sábado, 7 de marzo de 2009

UNA DOSIS DE SANO PESIMISMO


Desde hace horas trato de escribir una historia. No puedo. Los desvíos de mi mirada sólo son actos reflejos. Mis pensamientos andan lejos de aquí. Perdidos en las lecturas de hoy, las noticias de corrupción, la hipocresía. Pienso en un presidente que pone en el Poder Judicial a un lacayo de juez para que cuide y seleccione los chuponeos incautados; que se niega a construir un museo de la memoria porque gracias a la falta de memoria pudo colocar su inmenso trasero en el sillón presidencial por segunda vez; en un primer ministro que se ha degradado hasta ser su perro fiel; en una ministra del interior que sanciona a las policías que aparecieron jugueteando inocentemente en un video de cholotube, subido sin consentimiento, mientras avala las invasiones de terreno de su "amigo espiritual", la juerga del presidente del Congreso en Brasil (punteada de zambo incluida) y la conducta de su compañera de bancada que contrata empleados fantasmas, entre otras perlas; pienso en un congresista que no teme hacer el ridículo brindando informaciones falsas para desprestigiar a la CVR montando toda una campaña de desinformación para proteger a su partido (y sobre todo a su líder) de los "malos recuerdos" de su primer gobierno; en un ministro que se niega a renunciar a pesar de que la contraloría demostró que había favorecido a su propia empresa en una licitación, pasando piola hasta que su partido le quite el polvo de los zapatos; también pienso en Kina y sus detractores envidiosos que le reclaman por haber peleado como australiana, cuando ellos serían los primeros en arrancar del país si tuvieran la oportunidad (chauvinismo y doble moral); en Claudia Llosa y Magaly Solier, que mientras no ganaban nada recibían aliento de todas partes, pero en cuanto se alzaron con el Oso de Oro empezaron a tildarlas de pituquita desubicada ignorante de la situación real de los "verdaderos peruanos" (Llosa) y "andrófoba lista para el siquiatra" (Solier); pienso en el editor de un diario de circulación nacional que es capaz de decir que "hay que racionalizar esas virtuales e incesantes fábricas de pobres extremos que son las mujeres andinas, pues nunca vamos a frenar drásticamente la miseria si se sigue botando tanta gente desde los sectores más desfavorecidos" (Maltusianismo elemental y machismo, como si las mujeres parieran por obra y gracia del Espíritu Santo); en fin, pienso en tantas cosas que a veces deseo imaginar que soy Robinson Crusoe en una isla deshabitada y que estas cosas no me afectan.

Pero me afectan. Algún día tendré que insertarme formalmente en el mundo, desempeñarme en un oficio estable y mal remunerado, pedir un favor a la burocracia, pagar una coima inmerecida al policía que me ahorró algún trámite o me "perdonó" una infracción, discutir con una enfermera para que me atienda en un hospital precario lleno de doctores selectivos, soportar una extorsión, escuchar historias de éxito basadas en la viveza criolla y el perromuerto, contadas con admiración por mis amigos y jefes, hacer una fiesta para invitar a todos los que me pueden ayudar, sonreírles, servirles la cerveza, celebrar sus chistes de hembras e infidelidades, asentir sin pensar. Para luego llegar a casa, sacarme el traje de oficina como si fuera una máscara, recostarme y pensar que después de todo, la conducta de un gobernante es el reflejo de la conducta de su pueblo. Para entonces, el mundo habrá terminado de cagarme encima.

Sé que estoy siendo pesimista, pero soy peruano, y disculpen la tristeza (Troba dixit).

La imagen fue tomada de www.tienedientes.blogspot.com (Visita este blog, te hará pensar un momento)

domingo, 1 de marzo de 2009

¿Y TÚ...MUJER DE QUIÉN, ERES?


Siempre existe una mujer -andar cansado, patitas cortas y lomo que cargó al mundo- que salva la historia de la tristeza, que preserva la especie de su autoflagelo y no permite que todo se vaya irremediablemente a la mierda.

Francisco Bardales "iqt (REMIXES)"

El teléfono sonó a las diez de la noche. Raquel esperaba esa llamada. Se levantó del mueble, tranquilizó a sus padres desde la otra habitación y descolgó el auricular.

Habló con voz suave y quieta, a pesar de ser la última conversación. A través de la línea percibía el llanto apagado de Javier, y hasta podía adivinar cada uno de los argumentos que ensayará para retenerla a su lado, para convencerla de la fortaleza de una relación que agonizaba.

Cuatro años eran demasiado para esperar un evento extraordinario. Demasiado para esperar algo bueno de él. Su desenamoramiento fue lento, doloroso, pero inexorable.

Mientras le oía repetir las mismas cosas, imaginaba el desgraciado futuro que le esperaba si decidía perdonar. Volvería otra vez a su casa, le celebraría el regreso con un regalo costoso, o al menos impresionante, la cubriría de promesas descabelladas y nuevos comienzos, para luego terminar como ahora, con el pómulo hinchado y ennegrecido por sus frecuentes arrebatos de furia. Y aunque sus palabras le evocaban recuerdos felices y experiencias plenas, ella estaba determinada a permanecer como Ulises, atada al mástil de la realidad para no correr tras el canto de las sirenas.

Una fría sensación de pánico recorría el cuerpo de Raquel, de pie junto al teléfono. Pero esta vez, el deseo de recobrar su vida y su dignidad pudo más que el temor a su ira incontrolable. Huyó a la casa de sus padres para sentirse a salvo. Aun así, no podía dejar de temblar al notar que Javier iba cambiando el tono de su voz, descascarando su personalidad con cada negativa suya para dejar al descubierto el ser mezquino y cruel que era en realidad. La sensación era tan familiar, que por unos segundos cerró los ojos y alejó el auricular de su rostro.

De los ruegos a las exigencias, de las exigencias a las recriminaciones. La impotencia de Javier ante el hecho de tener que gritarle desde un aparato tan impersonal como el teléfono, le impulsaba lanzar amenazas de todo tipo. Raquel escuchaba sin decir nada, insultada pero tranquila, como si hablara con un asesino a través de los barrotes de una prisión.

La muerte era precisamente el tema que más derramaba su boca procaz. Le había amenazado varias veces, pero con el tiempo, esas frases pasaron a formar parte del acervo habitual de sus peleas.

A las diez y media, Raquel colgó el teléfono y se fue a dormir.

Aquí podría contarles que ella termina asesinada a manos de Javier, en una noche oscura y con un método particularmente aterrador, pero el asesinato no es habitual en esta isla. No por falta de ganas sino más bien por falta de medios, y abundancia de miedos.

Lo cierto es que Raquel trato de continuar con su vida. Si bien es cierto dependía económicamente de él, antes de convivir ya tenía unos buenos años trabajando por su cuenta. Nunca le ha temido a los trabajos humildes, en todo caso, cualquier cosa era mejor que estar a su lado.

Empezó ayudando a su madre en el negocio familiar: venta de comida en la puerta de su domicilo. Punto de reunión de toda la cuadra para imponerse de vidas ajenas. A veces Javier se aparecía por allí con los ojos rojos, cara de arrepentido y hocico de perro atento. Se aparecía en la noche, en las únicas horas en que Raquel salía a la puerta de su casa y permanecía visible. Desgraciadamente para él, siempre estaba flanqueada por sus padres y un grupo de buenos vecinos comensales.

El apoyo de la familia la volvió fuerte, y después de la conversación telefónica no permitió que le dirigiera la palabra. Cada noche, Javier llegaba y se empeñaba en hablarle, gritándole que era importante, que era la última vez, pero Raquel replicaba que lo que tenga que decir lo diga de una vez y se vaya. Los comensales paraban la oreja, pero él se retiraba en silencio. Jamás podría manipularla sin contar con el temor de estar a su merced.

Una noche, Javier dejó de venir y ella empezó a respirar aire puro. Dias después comenzó a salir y explorar el mundo que antes le fue negado. Empezó a ponerse bonita y mirarse al espejo, como si su separación desempolvara sus hábitos de mujer. Por primera vez en años, sentía que se arreglaba no para maquillar su fealdad, como solía decirle, sino para realzar su belleza.

Su renovada presencia le abrió algunas puertas y encontró empleo en un Banco. Primero caminando de bodega en bodega ofreciendo préstamos, con uniforme de sastre bajo un sol insoportable, y luego como cajera en ventanilla.

Tres meses llevaba en esa situación, cuando recibió una noticia que derrumbó su mundo.

- Tus fotos están en Internet.

Se quedó helada, como si un cúmulo de reminiscencias la hubieran arrollado de improviso. Salió del trabajo apurada y corrió a una cabina. Las indicaciones de su amiga fueron precisas, y pronto se encontró con sus fotos desnuda, penetrada, lasciva y cosificada por un marido al que se moría por complacer. Fotos antiguas, olvidadas por su memoria, en parte porque él nunca volvió a hablar de ellas, en parte porque las suponía borradas de la cámara digital.

El mundo se le vino encima. En su sed de venganza, Javier no dudó en poner sus datos completos, algunos precisos, otros deducibles, pero todos conducentes a ella. Las miradas, las malditas miradas la volvían avergonzar.

Al día siguiente la despidieron del trabajo. Su jefe (un señor que seguramente guardará sus fotografías como oro en polvo, dedicándoles uno que otro recurso onanista) le dijo que esas imágenes eran inmorales, y habiendo aparecido el nombre del Banco en la página web que las alojaba, lo más saludable para conservar la buena imagen del Banco y sus empleados era despedirla.

Su naciente mundo de nuevas metas y grandes proyectos se desvaneció como un sueño al despertar.

Su condición de mujer la condenaba a la vergüenza y el oprobio. Solemos criticar a los musulmanes cuando arrojan piedras a las mujeres que pasean con el cabello descubierto, pero no nos damos cuenta que nosotros también lapidamos a mujeres inocentes, víctimas de la codicia y venganza de los machos. La mujer violada que denuncia la violación es dos veces violada. Primero por su agresor, luego por la sociedad a la que se enfrenta, entre las que abundan los estúpidos que dicen "qué habrá hecho pues, también". Perdonamos los arrebatos sexuales de un hombre al tiempo que condenamos a la mujer que se deja ser grabada, en un acto de amor que raya en ingenuidad. Una vez en imágenes, para nosotros son las zorras, bitches, putas, pendejas y arrechas que merecen joderse por dejarse grabar teniendo placer. ¿Lograremos algún día verlas como víctimas? Como dice Jorge Bruce: para el hombre promedio, sólo las putas sienten (y sólo ellas deben sentir) placer sexual. O como dice Darkketa: ¿Por qué puta madre es un insulto y puto padre no?

Raquel, a pesar de ser una víctima, fue lapidada por esas imágenes. El daño era irreparable, y quizá sólo consiga un poco de paz lejos de esta isla en la que todos conocen a todos. Se encerró en su cuarto por unos meses, lloró hasta que las lágrimas se le secaron, se abandonó a la depresión y el aislamiento. Su madre la apoyó hasta el final, y su padre, aunque avergonzado y furioso, trataba de que la familia tuviera una vida normal.

No quiso denunciar al Banco por despido injustificado porque los medios meterían las narices sin pudor. Tampoco quiso denunciar a Javier porque las "pruebas" pasearían entre los policías, el fiscal, el secretario, el juez. Sólo quería que todos olvidaran pronto lo que pasó, como si cerrara los ojos por instante y al abrirlos, se encuentre en otro tiempo y otro ser. El tiempo es como un río que propicia la renovación.

Conocí a Raquel hace tres meses, y me contó esta historia, que posteriormente comprobé. Un aire de cinismo y ligereza recorría cada una de sus palabras. Su mirada era dura como el mármol y su trato casi altanero. Reía con disfuerzos, pero a cada instante. Hablaba sin parar y a veces era grosera. Si llegara a leer esto probablemente me agarre a golpes. Llegué a ella a través de un conocido, quien me dijo que era la mejor puta de la ciudad ("No cobra barato, pero vale cada céntimo", según dijo). Aun así, cuando nos despedimos, pude notar que la evocación de sus recuerdos estaban a punto de hacerla llorar. Cogió el dinero, me puso la mano en la mejilla y dijo: "Ándate pronto, antes que saque a la buena mujer que llevo dentro".


A todas las buenas mujeres de Iquitos: Feliz día.

domingo, 22 de febrero de 2009

FIN DEL CARNAVAL, TODO NORMAL


Lunes. Todos cansados. La pereza campea en el trabajo. Levanto mis ojos y miro el reloj. Apenas las nueve. El asiento de Rodríguez aún vacío. Guayabán hunde los hombros cuando le pregunto por el jefe. Tiene la mirada torva y enrojecida. Ayer se terminó el carnaval y trae la cara de un soldado después de mil batallas.

Meléndez se aplica un quitamanchas detrás de las orejas. Tinta de imprenta, me dice. ¿Ya salió? Nueve con diez y el jefe aun no aparece. Qué extraño. Tal vez se ahogó con un cabaciñazo. Reímos. Su metro y medio de estatura siempre fue blanco de nuestras bromas soterradas.

De pronto, la puerta de su oficina se abre y él aparece como un fantasma. Impecablemente vestido.

- Se levantó usted muy gracioso, Guayabán.

Guayabán ensaya una sonrisa vergonzosa, luego replica:

- Disculpe señor. No pensé que estaba aquí.

- Estoy aquí desde las seis. Escuchando cada una de sus estupideces. ¿Donde está Rodríguez?

Guayabán vuelve a hundir los hombros.

- Bien. Me voy al juzgado. Cuando venga dígale que más vale que se haya muerto su mamá. Cualquier otra excusa no le servirá para conservar su trabajo.

Cogió su portafolios y atravesó la sala muy despacio. Examinándonos con sus ojos porcinos. Obviamente ninguno podía ocultar la cara de trasnochados que traíamos.

Una vez afuera. Asomamos la cabeza por la ventana para ver a su Toyota salir del garaje. Respiramos tranquilos.

- Ese tío es un amargado. Le hace falta una mujer - grita Meléndez, sin dejar de mirarse en su espejito.

Teníamos cuatro largas horas por delante. Insoportables para nuestros cuerpos asolados por los excesos de ayer. La pregunta obligada esperaba ser dicha por cualquiera de nosotros. Una pregunta que desencadenaría una retahíla de anécdotas cotidianas, pero sazonadas. Debido a que no estaba de humor para contar nada, fui el primero en formularla.

- ¿Y? ¿Qué tal la pasaron ayer?

Meléndez carraspeó con solemnidad y empezó su perorata:

- Puta compadre no te imaginas. Estuve en la casa de mi ex hasta las seis de la mañana. Me pelié con la Juana pues, le mandé a la mierda y me fui a pandillar a la Abtao. Puta, ricas hembritas cuñao. Había una que tenía un topcito y me miraba así como medio interesada. Ya le había visto antes, cuando mi ex no era mi ex, sino la merfi. Pero no podía faltarle el respeto a ella en su cuadra pues. Pero ayer me las descobré. Tome un poco de greda y me fui a embarrarla. Cómo se retorcía la cojuda, cuando pasé mis manos por toda su cintura y hasta un poco más arriba. Ay no joven, me haces doler, pero bien que le gustaba. Después de sentir mis caricias ya no se quería despegar de mí la bandida. Me quería comer con su mirada, y yo soy hombre pues, no me voy a hacer el loco. ¿Tú si te haces el loco, di maricón? La agarré del brazo para pandillar y bailamos alrededor de la humisha. Mi ex estaba un poco saltona y hasta me dijo que no me fíe de ella porque es una putilla y esas cosas ¿pero eso qué importa? si yo quería llevármela a la cama y nada más. Además le dije que no tenía derecho a decirme nada. No me supiste valorar cuando estaba a tu lado ahora déjame ser feliz. Y así pues. Bailamos, tomamos, y cuando ya estaba bien borracha y se me tiraba encima le dije para irnos a otra parte, tú sabes. Primero me dijo que no, que su mamá se puede dar cuenta, pero mentira porque su vieja hace rato que estaba fuera de combate, acostada en una de las bancas del tambo. Anda pues, le dije. Nadie nos va a ver. Además no nos vamos a demorar mucho. Pucha cuñao después de decir eso nos reímos fuerte, porque ¿cómo le voy a decir que no nos vamos a demorar pues? ni que fuera eyaculador precoz. Y así pues, al final me dijo que ya, pero primero quería ir a comer. Pucha cana, dije, ya. La llevé en mi moto hasta el carrito sanguchero de la Grau, ése que está antes de llegar a la Plaza 28 y compré dos hamburguesas. Para llevar mi amor, porque recuerda que no tenemos mucho tiempo. Al toque arranqué hasta el hospedaje que está entrando por el Senati, ya sabes cuál. Ése donde dejaste tu calzoncillo una vez, cojudo, y tuviste que regresar faruco a tu casa. Y todo por tener vergüenza de decirle a tu hembra "mi amor, olvidé mi calzoncillo, ahorita regreso". Y era tu veintiúnico encima. El fiesterillo. Bueno pues, la llevé allí. Pagué y entramos al cuarto. Al toque se recostó en la cama y tomó el control de la tele. Puso cara de cansada. Parece que en su casa duerme en tarima no más porque se daba vueltas y vueltas probando la suavidad de las almohadas. Y yo hace rato que quería probarle otra cosa. Me acerqué, la comencé a besar y le saqué el topcito, luego la faldita. Ella se dejaba llevar, con los ojos cerrados. No se si de arrecha o de sueño, pero qué chucha. La dejé calatita, luego...

Los golpes en la puerta nos arrancan del ensueño. Guayabán corre a abrir, aún con los pliegues de su pantalón desarrugados. Rodríguez ingresa a la oficina.

- ¿Ya llegó el jefe? - pregunta, casi con miedo.

- Hace rato - respondo.

- ¿Y qué dijo?

- Que tienes que matar a tu vieja.

- ¿Cómo?

- Ya después te explicamos- interrumpe Guayabán- Aquí Meléndez está contándonos su experiencia calentona de ayer.

- No -dice Meléndez- mejor otro día les termino de contar. Hay que ponerse a trabajar.

- No seas así, pues, cuenta - suplicamos en coro.

- ¿Qué? ¿Estás contando tu vergüenza de ayer? - dice Rodríguez.

- No, digo, lo que pasó el otro día.

- ¿Cual vergüenza? -Repetimos Guayabán y yo.

- Ayer este cojudo me llama para ir al bar que está por el Gorel. Quería tomar porque se había peleado con la Juana dizque. No acabábamos ni media caja cuando empezó a llorar como una Magdalena. Llore que te llore por la Juana ésa. Que yo la amo, que es mi vida, que no me puede dejar, que si se va me voy a matar. Hecho un cojudazo, me tuve que quedar con él no más. Puta daba ganas de meterle golpe carajo. Y encima una chica se le acerca para armarle la charla, una rica hembrita, con topcito y faldita. Y el huevón le dice: no amiga, quiero estar solo. Estoy estoy enamorado de mi Juana. Pucha yo me quería matar, porque la hembrita estaba con su amiga, que también estaba buena. Se sentaron un ratito no más con nosotros y luego se fueron, cansadas de escuchar hablar de Juana, Juana, Juana. Estuvimos hasta las tres de la mañana porque no se quería levantar. Le tuve que llamar a la Juana ésa. Le quité el celular y le di el mio. Busqué su número. Le dije que venga porque estaba a punto de matarse. Ella vino casi a las tres, y se lo llevó arrastrándolo. Lo malo es que este cojudo se olvidó de devolverme el celular y por su culpa llegué tarde, carajo.

Cuando Rodríguez acabó, nuestras miradas buscaron a Meléndez, pero éste ya estaba sentado en su cubículo, fingiendo estar concentrado en los expedientes.

- Ya, ya. A trabajar, que hoy es lunes y hay mucho que hacer - replicó sin mirar.

Desanimados, no nos queda más que volver a nuestras importantísimas ocupaciones.

Lunes. Todos cansados. La pereza campea en el trabajo. Levanto mis ojos y miro el reloj. Las once. Aún quedan dos largas horas. ¿Quién será el próximo en aderezar la jornada? Guayabán se pone de pie. Parece que va a decir algo. Se acerca a Meléndez y en voz baja le dice:

- Bueno. La dejaste calatita... ¿y?


viernes, 20 de febrero de 2009

CRECIENDO


Mi blog recomendado en Perú21!!!!!!!! Ejem, ejem. Disculpen la emoción.

Fuente: http://peru21.pe/impresa/noticia/mundo-blog/2009-02-18/238967

miércoles, 18 de febrero de 2009

LA MADRE MÁS JOVEN DEL MUNDO

Buscando imágenes para mi post anterior, me encontré con una nota interesante, que conviene compartir con ustedes a propósito de la noticia del niño de 13 años que se convirtió en padre. Aquí, tal y como aparece en el blog mexicano: http://drcalderonpediatra.blogspot.com

EMBARAZO EXTREMO: LA MADRE MÁS JOVEN DEL MUNDO


El 14 de mayo de 1939, en un hospital de Pisco (Perú), nació Gerardo Medina. Lo especial de Gerardo es que fue hijo de la madre mas joven de la cual se tiene registro en la historia de la humanidad: Lina Medina.

A Lina Medina le creció tanto el vientre que su madre la llevó con chamanes. Ellos creían que tenía una culebra dentro. Se la habría metido Apu, un espíritu inca. La sometieron a diversos ritos. Hasta que desistieron porque su barriga seguía aumentando. Tiburcio Medina, su padre, la llevó al centro médico más cercano. Fueron 70 kilómetros de caminata desde Antacancha, un pobre poblado de Huancavelica, a la ciudad de Pisco. El doctor Gerardo Lozada la auscultó pensando que era un inmenso tumor.

«Es un bebé de ocho meses», terminó gritando el médico a Tiburcio. Llamó luego a la policía y encarcelaron al padre como único sospechoso. A los cinco años, siete meses y 21 días, Lina Medina se convirtió en madre. Era el 14 de mayo de 1939, día de la madre en el país. Y con, 2,7 kilos de peso y 48 centímetros de estatura, Gerardo Medina vino a este mundo.

Registra este hecho la Academia Americana de Obstetricia y Ginecología. Su ficha médica indica que comenzó a menstruar a los dos años y ocho meses. A los tres meses tenía vello púbico. La ficha policial registra que su padre fue liberado y que nunca se conoció al culpable. En Antacancha creen que Gerardo nació «de la semilla del dios Sol».

En plena II Segunda Guerra Mundial, los cables de noticias interrumpían la información de batallas y acuerdos militares con la noticia del parto de Lina Medina. Su caso rápidamente pasó de ser un milagro de los Andes a ser un hecho vetado. Su vida se convirtió en un circo sin espectadores. La compañía estadounidense Seltzer les ofreció 1.000 dólares semanales. Pero el entonces presidente, Oscar R. Benavides, emitió una ley para tener la custodia de ambos, prometiéndoles una pensión vitalicia. Nunca cumplió.

Gerardo, el Hijo del Sol, el milagro, el «niño de la madre más joven de todos los tiempos», murió a los 40 años. Lina Medina ha permanecido escondida desde su niñez. Sin romper un silencio que ha mantenido por 67 años. Nunca se descubrió quién era el padre de Gerardo. El expediente por la violación de Lina se cerró por falta de pruebas.

Muchos años después, el doctor Juan Falen, endocrinólogo adscripto al Instituto de Salud del Niño, explicó este hecho a la agencia inglesa Reuter de la siguiente manera: “La pubertad precoz de Lina le desarrolló antes de tiempo los caracteres sexuales y la capacidad de reproducción, pero mental y cronológicamente continuó teniendo la misma edad. Por eso es que chicos como ella son a menudo víctimas de abusos sexuales”.

El 3 de septiembre de 2002, el diario digital colombiano El País publicó la siguiente nota en la red: “Seis décadas después, el Gobierno peruano busca ayudar a Lina, como para resarcir la letra muerta de una Ley de 1939 que le prometió una pensión vitalicia para ella y para su hijo. ´Aún estamos a tiempo de reparar el daño que le hizo el Estado condenándola a la miseria´, dijo el ginecólogo José Sandoval, quien fue a Antacancha, desempolvó la historia de Lina, la escribió en un libro y hasta acudió al Palacio de Gobierno para recordarles la deuda pendiente”.

Lina, quien se casó a la edad de 33 años y tuvo otro hijo en 1972, reside actualmente junto a su esposo Raúl Jurado en un miserable suburbio de Lima conocido por su alta peligrosidad como Pequeña Chicago. En la década de los años 80 del pasado siglo las autoridades locales derribaron con buldózeres su casa para construir por allí una autopista. No le pagaron ni un solo centavo de indemnización. Su primogénito Gerardo, por su parte, creció creyendo que Lina era su hermana. Hasta que, al cumplir 10 años, descubrió la verdad. Falleció de una rara enfermedad en la médula ósea en 1979. Pero no se ha establecido que su mal guarde relación con las extraordinarias circunstancias de su nacimiento en 1939.

Acosada por los periodistas, Lina, según su marido, “creció prudente e introvertida”. Su ostracismo de niña devenida madre fue consecuencia de una época en la que la virginidad era un contenido importante de la moral. “Llegaron a decir que Lina era otra Virgen María que concibió sin cometer pecado original por obra y gracia del Espíritu Santo. Todavía hoy en el pueblo de Antacancha creen que Gerardo fue hijo del Sol. Así, Lina vivió desgarrada entre dos extremos, porque su caso pasó de ser un milagro a un tema prohibido. En otro siglo, seguro la hubieran quemado o convertido en santa a la fuerza, pues en su época por poco y la lucen en un circo", refirió en un libro el neuropsicólogo Artidoro Cáceres, quien descubrió que la historia clínica de la niña y una tesis universitaria elaborada en 1942 sobre su excepcional caso habían desaparecido.

Han transcurrido casi 70 años del parto de la madre más joven de la historia y todavía se desconoce quién fue la persona que la violó. "Para mí eso no es lo más importante -le dijo recientemente a un reportero del periódico nicaragüense El Nuevo Diario el ginecólogo José Sandoval-. Se trata, simplemente, de un accidente estadístico que hace extremadamente raro su caso de pubertad precoz. Y a eso súmele el hecho de una violación que la embarazó justo cuando la pequeña estaba ovulando".

En fin, hasta que alguien no haga trizas su récord de maternidad precoz a los cinco años, siete meses y 21 días –en lo personal dudo que algún día se consiga-, la peruana Lina Medina continuará siendo la madre más joven del mundo.

Miércoles 23 de Enero del 2008



domingo, 15 de febrero de 2009

LAMENTO DE UNA MADRE


"También puedo imaginar el momento en que quede preñada después de muchas lunas (...) y entonces, tras siete u ocho meses, daría a luz a una niña sin el concurso de ninguna comadrona, con mi marido ciego de alcohol en la habitación contigua (...), me llevaría la cara lívida de la recién nacida a mis pechos planos y agrios; y después, tras una década de crianza en el encierro, emergería a la cabeza de una camada de niñas con aspecto de ratas, de niñas chiquitinas, todas ellas mi viva imagen, ceñudas ante la luz del sol, trastabillando, vestidas todas iguales; (...) y después, tras otra década de escuchar sus siseos y su chirriar de dientes, las echaría una por una al mundo, para que hiciesen lo que se suponga que han de hacer las niñas carentes de todo atractivo, a vivir en pensionados y a trabajar tal vez en las oficinas de correos, a engendrar niños ilegítimos con aspecto de ratas, que las devolvieran a la granja a refugiarse."

J. M. Coetzee "En medio de ninguna parte"

Mi hija está embarazada.

Está embarazada, y tiene quince años.

Soy una madre patética:

Por no darme cuenta de lo que sucedía. Por no darme cuenta que mi relación con ella se caía a pedazos. Pero sobre todo porque, aún dándome cuenta, pretendí aparentar que no pasaba nada, barnizando nuestras conversaciones con una hipocresía absurda.

Y es que yo también tenía miedo.

Cuando le preguntaba ¿Todo está bien? y ella respondía Sí mamá, sabía que mentía, pero me resistía a hacer más preguntas:

Porque no tenía tiempo de iniciar una larga charla en ese momento. Porque pensaba que era mejor conversar antes con su padre. Y porque supuse que, si fuera algo grave, ella misma se acercaría a decírmelo.

Tal vez yo también quería que me mienta.

Mientras espero en el pasillo del hospital, escribo un tardío recuento de mis errores. La más talentosa de mis hijas. La mayor. El ejemplo. La depositaria de mis esperanzas y mi fe. No pueden acusarme de no haberle dado amor. La mimé hasta el paroxismo.

¿Cómo pudo ocultármelo? ¿Por qué tuvo tanto miedo que prefirió poner en riesgo su vida abortando con pastillas? ¿Soy tan mala que merezco ser tratada así por mi propia hija? Maldita sea. ¡Yo también me siento traicionada!

Por otra parte ¿Cómo reprocharla por sentir miedo, si desde que nació planifiqué cada detalle de su vida como si fuera una obra mía, al servicio de mis ideales, llevada a cabo para consolidar mis proyectos y darle un final feliz a mis frustraciones?

¿Acaso le pregunté lo que realmente quería ser en la vida? Quiero ser profesora, mamá. Y yo me reí tan fuerte que la sangre se me subió a la cabeza.

¿Acaso la escuché cuando me preguntó lo que era un coito? ¡Pobre de ti, Sofía! Ya sabes. Te olvidas de mí.

¿Acaso le expliqué lo que era un condón o cómo se consigue un anticonceptivo? ¿Para qué quieres saber tú esas cosas? Ya, ya. Cuidadito ah! No me gustan las pishcotas.

Es cierto. Cómo decírmelo. He vivido de espaldas a ella, imaginándome que era un ser especial, inmune, distinto. Y cuando me contaba acerca de los embarazos precoces de sus amigas, me ponía la mano en el pecho y agradecía a Dios por haberme dado una hija tan pura, sin saber que lo hacía para sondearme. He fallado como madre por no interpretar sus señales. He fallado porque cerré los ojos y me negué a aceptar que Sofía es, ante todo, una adolescente confundida y necesitada.

Pienso en la vergüenza que debe sentir. Una vergüenza que ahora se ve tan risible. Tan inapropiada. Y sin embargo, antes de perder la consciencia, me tomó la mano y me pidió perdón.

Soy yo la que debería pedirle perdón por tantas cosas.

Por amarla como se ama un utensilio costoso. Por preferir que me mienta a que me confiese un horrible verdad. Por compararla continuamente con la Sofía que construí en mi cabeza intolerante.

El doctor dice que esta muy mal. En su lenguaje de galeno, me explica que el útero está muy dañado, y aunque sobreviva, no podrá tener hijos. No me importa. Sólo quiero que vuelva.

Otra vez estoy siendo egoísta. ¿A ella le gustaría volver así? Ama tanto a los niños que a veces se ofrecía a cuidar a los de los vecinos, sin pedir nada a cambio. Hace poco, en un arrebato de sinceridad, me dijo que tendría el bebé más hermoso del mundo. Yo la miré con cara de reproche y ella inmediatamente agregó: Claro mamá. Cuando crezca.

He sido tan ciega todos estos años.

Siento que ya nada puedo hacer por ella. Siento que he desgraciado su vida para siempre. El doctor me acusa con su mirada. Su padre me culpa por no saber controlarla (¡Qué cómodo! Ni siquiera está aquí ahora). Tuve que echar a un reportero que seguramente convertirá mi dolor en una noticia amarilla. Estoy a punto de estallar en lágrimas de impotencia. Pero no quiero. Tengo que mantenerme compuesta para cuando ella despierte.

Nunca debí subestimarla. Nunca debí asumir que era demasiado pequeña para "esas" cosas. Jamás debí pensar que la mantendría a salvo con amenazas y reprimendas. Debí saber que a pesar de todo, la decisión de iniciar su vida sexual le pertenecía a ella, sólo a ella. Tal vez así no me hubiera ocultado nada. Habría contado con mi apoyo, mi confianza, mi experiencia y toda la información que pueda darle. Si hay algo peor que tener una hija libertina, es tener una hija temerosa de decepcionar a su madre.

Ahora jamás tendrá una hija a quién echarle a perder la vida.

domingo, 8 de febrero de 2009

SAMBA LENTÍN


Ah San Valentín, San Valentín. Día del amor y la amistad. Una fecha para empalagarse. Las parejas se toman de la mano, los bazares se orlan con corazones rojos, los portarretratos de Quispe se venden como Pascualinas en Navidad. Febrero es un mes de peluches y chocolates.

La televisión local nos bombardea con publicidad colorida. Ya no te sugieren chupar y bailar como alternativa. ASUMEN que eso es ni más ni menos lo que harás. Así que se limitan a sugerirte dónde puedes chupar y bailar mejor: entrada gratis, chela gratis, sorteo de motos, concursos de lambada, etcétera.

¿No se supone que es una celebración íntima?

Claro, me dirá el publicista. Eso viene después, con la amplia gama de hoteles, hostales, hospedajes y hasta telos de mala muerte, donde puedes disfrutar de toda la intimidad que quieras (si es que no hay una cámara detrás del espejo).

Así que, según los genios del merchandaising parrandero, lo que a tu enamorada le gustaría que hagas ese día es:

1. Llegar temprano a la cita con un peluche y una caja de garotos en la mano.
Ella te regalará una tarjeta o te escribirá una carta, porque sabe que te sentirías mal si gastara en un regalo más costoso que el tuyo.

2. Abrazarla por la calle. Sé que cuesta un poco, pero vamos, es una vez al año.

3. Llevarla a bailar al Complejo, al Pardo, al Agricobank, al Complejo Naval o a cualquiera de esos locales apretados de gente, donde tendrán un momento de solaz mientras mueves las patas cuidando de no patear una botella de cerveza. En ese instante tan íntimo puedes susurrarle un poema al oído, si es que el amplificador te lo permite.

4. Tomar y tomar hasta tener el valor de decirle: Eres la mujer con la que quiero pasar el resto de mi vida, sin temor a las consecuencias. Pero no tomar tanto como para que la mirada se te vaya en culos y pechos ajenos.

5. Llevarla a rematar (la celebración, digo) en un hotel reservado con anticipación. Si te olvidaste de ese detalle, puede que andes por toda la ciudad buscando cuarto, hasta que al final el administrador terminará alquilándote su habitación para que no quedes mal con ella.

O sea que San Valentín se celebra como cualquier fin de semana en Iquitos, con la salvedad de que tienes que portarte bien con ella.

¿Y después dicen que es una fiesta especial?

¡Usen la imaginación! Ustedes pueden hacerlo diferente.