domingo, 28 de septiembre de 2008

Gotitas




La lluvia siempre es mágica. Es una molestia para quienes ven sus casas anegadas, para quienes posponen una cita, para los que quedan atrapados bajo un techo pasajero, pero desde mi banquito observo a la calle duchándose con el agua más pura de la tierra y no puedo más que embelesarme.

El parpadeo de las gotas sobre el asfalto simulan ser estrellas de un firmamento ideal. La gente apresurada va de un lado a otro, la policía de tránsito se oculta en la tienda de mascotas para mirar a los conejitos. Niños traviesos pasan felices tratando de escapar de los brazos de sus madres para ir a chapotear en los charcos de la vereda. El sol se esconde tras una inmensa cortina gris.

De pronto, el aguacero cesa por unos instantes, las motos arrancan, las viejecitas cruzan la pista, el inspector municipal se limpia los zapatos con papel higiénico. El chaparrón vuelve, esta vez con más fuerza, como si sólo se hubiera detenido a descansar. Las ráfagas oblícuas de viento y agua levantan los toldos de la bodega. Los hombres se cogen la cabeza para no dejar escapar las gorras.

Nuevamente me embeleso. El sonido del aguacero es como un canto a la maravillosa naturaleza. De nuevo, todo cesa. Lentamente, las personas reanudan su camino y el ruido de los motores envuelven nuevamente la calle. El silbato de la policía me despierta del letargo. Ya es hora de cerrar. Pongo candado a la puerta y enciendo mi moto. No prende. Seguramente el agua habrá enfriado el motor. Trato de encenderla varias veces sin ningún resultado. Es inútil.

Resignado, me voy caminando. Dieciocho cuadras me separan de mi casa, y el trayecto se ha vuelto un lodazal. Voy esquivando los chispazos de los vehículos, pero es imposible no mojarse los zapatos. Llego a mi casa con el pantalón enlodado y el cuerpo sudoroso. Y todo por la maldita lluvia.

Firme


La vida debería venir prefabricada.

A los años...


Soy tan firme como un chorro de agua. ¡BASTA YA DE ENTREGAS INSCONSTANTES!

domingo, 7 de septiembre de 2008

EN EL HOSPITAL


Cayó del puente como una lanza, esparciendo a mitad de la calle no sólo el encéfalo, sino un sonido difícil de explicar, como si arrojaran un macetero de barro lleno de abono. Yo la vi. Su cuerpo se estrelló a seis metros de mi motocicleta, manejando a sesenta kilómetros por hora. Recuerdo el crujido de sus vértebras bajo mis llantas, el rechinar de los frenos, la fría crispación de mi espalda y la calzada sobre mis ojos.

Cuando desperté, tenía las costillas rotas y un profundo dolor en la parte posterior del cráneo. Mi brazo derecho colgaba de un atril, estaba desnudo y cubierto con una sábana maloliente. A mi costado, una enfermera anotaba con desgano las lecturas del monitor y miraba su reloj.
- Te has salvado de una buena, flaquito. ¿Cómo estás? ¿Estás bien? ¿Sientes mi mano?- Me preguntó mientras me apretaba el pecho.

- ¿Qué me pasó? ¿Dónde estoy?

- ¿Sientes mi mano en tu cara, flaquito? Dime mi amor.

- Sí, la siento, pero ¿dónde estoy?

- ¿No puedes hablar? ¿Qué quieres? ¿Qué sientes?

Me di cuenta que no me escuchaba. Movía mis labios sin emitir ningún sonido. Pero ese no fue el descubrimiento más aterrador. Cuando la enfermera se cambió de lado para revisarme las pupilas, no la pude ver. Mi ojo izquierdo estaba ciego. Me alumbró con una pequeña linterna e hizo un gesto de resignación, ganado a fuerza de presenciar cada noche trágicas historias de hospital.

- ¿Tranquilito ya? - dijo cuando le solicité explicaciones con la mirada-Tus familiares están en camino.

Entonces me acordé de mi esposa. La dejé en el aeropuerto hace unas horas, iba de regreso cuando aquella mujer se atravesó. Mis padres están en Lima y mi hermano en Trujillo. Además, no portaba ningún documento aquella noche. Gloria me creerá enojado por nuestra última discusión en la sala de embarque, sabe que no la llamaré hasta que me haya calmado, es decir, en una semana o dos.
- No va a venir nadie -traté de decirle, frenético, pero una silueta baja y regordeta en el umbral hizo que me calmara. La enfermera se acercó a decirle algo en voz baja, moviendo la cabeza y levantando el índice. Luego se marchó.

El visitante tenía un rostro moreno y curtido, vestía camisa de tela impecable y pantalón de poliéster. Bajo las cejas le brillaban los ojos como dos semillas de sandía, y su nariz achatada parecía extralimitar sus carrillos tostados.
- Tengo entendido que se encuentra muy mal, señor Torres, pero puede escucharme. Sólo vine a que me viera la cara. Mírela bien porque es un rostro que verá el resto de sus días. No me importa que esté postrado en un hospital con medio cuerpo en el aire. Cuando salga de aquí irá derechito a la cárcel.

Mi cabeza era un remolino, y las frases rabiosas del pequeño sujeto que me mostraba su mal aliento eran como ráfagas inconexas de recuerdos. Es decir, había atropellado a una persona, pero ella cayó desde un puente de ocho metros de altura a la mitad de la autopista. ¿Qué podía hacer? Aquel hombre parecía ser un familiar indignado, tal vez su padre, tal vez su hermano, no
lo sé, pero ¿cómo se le ocurre culparme de su muerte? Me sentí como un niño ante la ira de un desquiciado y traté de llamar a la enfermera, pero él cerró puerta antes que pudiera verme.

- No, señor Torres, que no se le desorbiten los ojos. Tranquilo. No voy a matarlo. Usted no merece descansar en paz. Sería muy fácil ahogarlo con la almohada, ponerle aire en las venas o desconectar el monitor como en las películas, pero voy a dejarle vivir. Considérelo como un regalo de mi parte. Un regalo generoso a cambio de la vida que me quitó.
Puso una mano sobre mi frente, como hacen las ancianas para medir la fiebre de sus nietos y, sin saber porqué, empecé a llorar entre agitaciones. Al notarlo, me secó las lágrimas con la sábana. Tenía ganas de escupirle la cara y decirle que me dejara en paz, que si estuviera bien hace rato le hubiera sacado la mierda gordo de porquería, pero él sólo se quedó ahí, enjugándome los pómulos con la mirada gélida.

- Ella no se suicidó. Conozco bien a mi hija. Ella nunca haría eso. Ella...

Otra enfermera empujó la puerta jalando un carrito lleno de inyecciones y medicinas, dando los buenos días en voz alta y cantando una canción sobre el maravilloso clima de hoy. Le ordenó que saliera un momento y él obedeció. Con mi ojo sano pude ver que me quitaba la sábana mal oliente
y la doblaba entre sus piernas. No le importó, digamos, el frío que podría sentir. Extrajo una manta limpia de entre los anaqueles del carrito y me preguntó si necesitaba ir al baño. Por supuesto que quería, pero no soportaba que me lo preguntara mientras sostenía la sábana doblada a la altura de sus pechos. Moví horizontalmente la cabeza y sólo entonces la extendió.

Cuando se marchó, no ingresó nadie más en toda la mañana. Las horas se hacían lentas y pesadas. Oía voces en el pasillo, a veces risas, llantos de bebé y gritos desesperados de algún paciente, seguramente al enterarse de lo que costaría su tratamiento.

Necesitaba tener las ideas claras para saber cómo llegué aquí. Las enfermeras eran demasiado profesionales para decirme algo, pero actuaban como si fuera una caso sin remedio. Me trataban como a un niño al que se le dice que la muerte es un jardín a donde van las personas buenas. Estaba molesto, cansado y angustiado por sus sonrisas hipócritas y sus avemarías cada vez que me cambiaban el suero. Decidí limitarme a mis sensaciones y recuerdos para reconstruir mi situación. Traté de mover todas las partes de mi cuerpo y descubr
í, aliviado, que estaba completo. El siguiente paso fue cerrar los ojos y simular estar dormido. Un enfermero, creyéndome en ese estado, le comentó a otro:

- Ya son cinco días y nadie ha venido por él.

- ¿Y el hombre que vino el primer día?

- Dicen que no ha vuelto más por aquí, y que le mintió a l
a enfermera al excusarse de firmar los papeles, luego de que el doctor le diera el diagnóstico.

- Tal vez no quería pagar

- Pobre tipo. No quisiera morir olvidado en un hospital.

- Bah! Seguramente habrá sido un desgraciado. En esta vida todo se paga.

Luego uno de ellos se mandó un discurso sobre filosofía existencial y religión al estilo Nueva Acrópolis y terminaron hablando de lo mal que se porta el doctor Reyes con Dolly, la loca del pabellón H. No pensé que habían pasado tantos días. Gloria ya debe haber llamado a casa, pero pensará que aún no quiero hablarle. Cuando peleamos siempre espero que ella sea la que llame. La acostumbré tanto a mi silencio que no creo que ande preocupada por mi ausencia. Pensará que estoy destilando mi habitual orgullo. Quizá el enfermero tenga razón. He sido un desgraciado. Mis padres esperarán mi llamada en Navidad, y en cuanto a mi hermano, no lo veo hace años.

A veces recuerdo detalles del accidente, como si las imágenes desfilaran lentas: puedo ver a la chica parada en la barandilla del puente, con el cabello agitado y después, todo se vuelve borroso. Durante muchos días traté de recordar su rostro e imaginar cual era su expresión antes de caer. A veces me parecía verla llorar, y, aunque suene desequilibrado, me regocijaba de que así fuese, pues reforzaba la hipótesis del suicidio. Otras veces me parecía escuchar el jolgorio de sus amigas alrededor, pero siempre era distinta. Con el tiempo me di cuenta de que eran recuerdos fabricados y que en realidad no podía recordar nada.
Con el tiempo...¿qué tiempo? No lo sé. Siento llegar la noche cuando las luces se apagan y la quietud envuelve toda la habitación. Entonces, puedo escuchar con claridad mis pensamientos. Al principio llevaba la cuenta de los días, pero había mañanas en que me despertaba sin recordar el número registrado la noche anterior. Me acostumbré al desfile de enfermeras, a las evaluaciones del doctor y a ser auxiliado en mis necesidades básicas. Me cosifiqué. Durante el día permanecía en silencio, como mirando un horizonte imaginario, y sólo esperaba la noche para reconstruir los pedazos de una vida pasada que ya no estoy seguro si existió.

Gloria era todo para mí. La conocí en la facultad, cuando ambos nos preparábamos para ser abogados. No era muy bonita. Mas bien era pequeña y delgada, pero tenía un espíritu libre. Siempre andaba cultivando amistades por todo el salón, y cuando me toco a mí, la chispa que sus ojos emanaban no pudo menos que conquistarme. Tenía algo que me hacía querer estar con ella en todo momento, algo que no puedo describir físicamente, como cuando ves un comercial por televisión y minutos después lo tarareas, esperando verlo otra vez, y otra vez.

Pero, aunque muy dinámica, Gloria era democrática. Así como me trataba a mí, trataba a los demás, y lo que en algún momento me pareció una atención especial, comprendí que era simple cordialidad hacia un compañero cualquiera. Vaya que costó mucho llamar su atención y conquistarla.

Estoy llorando otra vez. Mi garganta se pone rígida y no quiero seguir recordando. La nostalgia me paraliza. Me doy cuenta de la inmensa cantidad de amor que estaba dispuesto a darle y sin embargo, hoy llevamos una miserable vida de casados, salpicada de golpes e injurias de las que ahora me arrepiento. ¿Cuándo vendrá? ¿Por qué tarda tanto? No me importa cuánto se demore en aparecer. En cuanto la vea aquí le diré que me perdone. Que la próxima vez podrá viajar sin escuchar mis reproches ni someterse a mis chantajes. Que respetaré su deseo de trabajar a pesar de no tener necesidad de ello. Que la amo, y que el haber rozado las faldas de la muerte me inclinan a darle valor a cosas que antes despreciaba.

No quiero seguir recordando.

Vuelvo otra vez a la noche del accidente. No estoy seguro de haberla visto colgada del puente antes de saltar, pero es necesario que trate de recordar. La chica muerta con los pies en la barandilla me sonríe, pero su sonrisa se parece demasiado a otras sonrisas, lo que demuestra que mi mente está mezclando unos gestos con otros, reconstruyendo por temor un instante que tal vez nunca existió. El cerebro puede ser muy engañoso cuando se trata de salvar el pellejo.

Una vez, cuando era niño, mi abuela me contó una historia que nunca olvidé. Mi hermana, la única hermana que tuve, acababa de morir al caer la avioneta que la traía de Pucallpa. Su cuerpo quedó destrozado, y la mitad de su cabeza jamás se encontró. En el velorio mi madre no permitió que la viera, pero yo estaba tan triste que necesitaba despedirme de ella. Aprovechando un descuido, me subí al reclinatorio y alcancé a levantar la tapa del féretro. Grité como si hubiera visto un monstruo y salí llorando de la casa. Mi padre corrió tras de mí y me trajo cargando como si fuera una enciclopedia. Yo no dejaba de llorar, y cuando me arrojó sobre su cama, empezó a sacarse el cinturón. No me importó, ya estaba acostumbrado. Me puse en posición fetal y escondí la cabeza entre mis rodillas, cerrando los ojos. Estuve así un buen tiempo, pero no sentí ningún golpe. Cuando abrí los ojos, temeroso, descubrí a mi abuela sentada, intentando acariciarme la cabeza. Me dijo que no tenía porqué llorar, y que mi hermana estaba con Dios. Recuerdo haberle dicho que no me importaba con quién estaba ahora, lo que me dolía era darme cuenta de la horrible muerte que había tenido, entonces me sonrió con ternura y me replicó que ella no había sentido ningún dolor, porque un ángel la había cuidado todo el tiempo. Yo le pregunté cómo lo sabía, y me respondió que ella misma se lo acababa de decir. Me dio un beso y me cubrió con la sábana. Cuando la quité, descubrí en mis piernas las marcas diagonales de la paliza, y a mi padre acomodándose el cinturón. Le pregunté a dónde había ido la abuela y me dijo ¿la abuela? la abuela está en el cementerio, cojudo.

¿Por qué recuerdo esto? No sé. Porque en algo me consolaría saber que aquella chica no sufrió tanto, o porque me gustaría descubrir que ella no existe, que fue un ángel cuidando la muerte de otro, o que haya sido mi ángel. Pero el tipo que me amenazó el primer día aplastaba cruelmente esa posibilidad. Los policías que vinieron una tarde a mirar mi estado y hablar con los doctores también.

Poco a poco empecé a recuperar la visión del ojo izquierdo a medida que cesaban los dolores de cabeza. También comencé a hablar, pero no se lo demostraba a nadie. Desconfiaba de los médicos porque estaba seguro de que mentían, así que permanecía con la boca cerrada. De todos modos, callado podía averiguar más. La gente es por lo general muy lenguaraz ante el silencio, y hay que ver la cantidad de chismes que circularon mientras me aseaban y cambiaban el suero: desde sórdidas historias de infidelidad hasta escabrosos detalles de alguna negligencia médica muy bien maquillada.

Pero un día no pude aguantar más y le grité a la enfermera encargada de la limpieza que era una maldita pervertida, pues tenía la costumbre de quitarme la sábana y luego ponerse a asear la habitación, lo cual, a pesar de todo, seguía siendo humillante. Sólo al final, tras haber dispuesto todo lo demás, volvía a cubrirme. Al oír mi insulto, arrojó las botellas de suero al piso, y se puso a buscar como loca una sábana limpia para cubrirme. Podía ver una expresión de sorpresa y terror en sus ojos, lo que demostraba que mi insulto, lejos de ser ofensivo, resultaba descriptivo. Luego corrió a llamar al médico y éste me preguntó desde cuándo podía hablar, y le dije que desde que esa loca empezó a dejarme desnudo mientras limpiaba. El médico esbozó una sonrisa y anotó algo sobre mi historia clínica. Luego se marchó. Ese día me convertí en la noticia del día y cada persona que ingresaba a revisarme quería comprobar lo que se rumoreaba: que el olvidado paciente del 203 por fin recuperó el habla, y lo primero que hizo fue quejarse de que la enfermera más bonita del pabellón, Dolly la loca, lo desnude. Ella jamás volvió por aquí.

A medida que mi recuperación avanzaba, los médicos se volvían más festivos, tanto que pensé que no imaginaron que sobreviviría. O también podía ser esa fatua necesidad de andar con un buen humor impostado para no alarmar al paciente. Como sea, yo no veía la hora de salir de allí. Un día, me avisaron que al día siguiente vendría la policía y el fiscal para hacerme unas preguntas. Entonces comprendí que lo peor apenas había pasado.

Esa noche hice un último esfuerzo por ordenar los sucesos del accidente, antes de dar mi versión de lo ocurrido. Dejé a Gloria en el aeropuerto, discutimos porque no quería que se marchara, le dije como siempre que era una puta y que seguro estaba loca por separarse de mi para encamarse con Julián, su compañero de trabajo. Ella me dijo que me largara, yo le dije que no. Intenté arrancarle el billete de avión, forcejeamos, ella lanzó un grito agudo que hizo que dos policías me arrastraran hasta la puerta y me prohibieran el ingreso. Desde afuera continué gritándole puta, zorra, basura. Eres una cualquiera igual que tu madre, ahora entiendo porqué tu padre las abandonó. No vales nada. Vean señores, mi queridísima esposa está loca por subirse a ese avión para encamarse con Julián.

- Gloria ¿quieres casarte conmigo?

- ¿Qué dices? - Respondió ruborizada.

- Digo, no ahora, pero ¿prometes casarte conmigo cuando sea una abogado y gane un billetón?

Ella terminó de acomodar sus cuadernos en la mochila, se arrimó el pelo detrás de las orejas y suspiró.

- Sí, tontito.

La abracé fuerte y le dije que, como me hacía el hombre más feliz del mundo, yo la convertiría en la mujer más feliz del universo.

Y así fue, al menos al principio. Nuevamente estoy bloqueando mis recuerdos. Tenues rayos de sol empiezan a dibujar el contorno de las ventanas cerradas de la habitación. Un doctor y dos enfermeras llegaron para acomodarme en una silla de ruedas, aunque podía caminar. Luego de asearme y vestirme, el fiscal y dos policías ingresaron para tomar mi declaración.

- Señor Santiago Torres Salcedo, veintinueve años, natural de Iquitos, de profesión abogado...

Pude conseguir su fecha de retorno, y sin que ella supiera, la esperé en el aeropuerto. Los minutos viendo desfilar a los pasajeros que llegaban a la sala eran agobiantes, pero casi al final, apareció con su pequeña maleta en mano. Me marché antes que me viera y me dispuse a preparar la cena y arreglar la casa.

-... Traumatismo encéfalo-craneano leve, fractura expuesta de cubito y radio...

Nunca llegó. La esperé seis horas en casa pero nunca llegó. Tiré la cena, arrojé la vajilla al suelo y destrocé los muebles. Temiendo lo peor, me dirigí a casa de Julián, me asomé por la ventana... y allí estaba. Recostada sobre su pecho mientras... no. No puedo continuar.

-Señor Torres ¿está consciente de los cargos que se le imputan?

- No, no puedo...

- Se le acusa del homicidio de Gloria Reátegui de Torres, su esposa. El 20 de Julio del 2007 usted la atropelló con su motocicleta, causándole la muerte. ¿Está consciente de eso?

- No, no puedo...ella, ella fue la que acabó conmigo...

Esperé toda la noche a que la puerta de Julián se abriera y vomite a mi esposa. Horas de angustia que terminaron por minar mi cordura. Casi al amanecer, la vi salir. Le estampó a su amante un beso largo y copioso, luego caminó hasta la avenida a esperar un motocarro.

- Necesita un abogado señor Torres. ¿Ya tiene uno? El abogado de la parte agraviada es el padre de la víctima, el doctor José Reátegui.

- Oh! Ya nos conocemos-dijo con fastidio el pequeño hombre de los ojos de sandía- Lo puse al tanto de todo el primer día.

- ¿Tiene algo que decir, señor Torres? -Continuó el fiscal.

Hice una larga pausa antes de poder contestar:

- Sí...mi Gloria no sufrió. Un ángel la cuidaba.

lunes, 18 de agosto de 2008

ERA UNA NOCHE FRÏA


La espesa neblina que le impedía ver mas allá de dos cuadras, el traqueteo de sus dientes, los vellos erizados en su brazo desnudo, parecían decirle que fue mejor quedarse en casa bajo las sábanas. Era una noche fría, sin duda. Pero era preferible recorrer las calles buscando algún pasajero ebrio antes que volver a casa y reanudar la discusión con su mujer, interrumpida violentamente durante el día. Sin duda la gorda lo estará esperando. Siempre lo espera. Tal vez esté viendo la tele sin mirar, con el oído atento al motor del motocarro. Hasta podía imaginársela sentada en el mueble con los brazos cruzados, bramando como los toros antes de entrar al redil.

La calle Moore estaba desierta, y salvo por el pitido de los guardianes, el paisaje frente a él parecía una inmensa y lúgubre fotografía. Aguzó la mirada tratando de penetrar la niebla. Creyó ver la silueta de alguien como a cincuenta metros. Sin pensarlo demasiado, aceleró metiendo la cabeza entre los hombros para mirar debajo del toldo con cara de confiable. Una pareja salía de un hostal mal iluminado de verde. Ella escondía su rostro bajo sus largos cabellos y se recostaba en el pecho de él. ¿Adonde, mister? Fue lo primero que preguntó. El hombre ni siquiera le miró. Ayudó a la chica a subir, luego se acomodó, volvió a abrazarla y pidió que tomara el camino al aeropuerto.

El chofer esbozó una sonrisa. Como subieron sin preguntar, podía cobrarles muy bien al llegar a su destino. En vista de la hora, la distancia, el semblante y el vestido de sus pasajeros, calculaba que veinticinco soles era un precio razonable. Si el caballero quiere amoscarse, probablemente lo deje en veinte. A través del espejo podía ver que le hablaba a su compañera en voz bajita, haciéndola sonreír. Ellas siempre se avergüenzan cuando las ven salir de un hostal, sobre todo si lucen decentes. A lo largo de su carrera en el rubro de transportes, había recogido pasajeros de todo pelambre en la puerta de los hostales: homosexuales, lesbianas, púberes, tríos, y hasta señoras que podrían pasar por dulces y católicas abuelitas.

Trató de no pensar en la felicidad ajena y se concentró en su propia miseria. Hace mucho tiempo que se sentía desanimado. Las discusiones con su mujer cada noche le enfermaban tanto que prefería hacer doble turno. No soportaba su voz, su rostro, la manera de sentarse en el mueble a ver las novelas ocupando la única espuma en buen estado con su inmenso trasero. Cuando se enamoró de ella nunca imaginó que algún día se llegaría a cansar de respirar su aliento cada noche. Casi sin darse cuenta, descubrió que nada le ataba a ella más que la certeza de saber que sólo se tenían el uno al otro, y la firme convicción de que los años transcurridos pesan más que cualquier deseo de libertad.

Por su puesto que tenían una hija. Una hija cuyo recuerdo se había convertido en el único momento de sosiego entre ambos. Los domingos, cuando visitaban su nicho en el cementerio, se quedaban callados, tomados de la mano, como si temieran que ella pudiera ver cuánto se detestaban. Pero al salir del camposanto las peleas se reanudaban con más fuerza, como desquitándose por haber parado un poco.

Por eso, la escena de amor que presenciaba desde el espejo le parecía patética. Muestras de atención melosa y febril que suele confundirse con amor, y que no son mas que restos de mutua gratitud tras una sorda satisfacción biológica. Como cuando uno termina de darse un banquete y luego eructa con placentera fruición.

¿Qué saben ellos de amor? ¿Podría ella amarla si él perdiera su trabajo? ¿Podría él seguir susurrándole mieles al oído si ella se convirtiera en una cerda que se pasa en la sala viendo novelas y repitiéndole que es un fracasado?

Cuando trabajaba en la fábrica también era feliz. Pero nada es para siempre, aunque dure veinte años. Un día te enamoras de una mujer, la llevas al altar, viven años maravillosos en la casita que compraron para convertirla en su nido de amor y de pronto un día despiertas y estás en la calle: sin empleo, sin dinero y con una deuda tan grande como la decepción de la mujer que juró amarte en las buenas y en las malas. Ahora no podía decir en las fiestas que su esposo era gerente en la fábrica de textiles. Ni siquiera había dinero para pensar en asistir a una. Cuando sus amigas lo veían llegar y guardar su motocarro, ella se excusaba diciéndoles que era algo temporal.

La voz de su pasajero lo sacó de sus pensamientos. Al parecer se habían acordado de un chiste y querían compartirlo con él.

- Mi esposa quiere saber si usted es casado - comentó.

El chofer sonrió por cortesía y respondió.

- Sí.

Ambos pasajeros volvieron a reír, y continuaron murmurando entre ellos. La chica ya no parecía avergonzada. En todo momento él la rodeaba con sus brazos, como si la protegiera del viento helado.

- No hay nada más lindo que tener a alguien que nos quiera ¿no lo cree? - Dijo en voz alta, luego de acomodarse para abrazarla mejor.

- Eso sí no sé, mister.

- ¿Cómo? ¿No dijo usted que es casado?

- Sólo quise a una persona con toda el alma, y ella está muerta. Mi hija Miriam.

- ¡Ah caramba, qué pena! ¿Y cómo murió?

- Un accidente de moto - respondió en tono cortante.

El chofer dejó de oír risas por un momento. Conocía aquel silencio. Era el silencio de la compasión. No se sentía con ganas de contar su historia.

- ¿Y ustedes? - replicó de pronto, cambiando su tono de voz - ¿Cuánto llevan juntos?

- Hace tres años que prometimos amarnos para siempre. Cuando la vi me enamoré inmediatamente de ella. Al principio no quería darme la oportunidad, y era natural. Yo era un hombre hecho y derecho y ella apenas una estudiante. Me costó mucho convencerla de que estaba soltero y sin hijos. Me costó mucho desprenderla de los prejuicios que le impedían verme como hombre. Pero cualquier esfuerzo era nada comparado con la recompensa de tenerla en mis brazos. Sé lo que está pensando, amigo: este tío sólo es un viejo verde al que le gustan las chibolas; pero créame: he pasado toda la vida esperando a la mujer adecuada y al fin la encontré.

- Yo no pienso nada, mister. Cada uno es libre de encontrar la felicidad a su manera mientras no haga daño a nadie.

- Bien dicho ¿Y qué me dice de usted? ¿A su esposa no le molesta que trabaje hasta tarde?

- A mi señora lo único que le importa es que la tenga como una reina aunque para eso tenga que vender mi sangre.

- Como debe ser. Ellas son las reinas del hogar y nada debe faltarles.

El chofer le clavó los ojos a través del retrovisor.

- Mire señor - replicó- lamento contradecirlo, pero usted apenas lleva tres años con su conjunta y puedo augurarle un par de años más de felicidad. El primer lustro de matrimonio es lo más lindo. Seguro que se comunican mucho y se consultan todo antes de tomar una decisión. Seguro que cuando usted sale a trabajar piensa toda la mañana en ella y cuenta las horas que faltan para regresar a casa, colmarla de besos y comer juntitos, intercalando suaves caricias entre cada bocado. Seguro que cada noche, cuando se acuesta con ella y la rodea con sus brazos por la espalda como ahora lo está haciendo, piensa en lo vacía y triste que era su vida antes de conocerla y hasta se pregunta cómo pudo vivir sin ella. Entonces la abraza con más fuerza y le susurra “dónde has estado todo este tiempo, amor”. Ella entonces voltea y acaricia su mejilla con la suya, cerrando los ojos, y usted piensa que nunca, nunca, nunca podrá ser más feliz como en ese instante. Quiere que todos se enteren de lo pleno que se siente. Cuando la lleva a las fiestas la toma del brazo, le tiende el asiento, le dice a sus amigos cuánto la ama tantas veces que empiezan a sentirse miserables. A veces se cree protagonista de una novela de América y cuando va por la calle piensa que no hay más que ustedes dos, y que el mundo entero es apenas un accesorio de la historia de amor que ustedes creen representar.

Notó que el pasajero empezaba a incomodarse, pero no dejó que le interrumpiera.

- Pero al final es sólo eso. Una representación. Paulatinamente, como los granos de arena que se desprenden de las enormes pirámides, el amor mutará en algo peor. ¿Alguna vez ha deseado algo con toda el alma? Cuando era adolescente yo quería una cámara fotográfica. La vi en la tienda de la esquina, era preciosa: flash incorporado, a pilas, lente ajustable, pequeña como la mano de un niño. Desde que la vi no pensé en otra cosa que en la manera de comprarla. Salí a buscar trabajo y lo encontré en una fábrica textil. No sabía nada de remalladoras, agujas ni máquinas de coser, pero mentí para que me dieran el puesto de obrero. La cámara lo valía. Su precio eran tres sueldos míos, y tres meses era el plazo que el dueño de la tienda me daba para comprarla. En casa tuve que mentir diciendo que no había encontrado trabajo, porque de otro modo mi padre me hubiera obligado a colaborar con los gastos del hogar. Casi repruebo el quinto año porque a las cinco tenía que escaparme para entrar a las seis a la fábrica. Llegaba a casa después de las doce, exhausto y dispuesto a recibir las reprimendas de mamá que empezaba a creerme un vagabundo. Pero la cámara lo valía. Al salir al colegio pasaba por la tienda y me aseguraba que estuviese aún en la vitrina, esperándome. Luego de cobrar mi tercer cheque corrí a la tienda a rescatarla. Cuando la tuve en mis manos fue como si hubiera encontrado mi corazón. Andaba con ella a todas partes, mostrándosela a todos, orgullosísimo, tomando fotos aquí y allá. Pero un día descubrí que sólo era una cámara de aficionado. Había que correr manualmente el rollo por cada foto y el famoso lente ajustable sólo tenía tres modos: paisaje, retrato y poca luz. Me di cuenta que me había fijado en un diseño, en un color, en el cumplimiento de una meta trazada, pero nunca me tomé el tiempo de evaluar si valía la pena comprarla o no, funcionalmente hablando. En menos de un año, aquel aparato fue a descansar en mi baúl de cosas viejas, junto a mi Pantro y mi Robotech.

El chofer hizo una larga pausa, como si examinara lo que acababa de decir.

- Por su puesto que una mujer no es una cámara fotográfica. Con ellas el desencanto tarda un poco más en aparecer. Y no hay mejor lente para ver las imperfecciones que el matrimonio. Por muy enamorado que uno esté, al final el matrimonio se encarga de limpiarnos los ojos, abotagados de tanta miel. ¡Que lindo que tu enamorada te sorprenda llevándote unos triples de jamón y queso recién preparados! Pero si un día llegas hambriento de trabajar ¿te gustaría que tu esposa te salga con esa “sorpresa”? ¡Qué lindo que tu enamorada acepte salir a comer contigo! Pero si un día llegas cansado y tu esposa te dice que no cocinó nada y que quiere cenar fuera ¿te parecería lindo? ¡Que lindo que tu enamorada te presente a sus padres y te haga parte de su familia! ¡Qué malo que tu esposa quiera traer de visita cada sábado a su madre! ¡Qué tierna se ve tu enamorada con la cara llena de harina, tratando de prepararte un keke, pero no sería tan tierna si fuera tu esposa y se tratara del pastel de la fiesta de tu hijo, cuyos invitados esperan ansiosos en la sala! ¡Qué dulce es cuando salen a pasear, no te pide nada y eres tú quien tiene que ofrecerle algo! ¿Quieres pollo o hamburguesa? ¿Quieres ir en motocar o prefieres que caminemos? Lo que quieras, amor. Qué triste es cuando llegas a casa y sólo escuchas los reproches de tu mujer quejándose de la miseria que le das para el mercado. Qué lindo recordar cuando te dio el sí en la Iglesia. Qué triste escucharla decir que se arrepiente de haberse casado contigo. ¡Qué lindo cuando tu enamorada te hizo sentir el hombre más amado del mundo! Qué triste cuando tu esposa te cree un fracasado porque te echaron de tu puesto en la fábrica y tienes que motocarrear veintitrés horas al día para que puedas mantener su nivel de vida, con una hija que era tu orgullo pero que hoy, siendo adolescente, apenas sabes donde anda y que encima te odia porque nunca estás allí y ahora está muerta.

Cuando se detuvo, vio que ambos lo escuchaban absortos y se sintió mal por ello. La chica, que hasta ahora permanecía oculta bajo sus cabellos y detrás de los bíceps de su hombre, tenía la mirada tan refulgente como la de los felinos en una noche oscura. Le pareció que murmuraba algo, como si lo juzgara desde la comodidad de su asiento posterior. Hubiera querido preguntarle si tenía algo que decirle, pero de pronto estaban riendo otra vez, serenos, distraídos, mirando la hilera de chozas que desfilaban ante ellos. Decidió entonces dejar de meterse en asuntos ajenos y concentrarse en la cimbreante carretera. Es lo que debió hacer desde el principio: conducir en silencio, sin pensar nada más que en la tarifa.

Pero había algo en sus pasajeros que le molestaba. Dentro de su corazón egoísta aún sentía nauseas por la felicidad ajena. Para variar, su esposa tampoco desaprovechó la oportunidad para culparlo de alguna forma por la muerte de su hija.

- ¿En qué sentido?

- ¿Disculpe?

- Dijo usted que su esposa lo culpó de la muerte de su hija. ¿Cómo así?

- ¿Pero qué está diciendo? Ni siquiera abrí la boca.

Por un momento pensó que estaba volviéndose loco, pero inmediatamente recobró la compostura. Tal vez eran demasiadas horas frente al volante. Necesitaba descansar. Notó que sus brazos estaban acalambrados y apenas podía sentirlos. Este será mi último viaje, pensó. Ya no puedo más. La pareja empezó a tener recelos, como si fuera un desquiciado. El chofer no podía dejar de mirarlos a través del espejo. ¿Quiénes eran? Nunca los había visto ¿Por qué el camino al aeropuerto se hacía lento y pesado?

- ¿Cuántos años tenía? - le preguntó nuevamente el pasajero. Él no pudo dejar de responder.

- Dieciséis. Era una linda muchacha. Desgraciadamente su madre le metió esas ideas en la cabeza. Consíguete un buen marido que te haga feliz y tenga plata. Arréglate, píntate, sé coqueta y tendrás los hombres a tus pies. A mi no me parecía bien que se vistiera como una puta y se quedara hasta tarde en las noches. Un sábado le di una bofetada. Eran las dos de la mañana y la sorprendí en la Plaza de Armas, ebria y sola. Le dije que nunca más saldría de su cuarto y ella respondió que me odiaba con toda el alma. Toda la semana no nos hablamos. El sábado siguiente se escapó a una fiesta y cuando llegó de madrugada, me dijo que estaba enamorada y se iba a casar. Podía sentir su aliento a licor desde el otro extremo de la sala. Su madre dio un brinco y preguntó cómo era él. Yo le dije que si se casaba sólo para largarse nunca sería feliz, pero no me escuchó. Se dio media vuelta y subió a su moto. Fue la última vez que la vimos con vida.

De pronto, la chica, que hasta entonces se había mantenido en silencio, le gritó:

- Eso no fue lo que me dijiste.

El chofer sintió vértigos, como si los recuerdos se mezclaran con la realidad. Giró el torso para mirarlos pero el vehículo trepó sobre el sardinel central de la avenida y se volcó antes de que pueda asimilar lo que le sucedía.

Cuando recobró el conocimiento vio que nadie había acudido aún a auxiliarlos. Levantó el motocarro con rapidez, mirando varias veces al rededor suyo, pero solo halló al hombre sentado al borde de la acera, llorando, tomándose de la sien y balanceándose.

- ¿Donde está? - le gritó el chofer, casi suplicante.

Su pasajero no cesaba de llorar.

- ¿Donde está ella? ¡Dígame!

- En casa. Lléveme a casa por favor.

- Está bien. ¿Dónde vive?

El pasajero levantó la mano y señaló hacia paredón color verde con una pequeña puerta en la parte lateral. Estaba como a cincuenta metros de allí. Le ayudó a levantarse y lo llevó casi cargando. Sus quejidos no hacían más que desesperarlo. Cuando el fin llegaron, lo sentó en las escalinatas de la puerta y tocó el timbre. Inmediatamente unos perros empezaron a ladrar, las luces del interior se encendieron y escuchó que la llave giraba en la puerta. Se preparó para lo peor. Una señora anciana pero robusta, vestida de bata y sandalias, se apareció bajo el umbral.

- Alvaro, estaba preocupada por ti - le dijo mientras trataba de levantarlo, creyéndolo herido. Ambos lo condujeron a la sala y lo acostaron en el mueble. Inmediatamente se quedó dormido.

La mujer se fijó en el rostro pálido del chofer y luego lo examinó de pies a cabeza.

- Gracias por traerlo, estaba preocupada por él. El doctor le prohibió salir de casa, pero hoy tuve que salir al mercado y se escapó.

- ¿El doctor?

- El siquiatra. Si es que hizo o dijo algo que le incomodó, le ruego que no lo tome en cuenta.

- ¿Qué problema tiene?

La mujer bajó los ojos como si se disculpara con aquel extraño.

- Hace tres años que su novia falleció en un accidente de moto. La quería mucho. Desde entonces no ha podido superarlo. Él...actúa como si estuviera viva. La trae a la casa, la llama por teléfono, los viernes la invita a cenar y tenemos que reservarle un asiento y un plato de comida al lado de él.

La anciana miró a su sobrino dormido y trató de relajar su garganta, luego continuó.

- Se me parte el alma cuando le veo así, sonriente, hablándole al vacío, cuando acaricia el aire y dibuja su rostro con sus manos, cuando la abraza haciendo un circulo con sus manos y le susurra al oído...

De pronto ella notó el motocarro estacionado cerca de ahí.

- ¡Ah! Disculpe ¿Cuánto le debo? - preguntó metiendo la mano en los bolsillos de la bata.

- Nada - le dijo. ¿Cómo se llamaba su enamorada?

- Miriam. Era una buena muchacha. Dicen que cuando le contó a su padre que se iba a casar puso el grito en el cielo y la echó de la casa. La pobrecita estaba tan perturbada que rodó con su moto por una zanja recién abierta.

La anciana cerró la puerta y giró la llave. El chofer se quedó un rato más en la vereda, tratando de adivinar las siluetas a través del vidrio catedral de la puerta, pero luego las luces se apagaron. Se convenció de estar loco. Tal vez los recuerdos de la noche le habían afectado sobremanera. Mucho más de lo que imaginó. Encendió su motocarro, cuyos faros estaban inservibles, y manejó lento, hurgando las calles con detenimiento. No vio a nadie más.

Abrió la puerta del garaje y metió la nave en él. Se sentó en el comedor y empezó a llorar en silencio. ¡Cuánta fe necesitaba para creer lo que acababa de pasar! Había tantas cosas que desconocía de su hija que le gustaría pensar que sí era ella, que el amor es capaz de vencer a la muerte y que a veces venía aquí, a la casa, a escuchar sus irremediables lamentos por las cosas horribles que le dijo aquella noche.

Entró a la sala y vio a su mujer profundamente dormida con el televisor prendido, el cenicero en una mano y el control en la otra. Se acercó a ella despacio, le quitó los objetos y le acomodó los pies sobre el mueble.

Advirtió de pronto que no era una cenicero lo que tenía en sus manos. Su vieja cámara fotográfica, casi olvidada, casi inservible, se balanceaba entre los dedos de su mujer. Aunque la recogió con delicadeza, inmediatamente despertó.

- ¿Qué haces? - le preguntó ella, como si lo hubiera sorprendido tratando de matarla.

- Sólo estoy recogiendo la cámara antes de que se te resbale.

- ¿Tu cámara? ¿Para qué sacaste esa carcacha de la azotea?

- ¿Tú no la trajiste?

- ¡Sabes que tengo miedo a los murciélagos del cielo raso!

Él tomó el aparato, lo examinó durante largo rato como si fuera una joya valiosa y luego suspiró, mirando hacia la ventana.

- ¿Quieres ir a dar una vuelta?

- ¿No tienes que ir a trabajar?

- No. Hoy quiero estar contigo - replicó, como si fuera la primera vez que dijera eso - ¿A donde quieres ir?

- No sé. ¿Tienes plata?

- Tú solo dime.

- Quistococha

- Pues vamos a ver a los otorongos. Y trae la vieja cámara. Hay cosas que nunca pasan de moda.

- ¿Estás llorando?

- No, amor, no - replicó mientras se limpiaba los ojos- Es sólo que ahora veo las cosas con una luz distinta.

domingo, 10 de agosto de 2008

¿Lo que soy o lo que tengo?



No te hinches,
ten en cuenta
que al que se hincha
si alguien lo pincha
se revienta.

Nietzsche


Una estudiante le dice a su padre que le compre una moto con urgencia. El padre pregunta qué tiene de malo la vieja Honda 90, que ha estado en la familia por tres generaciones. La adolescente responde: "no tiene nada de malo, pero me da vergüenza ir a estudiar montada en esa carcacha". El padre le dice que, si bien su amor por ella es profundo, sus bolsillos no lo son, por lo que deberá aguantarse por lo menos un año. Desanimada, la hija le devuelve la llave y se retira azotando la puerta. Y qué curioso, aquella adolescente que tiene vergüenza de andar en la moto vieja, no tiene ningún pudor de caminar hasta el paradero y tomar el autobús hasta la universidad, reventando de gente olorosa.

En una reunión de abogados la corbata resulta más pequeña que la lengua. No hay nada más educativo que escuchar a aquellos magníficos individuos departir como si fueran los amos del universo. Esta vez, la conversación gira en torno a los mejores vinos: nombres impronunciables desfilan por sus labios exquisitos, descalificando cada quien la elección del otro. De pronto, el más taciturno de todos (y seguramente el más honesto, si los hay), toma la palabra y dice: "para mí, no hay mejor vino que el Tacama". El auditorio enmudece, y poco faltó para que le llovieran carcajadas. No era para menos. Se trataba de un vino "accesible", y peruano por añadidura.

Un chifa de una calle exclusiva ha sido clausurado en dos oportunidades por infringir las normas sanitarias para establecimientos de ese tipo. En otras palabras, no eran muy higiénicos que digamos. Sin embargo, cada sábado el frontis está lleno de autos de lujo, camionetas y motos. Con su portal amplio, es habitual que los comensales se detengan un rato en el vestíbulo antes de ingresar o salir, dejándose ver por el resto de los plebeyos. ¿Por qué se llena, a pesar de las sanciones que recibe periódicamente? Porque es el único chifa elegante de la ciudad. ¿Dónde más podrían figurar sino, los magnates de la madera? ¿Dónde más se cerrarían tratos por millones de soles? Y al primo que viene de Lima a ver si he progresado... ¿Cómo no llevarlo allí?

Un pequeño empresario sueña con comprarse una Toyota Rav4. Es tan infeliz cada día que pasa sin tenerla, que decide someterse a las condiciones de su Banco: pide un préstamo. El Banco se hace de rogar unos días, dizque analizando su crédito. Finalmente, le concede treinta mil dólares. Ahora deberá trabajar ocho años para devolverle cien mil, pero él esta feliz. Después de todo ¿quien no se deslomaría contento a bordo de una 4 x 4?

La Fontenelle dijo alguna vez que la vanidad es el amor propio al descubierto. No tendría nada de malo si así fuera, después de todo, ¿acaso no es bueno un poco de amor propio? Claro que sí. Pero cuando la vanidad es tan poderosa que altera nuestro sentido de la realidad, pareciera no reflejar otra cosa que nuestra propia mendicidad. Los bienes que adquirimos y las acciones que realizamos para ser mejor vistos por nuestra sociedad no sirven de nada si la felicidad que nos brindan no parte de nosotros, sino de la aprobación externa. Soy feliz porque tengo lo que tú querías y sé que me envidiarás. Soy feliz porque ahora me tratas con respeto.

Distinguir entonces qué cosas nos producen verdadera felicidad y qué cosas nos brindan una felicidad importada, es la clave de todo. Además, al final, ser auténticos resulta más beneficioso que copiar la felicidad de los demás. Un pequeño ejemplo:

Waren Buffet (sí, el tipo de la foto, ahora ya saben porqué lo puse allí) es poseedor de la tercera fortuna más grande del mundo. He aquí unos aspectos interesantes de su vida:

1. Compró su primer acción a los 11 años y se lamenta de haber empezado demasiado tarde.

2. Compró una pequeña granja a los 14 años con sus ahorros provenientes de repartir periódicos.

3. Todavía vive en la misma pequeña casa de 3 cuartos en Omaha que compró luego de casarse hace 50 años. Él dice que tiene todo lo que necesita en esa casa. Su propiedad no tiene ningún muro o reja.

4. Él maneja su propio carro a todos lados y no anda con chofer o guardaespaldas.

5. Nunca viaja en jet privado, a pesar de ser el dueño de la compañía de jets privados más grande del mundo.

6. Su compañía, Berkshire Hathaway, es dueña de 63 compañías. Él le escribe sólo una carta cada año a los CEOs de estas compañías, dándole las metas para el año. Nunca convoca a reuniones o los llama regularmente.
Él le ha dado dos reglas a sus CEOs.

Regla número 1: No perder nada del dinero de sus accionistas.

Regla número 2: No olvidar la regla número 1.
7. Él no socializa con la gente de la alta sociedad. Su pasatiempo cuando llega a casa es prepararse palomitas de maíz y ver televisión.

8. Bill Gates, poseedor de la segunda fortuna más grande del mundo, lo conoció apenas hace 6 años. El dueño de Microsoft pensó que no tenía nada en común con Warren Buffet. Por esto, programó la reunión para que durara únicamente media hora. Pero cuando Gates lo conoció, la reunión duró diez horas y Bill Gates se volvió un devoto de Buffet.

9. Warren Buffet no anda con celular ni tiene una computadora en su escritorio. Su consejo para la gente joven: Aléjese de las tarjetas de crédito e invierta en usted. Recuerde:
A. El dinero no crea al hombre, sino al revés.

B. La vida es tan simple como usted la haga.

C. No haga lo que los otros digan. Escúchelos, pero haga lo que lo hace sentir mejor.

D. No se vaya por las marcas. Póngase aquellas cosas en las que se sienta cómodo.

E. No gaste su dinero en cosas innecesarias. Gaste en aquellas que de verdad necesita.

F. DESPUÉS DE TODO, ES SU VIDA. ¿PARA QUÉ DARLE LA OPORTUNIDAD A OTROS DE MANEJÁRSELA?
El 26 de Junio del 2006 anunció que donaría el 85% de su fortuna a la Fundación Bill y Melinda Gates. Esta donación representa cerca de US$37.000 millones.

Buffet, de 75 años, dijo que su intención siempre fue distribuir su riqueza entre la sociedad después de su muerte, pero que ha decidido que el presente es el momento de empezar a hacerlo. Explicó que decidió distribuir su riqueza a una fundación existente (y no crear la suya) como resultado del respeto por la labor que realiza la fundación de Gates.

Cuando los periodistas le preguntaron por sus hijos, quienes deberían sentirse fastidiados por la donación, Buffet dijo que a ellos "les dejaría lo suficiente para que sientan que pueden hacer cualquier cosa, pero no tanto como para que no quieran hacer nada".

¿Qué les parece?

martes, 29 de julio de 2008

Y amarlo pude...



¡ Y amarlo pude ! Mi bien querido
se abría apenas soñadora el alma
mi pobre corazón perdió su calma
desde el fatal instante en que lo hallé
Sus palabras sonaron en mi oído
como música ardiente y deliciosa
subió a mi rostro el tinte de la rosa
y como la hoja en el árbol, vacilé.

En mis sueños, su imagen me acosaba
siempre halagüeña, siempre enamorada
mil veces me di cuenta que asomaba
a mi boca un suspiro abrasador
¡y era él quien lo arrancaba de mi pecho!
él, la fascinación de mis sentidos
el ideal de mis sueños más queridos
mi primero, mi más ferviente amor.

Si no viene, hasta el campo delicioso
en vez de flores me dará despojos
sin él serán sombríos a mis ojos
los rayos suaves del sol de abril
Yo vivía de su vida apasionada
era el centro de mi alma el amor suyo
era mi inspiración, era mi orgullo
¿por qué tan pronto se olvidó de mí?

No es mío ya su amor que desfallece
sus caricias son tan frías como el hielo
y es mentira su fe, finge desvelo
ya no me engañará con su ficción
¡ Y amarlo pude, delirante, loca !
¡No! Mi orgullo podrá más que sus maltratos
y si a olvidar no alcanzas al ingrato
te arrancaré del pecho, maldito corazón.

- Dolores Veintemilla -
Adaptado para este blog


Dolores Veintemilla nació en Ecuador en 1829. Se casó muy joven con un doctor colombiano, cuyas continuas infidelidades la sumieron en una profunda depresión. El 23 de mayo de 1857, tomó un poco de cianuro del maletín de su esposo y se suicidó. Tenía 28 años.