lunes, 22 de junio de 2009

MASA


Como cada fin de mes, Mauricio arrellanó sus posaderas en una de las bancas de su bar preferido y pidió la primera ronda.

Junto a él, sus amigos de profesión, trabajo y reventones celebraron su rápida iniciativa con un par de palmadas en el hombro, al tiempo que comentaban lo buena que está la mesera.

Las luces opacas dejaban ver a duras penas el recinto, que derramaba cumbia por sus cuatro esquinas. Las paredes brillantes estaban decoradas con afiches de mujeres-lomo. Más abajo, salpicaduras de cerveza y escupitajos resecos formaban una especie de zócalo a lo largo de todo el salón.

El bar estaba lleno, como en todo día de pago. Mauricio abrió su billetera y trató de adivinar cuántas cajas podrían alcanzarle con su sueldo intacto. Luego sonrío: las suficientes para intoxicarse hasta morir.

Tras la primera ronda llegaron otras y luego más. La algarabía de los amigos crecía a la par de su desvergüenza y procacidad. Juntos se lamentaban de las injusticias de la vida y las malas hembras que les habían tocado por mujeres. Se sentían incomprendidos.

A las dos horas llegó el hijo menor de Mauricio, de siete años. Le rogó que volviera a casa porque era vísperas del día del padre y en la actuación de su escuela había preparado un número de poesía para él.

Pero el borracho ¡ay! siguió chupando.

Poco después apareció su hija, la mayor, que en un tono más serio le imploró que regresara a casa antes de que termine tirado en la pista bebiendo su propio vómito, como siempre.

Pero el borracho ¡ay! siguió chupando.

Luego apareció la esposa, y con los ojos en lágrimas, le suplicó que no se gastara todo el sueldo en el bar recordándole las cuentas por pagar y las carencias que tienen que sufrir sus hijos por su beodez.

Pero el borracho ¡ay! siguió chupando.

Finalmente llegó su suegra, una vieja de abundantes carnes y manos de abanico. Sin mediar palabra se acercó a él y le dio un sopetón en la nuca que casi le hace mascar el vaso. Le cantó en un par de líneas toda su vida y le advirtió que si quería quedarse, era su problema, pero la billetera con el sueldo regresaban a casa con su hija en ese instante.

Entonces todos los hombres de la mesa le rodearon, les vio el borracho triste, emocionado, se incorporó lentamente, abrazó a su mujer y echóse a andar.

domingo, 14 de junio de 2009

UBICATE


- Qué difícil es acercarse a hablar con ella, Miguel. Yo trato de llamar su atención con mis opiniones profundas y mi voz varonil, pero ella ni caso me hace. Es todo lo que puedo hacer. Jamás me acercaría a hablarle. No quiero que se sienta intimidada ni que me tome como un tonto más que quiereflirtear con ella. Pero a pesar de mis señales externas, a pesar de comprarme el perfume que escuché que le gustaba y peinarme con la raya al costado como dizque le fascina, ella aún ni siquiera sabe que existo. El colegio va a terminar en unos días y no he podido robarle un beso. No, no quiero un beso. Quiero estar con ella. Para eso tengo que hacerle saber que existo. La otra vez me la encontré por la calle y traté de saludarla, ella me quedó mirando como si tratara de ubicar mi rostro en algún lado. Luego levantó brevemente las cejas y siguió su camino. Necesito impresionarla de alguna forma, pero no se me ocurre cómo. ¿Qué probabilidades hay de que un chico como yo se junte con alguien como ella? ¿Acaso ustedes no se burlan de mí a cada rato llamándome feo, negro,cholo, cara de caño y mil insultos que, más que ofenderme, me entristecen porque ella también los escucha? ¿Creen que Daniela , con sus bucles finos y su piel de porcelana, con sus ojos castaños y su cuerpo de muñeca, se atrevería a pasear del brazo conmigo por la Próspero mientras nos comemos un cono de helado de La Favorita?Ahh , Miguel, si ella fuera mi pareja en el baile de Promoción ¿te imaginas? Yo entrando del brazo de ella por el arco principal, posando juntos para sorpresa de los cientos de curiosos. Pero ya lo sé, va a ir con su primo el cadete y no hay marcha atrás. Sólo estoy soñando un poco.

Miguel tragó saliva mientras escuchaba los lamentos de su amigo. Luego preguntó:

- ¿Y yo puedo ir con tu hermana al baile de prom?

José abandonó sus cavilaciones y le miró fijamente.

- ¿No ibas a ir con tu prima la loca?

- No me inspira confianza, además es media cochinilla.

- Mmmm... no Miguel, no puedes. Mi hermana va a ir con Peter, mi vecino el ingeniero. La va a llevar en su carro y se ha ofrecido a comprarle el vestido y los zapatos. Ya hace meses que está arreglado. Lo siento amigo.

- Pero ella me dijo que no quiere ir con él...

- Ella puede decirte muchas cosas porque es una chica confundida, pero se irá con Peter quiera o no. Mis papás ya la tienen bien advertida. Además. tú sabes que en casa no hay dinero y jamás podríamos costearle un vestido decente y nos zapatosglamorosos. ¿Tú podrías acaso?

- Tengo mis ahorros, podría...

José permaneció un rato en silencio, tratando de imaginar la escena.

- No pues, con Peter es otra cosa. ¿Te imaginas? Alto y gallardo con su terno azul, al lado de mi hermana, ayudándola a bajar del auto. No podrías comprarte un auto. ¿o sí?

Miguel bajó la cabeza.

- Las cosas en su lugar, entonces, como debe ser. Tu vas con tu prima la loca, mi hermana va con Peter el ingeniero...

- Y Daniela con su primo el cadete -agregó Miguel.

José sintió como una espina en la garganta, pero luego movió la cabeza dolorosamente. Cambiaron de tema.

Miguel tenía que contarle muchas cosas aquella tarde. Excelentes noticias. Daniela le había hablado. Formaban un grupo de trabajo en Historia del Perú y se reunían periódicamente en su casa para tratar temas diversos. "Me gusta tu amigo José" le había dicho. "Es lindo. Tiene unnosequé que me atrae. Es atento con las demás chicas pero he notado que a mí no me habla. ¿No le puedes preguntar qué siente por mí? Claro, no le digas que yo te dije.Pregúntale así de casualidad"

Pero Miguel jamás le preguntaría nada después de escucharle, porque las cosas deben estar en su lugar. Cada uno se ubicará en el escalafón de la sociedad de acuerdo a sus prejuicios. A José le corresponde estar a la altura de Miguel, por debajo de Peter el ingeniero, de Daniela la bella y su primo el cadete, aunque sólo él lo vea de esa manera. Al final, así funciona el mundo, pensó. La pobreza o la fealdad no son más que un estado mental.

Y en la fiesta de prom, cada roto bailó con su descosido.

domingo, 7 de junio de 2009

HOY ES UN DIA DE LUTO


A un pueblo olvidado de los tantos que hay, llegaron un día unos hombres de acento extraño y dijeron: ésta tierra nos pertenece.

Luego mostraron a los pobladores unos papeles sellados donde, según ellos, decía que eran los nuevos dueños.

El pueblo, resignado, se movió más al sur, llevándose consigo todos sus bienes.

Al poco tiempo llegaron otros hombres de acento incomprensible pero similares intenciones que dijeron: Esta tierra se la hemos comprado al Supremo Gobierno. Ahora nos pertenece. Váyanse más allá.

Y el pueblo obedeció, porque esa cosa que llamaban Supremo Gobierno les inspiraba temor. En las Escuelas públicas se les enseñaba que debían amar al Supremo Gobierno porque les daba todo, aunque ellos nunca recibieron más que una escuela deshabitada, un hospital a medio construir con un médico veterinario y muchos, pero muchos impuestos.

En su nueva y reducida tierra siguieron pescando y cultivando. Hasta que por tercera vez llegaron otros extraños a decirle: "Esta tierra ahora es nuestra"

Y ellos, cansados de no tener dónde pescar ni cazar, decidieron resistir. El Supremo Gobierno mandó a reprimirlos, no con políticos, sino con soldaditos de plomo, hijos y parientes lejanos de los propios pobladores.

Cuando ambos bandos se vieron las caras fue como si se reflejaran en un espejo. El jefe mando a usar los fusiles, el alcalde mandó a usar las lanzas. Los hermanos cayeron matándose entre sí. El representante del Supremo Gobierno retiró los cuerpos, limpió la sangre del campo y se la ofreció al empresario extranjero que llegaba con sus planos de perforación. Este pagó los dólares que le exigieron y luego perforó.

El representante del Supremo Gobierno se dirigió al resto del Perú, mostró los dólares que el extranjero le había dado y dijo: "El Perú avanza".

Las palabras me faltan cuando la rabia es grande. Mi solidaridad con todos los que murieron absurdamente.

martes, 2 de junio de 2009

HOY ES UN DIA DE FIESTA


"Hay ciudades que no se ven con los ojos; ciudades que, habiéndolas visitado varias veces, siempre tienen algo de primera vez. Se dice que Iquitos es así: mágica, misteriosa, seductora. Yo ni pongo ni quito. Si aplicamos las reglas de la técnica freudiana de la asociación libre, en lo primero que piensa la mayoría al pronunciar la palabra Iquitos es en una boa, una mujer con el pecho desnudo, o una boa enroscada a una mujer con el pecho desnudo. No he venido a contarles sobre ese paraje rural. Hace mucho tiempo que Iquitos es una urbe tan compleja como la misma capital. Anímate a conocer querido lector, a través de estos relatos, lo que nunca te contaron de nosotros."

Así empezaba hace un año este blog, que me ha permitido conocer mucha gente y me ha abierto más puertas de las que imaginé (algunas que espero tener el valor para cruzarlas un día), además de expresarme mejor y canalizar mis demonios, liberar las tensiones y acariciarme con sus comentarios siempre generosos.

54 historias al ritmo de una por semana (menos tres que no son de mi autoría). Algunas mejor que logradas que otras, pero todas criaturas mías a las que amo por igual. Es tan poco tiempo, lo sé, pero déjenme que me felicite. Total, mi mostrito se lo merece. ¿Quién más lo recordará si no?

FELIZ CUMPLEAÑOS, IQUITOS EN RELATOS.

Y gracias a ustedes por mantenerlo vivo.

domingo, 24 de mayo de 2009

MI SERIE ROSA


No tengo ganas de escribir. Estoy depre. Los dejo con un fragmento de una novelilla que escribí hace tres años y que aún espera ver la luz. Está un poco subida de tono, así que no es apta para menores de edad (Jo y Lalinka, cierren los ojos, humm).

Para que la entiendan mejor (si cabe) está ambientada en 1999, en la Universidad de San Marcos y alrededores. Época en la que protestábamos por el chino rata y todo lo demás.

En fin. Quisiera un abrazo...

Capítulo VII

Teníamos que dar diez soles cada uno por la bandera, me lo comunicaron no bien bajé las escaleras de la entrada principal. El secretario de grupo, un flaco al que decían Baqueta, se quedó esperando a que revise mis bolsillos. Esa actitud casi hamponesca terminó por molestarme y lo dejé plantado para dirigirme al Lechuza.

- Esto cubre la bandera y todas las contribuciones futuras - le dije extendiéndole los cien soles que Bernabé me había dado- Como sabes, los exámenes están cerca y tengo que estudiar, así que no podré estar con ustedes todo el tiempo.

Él me miró desconfiado, pero recogió el dinero y me estrechó la mano diciendo que si tenía problemas no dude en llamarlo. Por la tarde compraron la banderola, se reunieron como siempre en la Plaza Bolívar y desde allí marcharon a Palacio, exigiendo la renuncia del dictador. Cuando intentaron desplegar su bandera a lo largo de la reja, la policía no lo permitió. Era de importancia vital que se leyera el mensaje, que los periodistas tomen fotografías y comenten, pero los uniformados empezaron a arrebatar la tela y hacerla jirones. Los jóvenes del pueblo protestaron, insultaron, patearon y se armó el bochinche. En medio de gritos y forcejeos, una piedra se estrelló en la nariz de un uniformado y éste cayó inconsciente, encharcado en sangre. Fue entonces que conocieron la verdadera brutalidad policial. Por la televisión pude ver al Lechuza, al Baqueta, a Miguel y a Federico capturados, levantados entre cuatro para meterlos al patrullero, con las cejas abiertas y los pómulos moreteados. La reportera informó que en sus mochilas se encontraron botellas de gasolina y propaganda senderista. Lo decía mientras pasaba imágenes de San Marcos en los años ochenta y el testimonio de un experto acerca de la peligrosa influencia de la ideología comunista en los jóvenes de hoy, que debemos estar atentos y otras afirmaciones por el estilo. Cuando acabó el circo, pensé en mis compañeros y en lo que Bernabé me dijo.

En la facultad se convirtieron en héroes, se hablaba del atropello y exigían justicia, se escribían cartas, se organizaban marchas, aunque siempre de la boca para afuera, pues cuando yo conversaba en confianza sobre el asunto me decían que bien merecido se lo tenían y que estaban hartos de los terrucos. El único que se expresaba libremente era Ivan, mas nadie le hacía caso. Yo intenté acercarme a él pero desgraciadamente entendió que lo hacía sólo porque mis amigos estaban en la cárcel, y me mandó a peinar calaveras.

Entonces, se corrió la voz de que habían sido traicionados por un soplón, y las coincidencias me acusaban. El Lechuza se devanaba los sesos pensando qué había salido mal, ¿porqué la policía no los dejó colgar su bandera cuando tantas veces lo habían hecho antes? ¿porqué lo hicieron sin siquiera leer lo que estaba allí escrito? ¿por qué Martín se retiró del grupo un día antes de ser arrestados? ¿Porqué le dio cien soles cuando la cuota era de diez; de dónde sacó dinero si él anda misio? y si estaba enfermo, ¿por qué se quedó en la universidad hasta la noche?

Para entonces yo trataba de aprobar el semestre con buenas notas y me estaba yendo mal en el intento. El curso del profesor Salazar resultó ser el más difícil. Sus separatas eran de al menos cincuenta hojas, tocaban temas bastante complicados que simplemente nos ordenaba leer sin explicarnos, y si algo no entendíamos era porque somos demasiado flojos o demasiado brutos para la carrera. Le puse tanto empeño que llegué a aprobar con quince, a sólo un punto de la nota mas alta (obviamente la de Ivan).

El mayor premio fue escuchar las felicitaciones de Marilyn, una flaquita que me hacía soñar. Siempre bonita y arreglada, siempre educada, cabello largo, ojitos de miel, cintura breve, carita tierna. Cuando me pedía que le preste mis apuntes era como si me acariciara con su voz. El día de su cumpleaños nos pusimos de acuerdo para llevarla a bailar al bar que está frente a la universidad, en la avenida Venezuela, y entre todos le regalamos una caja de cerveza. Porque sépase que Marilyn no era de esas chicas melindrosas que fingían hacerle ascos a la cerveza. No. Ella tomaba como cosaca, y cuando el licor se le metía bien en las venas se veía más linda aún.

Como era un día de semana, mis amigos y yo fuimos los únicos en el local. Todos sabían que estaba detrás de ella así que era el momento perfecto para el corralito. Venía Susie, tomaba nuestras manos y nos arrojaba a la pista de baile en medio de vítores. Bailábamos sin mirarnos, escuchando a los Ronish, amigos traigan cerveza quiero tomar para olvidar, luego me sentaba y olía el crudo aliento de Willliam sugiriéndome aprovechar el momento. Aprovecha huevón que está borracha. ¿Declararte? oe Remy, dice que no se ha declarado todavía...esas son huevadas cuñao. ¿Qué puta tienes tú, o sea que si la tienes en tu cama con su conchita abierta le vas a decir que no puedes cacharla porque no te has declarado? La imagen de esas palabras me excitaron ¡Qué huevón eres! ¿No ves que se muere por ti?

Ella me alcanzaba la cerveza y ellos cambiaban de tema, ella se recostaba en mi pecho y ellos me hacían gestos desesperados, que la tome del mentón, que le acaricie las mejillas, que la bese de una buena vez para que puedan sentirse hombres, carajo. Hasta ensayaron entre ambos para mostrarme. Maricones. La música sonaba más alta lacerando mis tímpanos, la cabeza me dolía, sentía nauseas, pero decidí hacer lo que ellos querían, lo que yo quería. Marilyn continuaba recostada en mi pecho con los ojos hundidos, la respiración agitada y la cabeza revuelta. Muy lento, levanté su rostro frente a mí y con un hondo suspiro estreché sus labios con los míos, recogiéndolos, mordiéndolos, provocando que todos los testigos estallaran en bulliciosos alaridos, celebrando un triunfo ajeno. Abrí mis ojos y alcancé a ver los suyos entre las luces de colores, justo antes de que vomitara sobre mí.

Apenada, corrió a refugiarse al baño mientras yo gastaba servilletas entre la bacanal. Incómodo por el olor de aquel fluido, me levanté para ir a buscarla y la encontré llorando detrás de la puerta. Al verse descubierta rápidamente se secó las lágrimas y me pidió disculpas. Acaricié su cabeza con ganas de darle un abrazo, pero era imposible. Estábamos sucios. Salimos a la calle furtivos, dejando a nuestros amigos danzar entre botellas a medio consumir.

Afuera volví a besarla, secando sus lágrimas. Nos abrazamos, nos consolamos, dejamos que el rocío enfriara nuestros cuerpos y los tornara sedientos de algún refugio. Siluetas de hombres y mujeres, de vehículos y perros desfilaban ante nosotros sin sentido, como ornamentos de una escena, nuestra escena. Y nos quedamos así un largo rato hasta que la tomé de la mano y alquilé un cuarto en el siempre conveniente hospedaje de al lado. Ella entendió. No podía llegar a casa en ese estado, ni yo con ese olor.

Al entrar a la habitación, el aroma artificial del ambiente me recordó a los consultorios. Las sábanas, opacas bajo la luz cansada, no dejaban ver ningún pliegue, cual si fueran láminas de aluminio. El piso estaba alfombrado y se sentía extraño debajo de las suelas. También había una mesa de noche y una lámpara de campana que no encendía. La ventana daba a una oscura callejuela de tierra sobre la que paseaban algunos individuos aprovechando la oscuridad para ganarse unas monedas. Recuerdo cada detalle porque estaba ansioso, para qué mentir. Me quité la camisa y la remojé en el baño fingiendo concentración, pero la espiaba. Se había sentado en la cama y paseaba sus ojos por las paredes rosadas, esperando su turno, cómoda y cansada. De vez en cuando me contemplaba y sonreía, de vez en cuando le sonreía y contemplaba. Levantó el cuello, se arrimó el pelo haciéndose una cola y empezó a desabotonarse la camisa. Yo tragaba el exceso de saliva y mi respiración se agitaba a medida que sus manos iban pronunciando ese escote. Se la quitó completa, descubriendo un tierno sostén de copa breve, adecuado para su delicado cuerpecito. De pronto sentí que al agua me caía en los zapatos y me apresuré a cerrar el caño. Cuando volví a mirarla estaba junto a mí, puso su camisa en el lavatorio y me llevó a la cama haciendo que me quite los jeans. Dudé, pero sus ojos me llenaron de certezas. Después de todo ¿para qué negar sus deseos? Yo me moría por verla desnuda. Tenía tanta curiosidad por explorar su cuerpo finamente tallado que no me contuve y empecé a desabrocharle el pantalón mientras ella se recostaba mirando hacia el techo, cerrando los ojos y moviendo la cabeza como si recibiera un masaje. La contemplé un instante mágico, luego me acosté a su lado y acaricié su rostro, su vientre, las maravillosas copas, su gracioso calzón de lunares, sus frágiles pies. De pronto, como si mis manos hubieran activado algún poderoso sensor, alguna emoción oculta, me tomó del cuello y me apretó contra sí, metiendo sus delicadas manos bajo el calzoncillo que me estrechaba cada vez más. Nos pusimos de rodillas sobre la cama sin dejar de besarnos, dicho mejor, de comernos, ella despojándome de mi única prenda y yo luchando con los broches de su sostén. Tuve pánico de hacer el ridículo y los arranqué con fuerza fingiendo pasión desmedida. El momento más sublime fue cuando bajé su calzón gracioso y descubrí sus delicados y finísimos vellos casi en mi rostro, como los había soñado tantas veces: negros, desenfadados y con un ligero olor que de inmediato asocié con el placer. Los besé tiernamente, como se besa la cabeza de un cachorro y ella se retorció cosquillosa, empujándome con suavidad mientras se acomodaba otra vez el pelo. Luego se acostó con las piernas abiertas, mirándome, sonriendo, frotándose el tesoro recién descubierto y haciéndome sentir el pirata más dichoso. Yo miraba extasiado la pequeña, rosada, expuesta y resbalosa flor que me mostraba con sus dedos, separando sus vellos mojados. Pensé en las palabras de William. Entonces, la enjaulé con mis brazos a la cama y la penetré. Podía sentir su vagina acariciándome con su estrechez, haciéndome estremecer con cada latido, con cada suspiro, con cada gemido tiernamente exhalado. Podía sentir, como si fuera mío, esa mezcla de placer y dolor que sus ojos reflejaban mientras mi boca sedienta buscaba sus labios suaves, su cuello sudoroso, sus pezones oscuros y redondos que coronaban las pequeñas colinas de su pecho. Podía sentir sus manos en mi vientre y sus piernas atenazándome, controlándome, sujetándome fuerte hasta quedar rendida con un grito profundo y desesperado, que no era un grito de amor, sino la sorda saciedad de un oscuro deseo. Antes del orgasmo quise retirarme, pero ella no dejó que me moviera hasta acabar, agarrándome de las nalgas, disipando mis preocupaciones con sus caricias, con sus besos, con sus manos que me guiaban hasta sus senos, haciéndome estremecer con su lengua sobre la mía, hasta el final.

Acabamos en silencio, ebrios y desnudos. Me quedé dormido y cuando desperté, ella soñaba como un ángel. Amé sus ojos cerrados, sus pestañas circulares, amé su muda sonrisa y la manera en que colocaba la cabeza sobre la almohada. Y pensar que este pequeño y tierno ser que ahora retozaba junto a mí acababa de enseñarme los maravillosos misterios del sexo, las prohibidas cumbres del placer.

Salimos bajo el sol indeciso y caminamos en silencio hasta el paradero, aunque tomados de la mano. Era mejor así. Las palabras hubieran contenido promesas rotas. Ella lo sabía, pero yo no. En ese instante sólo quería que todos los carros de Lima se quedaran sin gasolina para poder explicarle cuánto la necesitaba ahora que le pertenezco, pero sólo pude decir que la pasé muy bien mientras se despedía desde el estribo. Sólo al llegar a casa, descubrí en el bolsillo de mi camisa recién aireada su gracioso calzón de lunares.

Chachachachaaaaannnn si quieren saber como termina la historia adquieran un ejemplar de esta obra. Disponible en librerías, bodeguitas y kioskos esquineros a partir del 3 de Junio del 2055.

Realmente necesito un abrazo :_(

domingo, 17 de mayo de 2009

MÚSICA


Corría el año de 1987. Los motocarros sólo tenían dos asientos, aún circulaban los taxis amarillos, las motos chalys eran todo un furor, y el raspadillo de molino verde era tan popular como el triciclo de D´onofrio hoy en día.

Mi madre aparece en el umbral de la casa, con una enorme caja en la mano. Yo sospecho lo que es, pero me resisto a creerlo. Mi padre extrae de ella un enorme órgano de cinco octavas marca Casio, lo instala con esmero y luego me lleva de la mano al asiento para que lo pruebe. Tenía seis años.

Campanero, campanero, ding-dong-dang, ding-dong-dang, toca la campana, toca la campana, ding-dong dang, ding-dong-dang.

Mi madre aplaudió como una loca y me besó la frente mientras mi padre me estrujaba entre sus brazos. Ese día empezaría a recorrer el largo camino del músico aficionado.

Pocos meses después tocan a la puerta. Al abrir, me encuentro con un anciano en su bicicleta. Me sonríe. Me dice que es mi profesor de piano. Arrastra una pierna. La tiene más pequeña por la polio. Mis padres le hacen pasar y a mí me llevan hasta el teclado para que el maestro compruebe mis aptitudes.

Los pollitos dicen, pio-pio-pio, cuando tienen hambre, cuando tienen frío.

Mi madre sonríe orgullosa, el anciano sonríe escéptico. Va a ser un largo camino, dice. El maestro Luis Arrarte empezó a venir tres veces por semana a mi casa. A mis seis años, el viejo me intimidaba. Tenía unos pelos enormes que le salían por la nariz y las orejas. Usaba una camisa de yute y olía a viejo pero en serio. Empezó enseñándome el pentagrama, las notas, el valor de cada una, y a ejecutar escalas simples. Era un cascarrabias. Varias veces se me hacía un nudo en la garganta cuando me gritaba (luego de haberme matado ensayando toda la semana) que soy un sicario de la música.

Y no era que yo me quedara tranquilito escuchando sus filípicas. Varias veces intenté sabotearlo. Llenaba de tachuelas la rampa para que cuando pasara con su bicicleta se le reviente una llanta, alteraba el transformador del teclado para que no funcionara, hasta bajaba la llave de la luz para decirle que no había corriente. Un día mi padre me sorprendió haciendo esto último. Yo ya me encontraba en la puerta atajando a mi maestro, contándole la triste noticia de la falta de corriente, cuando de pronto las luces se encendieron. Mi padre me llamó a un lado y me dijo que si lo volvía a hacer me borraría la raya a punta de nalgadas.

A pesar de todo, a medida que pasaban los meses fui adaptándome a su ritmo de trabajo y su manera de ser. Dejé de oponer resistencia y permití que me condujera por los vericuetos de teclado. De las partituras de escalas pasamos a los libros de Czerny, luego a obras completas adaptadas para niños. Lo que no me gustaba (aparte de su aliento a cigarro) es cuando sacaba un libro apergaminado, que guardaba como oro en polvo. Era el Libro de Solfeos, publicado en 1940 y cuyas páginas quebradizas me provocaban pavor, pues significaba que tendría que cantar. Tomaba el libro en mis manos y empezaba a recitar cada nota mientras él movía las manos haciendo el compás de cuatro tiempos. Era vergonzoso, sobre todo porque a veces había visitas y tenía que dar mi lección de solfeos delante de ellas.

Nunca olvidaré el día que aprendí mi primer vals completo: Sobre las olas. Luego de tonaditas insulsas que más servían para ejercitar los dedos que para otra cosa, por fin el maestro me dejaba interpretar a un compositor consagrado. En pocas semanas ya había dominado la partitura entera y, saltándose el procedimiento establecido, decidió enseñarme la siguiente gran pieza: El Danubio Azul, de Strauss. Tenía ocho años.

Ya había dado mi lección de la primera de las cuatro partes, con aplausos del público casero y entusiastas elogios del maestro, cuando aquel día, sin saberlo, se despidió por última vez. Una neumonía lo llevaría a descansar para siempre dos noches mas tarde.

Estaba devastado. Yo, que había querido que no regrese nunca, me encariñé tanto con el maestro que de pronto me senté a llorar sin consuelo. En vano trate de terminar las piezas restantes. Mis dedos aún eran torpes y mi conocimiento exiguo. Extrañaba sus indicaciones, no importa que vinieran sazonadas con gritos e insultos. Las tardes se volvieron vacías. La hija del maestro nos contó que los últimos días estaba muy enfermo, y que por la fatiga había decidido deshacerse de todos sus alumnos, menos de dos. Yo era uno de ellos.

Pasaron los años y desde entonces he aprendido tantas cosas. El teclado se volvió una afición obsesiva, compraba discos y colecciones de música clásica para piano, aprendí a interpretar algunos nocturnos de Chopin, me enamoré de la prodigiosa música de Mozart, del inescrutable talento de Beethoven, del poderoso mensaje de Tchaikovsky. Pero siempre, cuando la noche me cogía deprimido, ejecutaba el antiguo vals Sobre las olas, y era lo único que hacía que mi vida fuera soportable.

El maestro era un hombre de bien, que probablemente habría tenido mejor suerte de haber nacido en otro país, donde el arte es mejor apreciado. Se ganaba la vida manejando su bicicleta con una pierna mala, volando de casa en casa para enseñar a niños mimados o adolescentes conflictivos. Por mucho menos los ancianos con sus limitaciones salen a las calles a pedir limosna, pero él se daba el lujo de tener una vida cálida. A veces le veía en los programas locales ejecutando una pieza clásica A veces lo veía salir del billar, siempre con su bicicleta vieja. Nunca faltó a una clase y murió sin dejar un centavo de herencia, aunque su legado es infinito.

Mis padres me llevaron al entierro. También ellos aprendieron a estimarlo. Cuando regresé, busqué en mis cajones y saqué el libro de solfeos. El viejo nunca se desprendía de él, pero la última clase llovía y me pidió que lo guardara con mucha cautela. Ahora me pertenecía para siempre. Con sumo cuidado, abrí sus páginas como si fueran delgadas hojas de cristal y empecé a cantar como si estuviera presente. Por un instante imaginé que estaba frente a mí, agitando las manos en el compás de cuatro tiempos, dándome indicaciones para mejorar y gritándome furioso que era un sicario de la música. Y tal vez un sicario de maestros.


domingo, 10 de mayo de 2009

¿ DIA DE LA MADRE ?


Los días de la Madre son tan deprimentes. No lo digo porque haya perdido a la mía, sino por la campaña mediática que reciben. Si nuestra vida fuera gobernada por los medios, como de hecho lo está, debería sentirme el hijo más miserable del mundo por no haberle comprado un electrodoméstico, un calzado, o por haber permitido que cocine en vez de llevarla a un restaurante exclusivo.

De hecho, mientras escribo esto, en la radio del taller de mi padre canta Leo Dan su trillada canción, y en la tele veo a una mamá con cara de modelo, delgada y blanquísima, sonreír mostrando sus dientes perfectos al recibir una licuadora de manos de su hijo pecoso. Tal parece que los comerciantes saben exactamente cómo se siente una madre, y por lo tanto, lo que la hará saltar de felicidad.

Pero se equivocan, porque si las madres son tan buenas y sublimes, como de hecho lo son, no deberían esperar nada especial de sus hijos, que si han sido buenos con ellas todo el año, con seguir comportándose como siempre será suficiente. Eso lo comprobé cuando le compré un microondas el año pasado, ella lo devolvió a la tienda y me exigió que, antes de estar comprándole tonterías, pague mis deudas pendientes en la universidad. ¿No es adorable? Ya hace dos días nos llamó a mi hermano y a mí para exigirnos que no le comprásemos nada, porque se vienen tiempos difíciles y debemos ahorrar.

Prácticamente vivo con mi madre, la quiero mucho, confío en ella, nunca le falto el respeto ni me ha puesto un dedo encima. ¿Por qué debo hacer algo especial por ella precisamente hoy? ¿Para darle gusto a esos mercachifles del sentimiento ajeno, que manipulan nuestras emociones con una campaña vil y rastrera? ¿Qué saben ellos de lo que la hace feliz? Nunca le he dedicado un poema, desde niño no le regalo una flor, y cada vez que le voy a comprar algo no se lo doy en días como éste, sino cuando menos lo espera. Mi cariño es un sabotaje de lo establecido. Hoy me levanté, le di un abrazo y un beso y nos sentamos a tomar desayuno. Hablamos de todo, como siempre, dejándole en claro que aún la escucho, que aún es importante para mí y su opinión siempre dictará las acciones de mi vida. Luego recogimos la mesa y volvimos a nuestras ocupaciones. Ella estaba encantada porque iba a cocinar carne de cerdo con un frasco de aderezo raro que le regale hace un tiempo. Yo no voy a agasajarla cada vez que me lo diga el calendario, ni voy a disculparme dándole un televisor por los 364 días que la tuve en el olvido. La mejor prueba de lo que afirmo es el cementerio: acabo de pasar por ahí y está reventando de gente. ¿Dónde están esos hijos e hijas el resto del año? ¿Tienen que esperar este día para recordar lo canallas que han sido cuando sus madres vivían para que se vuelquen al camposanto a poner una flor al pie de una lápida fría y descuidada?

Las fechas nunca fueron importantes para mí. Son pretextos para focalizar nuestras atenciones en unos cuantos días, así lo entendió también Anna Jarvis, quien después de haber hecho una agresiva campaña en 1905 para que se reconociera el Día de la Madre, logró que el presidente norteamericano Woodrow Wilson la instituyera en el calendario. Lo que pocos saben, y lo que en aras de los buenos negocios se oculta, es que la propia Jarvis, al ver la manera en que se había comercializado la fecha, torciendo hasta el absurdo los principios que la inspiraban, presentó una demanda en 1923 para que se eliminara el Día de la Madre que tanto había ayudado a crear. Desgraciadamente ya era tarde. Los mercachifles gringos habían visto el potencial de la fecha e iniciaron campañas agresivas para que continuase su celebración. Jarvis incluso fue arrestada por impedir que se vendan claveles blancos en la fecha, claveles que ella había instituido como símbolos de la campaña y que se repartían gratuitamente. Murió completamente arrepentida de su obra.

El tema de los claveles es apenas una anécdota, comparada con lo que pasa hoy en día, en el que no solo se inventan artículos sino también sentimientos. A cambio de unos dólares puedes comprar el cariño de tu madre por un día, para luego refundirla en el asilo hasta el próximo año. Seguramente si Jarvis viviera, volvería morirse de puras náuseas.

Por eso me niego a celebrar el día de la Madre hoy. Me niego a sentirme miserable y tacaño por no regalarle nada. Me niego a que el almanaque me diga cuándo debo ser un buen hijo y los empresarios me digan cómo hacerla feliz. Me niego a torcer mi sana relación con ella para adaptarla a la "normalidad" que representan las novelas, las canciones idiotas y los comerciales basura. Me niego, en fin, a dejar de ser yo.

Maldita sea, sé que no soy un buen hijo y tengo mis errores, pero vamos, no hay nada más rico que hacer algo especial por ella en un día que no sea ni su cumpleaños ni el segundo domingo de Mayo. ¿Lo han intentado? Te sientes como un terrorista de la felicidad comercial.

Y bueno pues, para no desentonar con los que aún creen en la bondad de esta fecha: Feliz día a todas las mamaítas de Iquitos. Y salud a los buenos hijos que se emborracharán en su nombre.