía), de importar materias primas. Que el frío hace al hombre trabajar y el calor lo vuelve un haragán sin remedio; y que el mundo sería un mejor lugar si los ricos del norte gozaran del mismo clima que los pobres del sur.

Y debo admitir, lector, que todo esto empieza a parecerme cierto. Iquitos tiene una temperatura que oscila entre los 28 y 35 grados centígrados, nada que envidiar a los árabes del desierto, y a veces el calor al mediodía es tan insoportable que si vas en moto es imposible dejar de bajar los brazos en cada semáforo rojo, pues parece que ardieran como conciencia de congresista. Entre las dos y las cuatro de la tarde las calles de Iquitos parecen las de un domingo: casi vacías. A esa hora el iquiteño se guarda del sol y aprovecha para descansar. Ninguna diligencia se programa durante ese tiempo y es muy conocida la frase "cuando baje el sol", usada como pretexto para dejar para mañana lo que se debió hacer hoy.

Casi ningún negocio acata la moda de la capital del "horario corrido" y hasta las grandes galerías, como Quispe, suelen cerrar entre la una y las cuatro. Saben que en esas horas venderán tanto como el infeliz al que se le ocurrió vender "curichis de yogurt" y que ahora no se encuentran ni para recuerdo.

Entonces pues, puede que en ciertas costumbres poco esforzadas de mis coetáneos tenga mucho que ver el calor. Analicemos un poco más:

Se ha dicho que somos inmorales y promiscuos; y es porque puertas y ventanas se abren casi todo el día, dejando ver cosas que asustarían al más flemático limeñito.

Se ha dicho que somos confianzudos, porque la escasez de privacidad a que nos obliga el calor nos libera de formalidades y prejuicios; y no lo pensamos dos veces antes de abrazar al extraño, compartiendo el mismo vaso de cerveza o invitándolo a conocer hasta el último rincón de nuestra casa.

Se ha dicho que nuestras mujeres son ardientes y fáciles, y esa no es más que una mala impresión producto de su brevísima vestimenta; conclusión tan estúpida como llegar a una tribu aborigen y pensar que todas las mujeres de allí son unas perras porque andan mostrando lo que no deben. Las iquiteñas son efusivas en su trato y desprejuiciadas en su vestir, pero el problema no está en lo que hacen, sino en la interpretación que se la da a lo que hacen. Y antes de aceptar que vengan moralistas de otros lares a querer decirnos lo que ellas deben vestir, deberían someterlos primero a un test de Roschard para saber en que piensan ellos cuando se topan con una fémina entrepierna desnuda. Tal vez simplemente estén tratando de luchar con sus propios demonios.

Y bueno, la acusación final, que es la idea central de este artículo y hiere profundamente mi orgullo de varón: se ha dicho que el hombre charapa es un haragán. ¿Cuánto de verdad encierra esta afirmación? Quienes la defienden argumentan el manido discurso de la fuerza y el empuje del inmigrante de la sierra, que llega a Iquitos con una mano adelante y otra atrás, que duerme en una covacha y come cuando puede, pero a los pocos años de intenso trabajo (de horario corrido, por cierto) llega a ser propietario, cuando no un gran empresario. Ellos son las hormigas y nosotros la cigarra. Entre ellos y los chinos circula casi el 70% del flujo de caja de la ciudad. ¿Y qué es lo que piensan de nosotros? Que carecemos de: buenas costumbres, disciplina en el trabajo, sentido del ahorro, visión de futuro, grandes proyecciones, y que si no cambiamos de actitud siempre seremos sus empleados en sus fábricas y almacenes.

Así es, lector. En economía casi hemos sido expropiados. Y nosotros felices. Menos responsabilidad, más reventón. Nos basta con recibir nuestra paga semanal el sábado para volar al Complejo Naval y canjearla por cerveza, y luego andar prestando el lunes para el mercado o, lo que es peor, empeñando la tele. ¿Han advertido el crecimiento inopinado de las casas de empeño? Otro espejo de un deficiente sentido del ahorro, producto de nuestra idiosincrasia improvisada y facilista.

Jorge Bruce dijo alguna vez que nada te brinda mayor información acerca de la manera de ser de una población que su tráfico, y creo que dijo bien. Si tuviera que elegir al ícono que mejor represente al charapa promedio escogería a un motocarrista. Ser motocarrista es la primera opción para salir de un apuro, el dinero fácil al que recurren los mocosos sin brevete para invitar a la enamorada a la pollería o comprarse el celular de moda. Son todo un caso aparte. La proyección de nuestros defectos. Como conductor de motocicleta, he tenido la oportunidad de verlos interactuar en la pista y soportar muchas de sus impertinencias. El Reglamento de Tránsito establece que los vehículos lineales deben transitar por el lado derecho de la pista, pero aquí ésa es letra muerta, pues desde siempre esa parte de la vía le ha pertenecido a los motocarristas que, ávidos de algún pasajero, circulan a diez kilómetros por hora en los grandes jirones y avenidas. Y si por ahí ve algún posible pasajero en el otro extremo, no duda en cruzarlo, provocando violentos frenazos y desatando un concierto cláxones, música para sus oídos. Lo peor de todo el que el susodicho pasajero ni siquiera levantó la mano para llamarlo, sino que el chofer va para rogarle que suba, dispuesto a esperar todo el tiempo del mundo a que se decida sin importarle los vehículos que vienen atrás. El motocarrista es sin duda el rey de las pistas, y casi existe como una cofradía o hermandad, pues cuando uno de ellos hace lo que acabo de mencionar, los que menos se exaltan son los demás motocarristas, como si disculparan su impertinencia porque saben que ellos harían lo mismo por ganar un pasajero. En la Próspero es casi imposible de cruzar, no tanto por la afluencia de vehículos, sino porque no bien te colocas al borde de la vereda un enjambre de motocarros se para tu lado como apristas en busca de ministerio. Hay que estar continuamente negando con la cabeza para que empiecen a circular. Tanta es la gravedad del problema que a todo lo largo del Jirón hay varios policías con una sola función: evitar que los motocarros se estacionen a esperar pasajeros.

Y es que en eso de estacionarse a esperar nadie les gana. Otra razón por la que los escogí como ícono. Cuando no están yendo a donde no los llaman están... estacionados. En la puerta de la UPI, en la puerta del Grupo 42, en la puerta del San Agustín, en los mercados, y en donde sea que la Policía no los eche (¿verdad que son como las moscas de una casa?) Entonces, se tienden a dormir a pierna suelta o conversan con sus compañeros del gremio, intercambiando los últimos chismes o quejándose de lo baja que está la plaza hoy y lo injusta que es la vida porque a pesar de trabajar como burro todo el santo día no pueden salir de pobres.

Improvisados, quejumbrosos, haraganes, despreocupados, juergueros, impresentables... tal vez nos molesta demasiado que existan tantos motocarristas en esta ciudad porque todos tenemos un poquito de lo que a ellos les sobra. Antes hubiera puesto el grito en el cielo si me dijeran que el iquiteño es haragán, ahora sólo puedo responder no todos. Pero en fin, no nos sintamos miserables por lo que piense la gente. Digamos que el calor hizo su poquito.
D.M.Wong

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