lunes, 18 de agosto de 2008

ERA UNA NOCHE FRÏA


La espesa neblina que le impedía ver mas allá de dos cuadras, el traqueteo de sus dientes, los vellos erizados en su brazo desnudo, parecían decirle que fue mejor quedarse en casa bajo las sábanas. Era una noche fría, sin duda. Pero era preferible recorrer las calles buscando algún pasajero ebrio antes que volver a casa y reanudar la discusión con su mujer, interrumpida violentamente durante el día. Sin duda la gorda lo estará esperando. Siempre lo espera. Tal vez esté viendo la tele sin mirar, con el oído atento al motor del motocarro. Hasta podía imaginársela sentada en el mueble con los brazos cruzados, bramando como los toros antes de entrar al redil.

La calle Moore estaba desierta, y salvo por el pitido de los guardianes, el paisaje frente a él parecía una inmensa y lúgubre fotografía. Aguzó la mirada tratando de penetrar la niebla. Creyó ver la silueta de alguien como a cincuenta metros. Sin pensarlo demasiado, aceleró metiendo la cabeza entre los hombros para mirar debajo del toldo con cara de confiable. Una pareja salía de un hostal mal iluminado de verde. Ella escondía su rostro bajo sus largos cabellos y se recostaba en el pecho de él. ¿Adonde, mister? Fue lo primero que preguntó. El hombre ni siquiera le miró. Ayudó a la chica a subir, luego se acomodó, volvió a abrazarla y pidió que tomara el camino al aeropuerto.

El chofer esbozó una sonrisa. Como subieron sin preguntar, podía cobrarles muy bien al llegar a su destino. En vista de la hora, la distancia, el semblante y el vestido de sus pasajeros, calculaba que veinticinco soles era un precio razonable. Si el caballero quiere amoscarse, probablemente lo deje en veinte. A través del espejo podía ver que le hablaba a su compañera en voz bajita, haciéndola sonreír. Ellas siempre se avergüenzan cuando las ven salir de un hostal, sobre todo si lucen decentes. A lo largo de su carrera en el rubro de transportes, había recogido pasajeros de todo pelambre en la puerta de los hostales: homosexuales, lesbianas, púberes, tríos, y hasta señoras que podrían pasar por dulces y católicas abuelitas.

Trató de no pensar en la felicidad ajena y se concentró en su propia miseria. Hace mucho tiempo que se sentía desanimado. Las discusiones con su mujer cada noche le enfermaban tanto que prefería hacer doble turno. No soportaba su voz, su rostro, la manera de sentarse en el mueble a ver las novelas ocupando la única espuma en buen estado con su inmenso trasero. Cuando se enamoró de ella nunca imaginó que algún día se llegaría a cansar de respirar su aliento cada noche. Casi sin darse cuenta, descubrió que nada le ataba a ella más que la certeza de saber que sólo se tenían el uno al otro, y la firme convicción de que los años transcurridos pesan más que cualquier deseo de libertad.

Por su puesto que tenían una hija. Una hija cuyo recuerdo se había convertido en el único momento de sosiego entre ambos. Los domingos, cuando visitaban su nicho en el cementerio, se quedaban callados, tomados de la mano, como si temieran que ella pudiera ver cuánto se detestaban. Pero al salir del camposanto las peleas se reanudaban con más fuerza, como desquitándose por haber parado un poco.

Por eso, la escena de amor que presenciaba desde el espejo le parecía patética. Muestras de atención melosa y febril que suele confundirse con amor, y que no son mas que restos de mutua gratitud tras una sorda satisfacción biológica. Como cuando uno termina de darse un banquete y luego eructa con placentera fruición.

¿Qué saben ellos de amor? ¿Podría ella amarla si él perdiera su trabajo? ¿Podría él seguir susurrándole mieles al oído si ella se convirtiera en una cerda que se pasa en la sala viendo novelas y repitiéndole que es un fracasado?

Cuando trabajaba en la fábrica también era feliz. Pero nada es para siempre, aunque dure veinte años. Un día te enamoras de una mujer, la llevas al altar, viven años maravillosos en la casita que compraron para convertirla en su nido de amor y de pronto un día despiertas y estás en la calle: sin empleo, sin dinero y con una deuda tan grande como la decepción de la mujer que juró amarte en las buenas y en las malas. Ahora no podía decir en las fiestas que su esposo era gerente en la fábrica de textiles. Ni siquiera había dinero para pensar en asistir a una. Cuando sus amigas lo veían llegar y guardar su motocarro, ella se excusaba diciéndoles que era algo temporal.

La voz de su pasajero lo sacó de sus pensamientos. Al parecer se habían acordado de un chiste y querían compartirlo con él.

- Mi esposa quiere saber si usted es casado - comentó.

El chofer sonrió por cortesía y respondió.

- Sí.

Ambos pasajeros volvieron a reír, y continuaron murmurando entre ellos. La chica ya no parecía avergonzada. En todo momento él la rodeaba con sus brazos, como si la protegiera del viento helado.

- No hay nada más lindo que tener a alguien que nos quiera ¿no lo cree? - Dijo en voz alta, luego de acomodarse para abrazarla mejor.

- Eso sí no sé, mister.

- ¿Cómo? ¿No dijo usted que es casado?

- Sólo quise a una persona con toda el alma, y ella está muerta. Mi hija Miriam.

- ¡Ah caramba, qué pena! ¿Y cómo murió?

- Un accidente de moto - respondió en tono cortante.

El chofer dejó de oír risas por un momento. Conocía aquel silencio. Era el silencio de la compasión. No se sentía con ganas de contar su historia.

- ¿Y ustedes? - replicó de pronto, cambiando su tono de voz - ¿Cuánto llevan juntos?

- Hace tres años que prometimos amarnos para siempre. Cuando la vi me enamoré inmediatamente de ella. Al principio no quería darme la oportunidad, y era natural. Yo era un hombre hecho y derecho y ella apenas una estudiante. Me costó mucho convencerla de que estaba soltero y sin hijos. Me costó mucho desprenderla de los prejuicios que le impedían verme como hombre. Pero cualquier esfuerzo era nada comparado con la recompensa de tenerla en mis brazos. Sé lo que está pensando, amigo: este tío sólo es un viejo verde al que le gustan las chibolas; pero créame: he pasado toda la vida esperando a la mujer adecuada y al fin la encontré.

- Yo no pienso nada, mister. Cada uno es libre de encontrar la felicidad a su manera mientras no haga daño a nadie.

- Bien dicho ¿Y qué me dice de usted? ¿A su esposa no le molesta que trabaje hasta tarde?

- A mi señora lo único que le importa es que la tenga como una reina aunque para eso tenga que vender mi sangre.

- Como debe ser. Ellas son las reinas del hogar y nada debe faltarles.

El chofer le clavó los ojos a través del retrovisor.

- Mire señor - replicó- lamento contradecirlo, pero usted apenas lleva tres años con su conjunta y puedo augurarle un par de años más de felicidad. El primer lustro de matrimonio es lo más lindo. Seguro que se comunican mucho y se consultan todo antes de tomar una decisión. Seguro que cuando usted sale a trabajar piensa toda la mañana en ella y cuenta las horas que faltan para regresar a casa, colmarla de besos y comer juntitos, intercalando suaves caricias entre cada bocado. Seguro que cada noche, cuando se acuesta con ella y la rodea con sus brazos por la espalda como ahora lo está haciendo, piensa en lo vacía y triste que era su vida antes de conocerla y hasta se pregunta cómo pudo vivir sin ella. Entonces la abraza con más fuerza y le susurra “dónde has estado todo este tiempo, amor”. Ella entonces voltea y acaricia su mejilla con la suya, cerrando los ojos, y usted piensa que nunca, nunca, nunca podrá ser más feliz como en ese instante. Quiere que todos se enteren de lo pleno que se siente. Cuando la lleva a las fiestas la toma del brazo, le tiende el asiento, le dice a sus amigos cuánto la ama tantas veces que empiezan a sentirse miserables. A veces se cree protagonista de una novela de América y cuando va por la calle piensa que no hay más que ustedes dos, y que el mundo entero es apenas un accesorio de la historia de amor que ustedes creen representar.

Notó que el pasajero empezaba a incomodarse, pero no dejó que le interrumpiera.

- Pero al final es sólo eso. Una representación. Paulatinamente, como los granos de arena que se desprenden de las enormes pirámides, el amor mutará en algo peor. ¿Alguna vez ha deseado algo con toda el alma? Cuando era adolescente yo quería una cámara fotográfica. La vi en la tienda de la esquina, era preciosa: flash incorporado, a pilas, lente ajustable, pequeña como la mano de un niño. Desde que la vi no pensé en otra cosa que en la manera de comprarla. Salí a buscar trabajo y lo encontré en una fábrica textil. No sabía nada de remalladoras, agujas ni máquinas de coser, pero mentí para que me dieran el puesto de obrero. La cámara lo valía. Su precio eran tres sueldos míos, y tres meses era el plazo que el dueño de la tienda me daba para comprarla. En casa tuve que mentir diciendo que no había encontrado trabajo, porque de otro modo mi padre me hubiera obligado a colaborar con los gastos del hogar. Casi repruebo el quinto año porque a las cinco tenía que escaparme para entrar a las seis a la fábrica. Llegaba a casa después de las doce, exhausto y dispuesto a recibir las reprimendas de mamá que empezaba a creerme un vagabundo. Pero la cámara lo valía. Al salir al colegio pasaba por la tienda y me aseguraba que estuviese aún en la vitrina, esperándome. Luego de cobrar mi tercer cheque corrí a la tienda a rescatarla. Cuando la tuve en mis manos fue como si hubiera encontrado mi corazón. Andaba con ella a todas partes, mostrándosela a todos, orgullosísimo, tomando fotos aquí y allá. Pero un día descubrí que sólo era una cámara de aficionado. Había que correr manualmente el rollo por cada foto y el famoso lente ajustable sólo tenía tres modos: paisaje, retrato y poca luz. Me di cuenta que me había fijado en un diseño, en un color, en el cumplimiento de una meta trazada, pero nunca me tomé el tiempo de evaluar si valía la pena comprarla o no, funcionalmente hablando. En menos de un año, aquel aparato fue a descansar en mi baúl de cosas viejas, junto a mi Pantro y mi Robotech.

El chofer hizo una larga pausa, como si examinara lo que acababa de decir.

- Por su puesto que una mujer no es una cámara fotográfica. Con ellas el desencanto tarda un poco más en aparecer. Y no hay mejor lente para ver las imperfecciones que el matrimonio. Por muy enamorado que uno esté, al final el matrimonio se encarga de limpiarnos los ojos, abotagados de tanta miel. ¡Que lindo que tu enamorada te sorprenda llevándote unos triples de jamón y queso recién preparados! Pero si un día llegas hambriento de trabajar ¿te gustaría que tu esposa te salga con esa “sorpresa”? ¡Qué lindo que tu enamorada acepte salir a comer contigo! Pero si un día llegas cansado y tu esposa te dice que no cocinó nada y que quiere cenar fuera ¿te parecería lindo? ¡Que lindo que tu enamorada te presente a sus padres y te haga parte de su familia! ¡Qué malo que tu esposa quiera traer de visita cada sábado a su madre! ¡Qué tierna se ve tu enamorada con la cara llena de harina, tratando de prepararte un keke, pero no sería tan tierna si fuera tu esposa y se tratara del pastel de la fiesta de tu hijo, cuyos invitados esperan ansiosos en la sala! ¡Qué dulce es cuando salen a pasear, no te pide nada y eres tú quien tiene que ofrecerle algo! ¿Quieres pollo o hamburguesa? ¿Quieres ir en motocar o prefieres que caminemos? Lo que quieras, amor. Qué triste es cuando llegas a casa y sólo escuchas los reproches de tu mujer quejándose de la miseria que le das para el mercado. Qué lindo recordar cuando te dio el sí en la Iglesia. Qué triste escucharla decir que se arrepiente de haberse casado contigo. ¡Qué lindo cuando tu enamorada te hizo sentir el hombre más amado del mundo! Qué triste cuando tu esposa te cree un fracasado porque te echaron de tu puesto en la fábrica y tienes que motocarrear veintitrés horas al día para que puedas mantener su nivel de vida, con una hija que era tu orgullo pero que hoy, siendo adolescente, apenas sabes donde anda y que encima te odia porque nunca estás allí y ahora está muerta.

Cuando se detuvo, vio que ambos lo escuchaban absortos y se sintió mal por ello. La chica, que hasta ahora permanecía oculta bajo sus cabellos y detrás de los bíceps de su hombre, tenía la mirada tan refulgente como la de los felinos en una noche oscura. Le pareció que murmuraba algo, como si lo juzgara desde la comodidad de su asiento posterior. Hubiera querido preguntarle si tenía algo que decirle, pero de pronto estaban riendo otra vez, serenos, distraídos, mirando la hilera de chozas que desfilaban ante ellos. Decidió entonces dejar de meterse en asuntos ajenos y concentrarse en la cimbreante carretera. Es lo que debió hacer desde el principio: conducir en silencio, sin pensar nada más que en la tarifa.

Pero había algo en sus pasajeros que le molestaba. Dentro de su corazón egoísta aún sentía nauseas por la felicidad ajena. Para variar, su esposa tampoco desaprovechó la oportunidad para culparlo de alguna forma por la muerte de su hija.

- ¿En qué sentido?

- ¿Disculpe?

- Dijo usted que su esposa lo culpó de la muerte de su hija. ¿Cómo así?

- ¿Pero qué está diciendo? Ni siquiera abrí la boca.

Por un momento pensó que estaba volviéndose loco, pero inmediatamente recobró la compostura. Tal vez eran demasiadas horas frente al volante. Necesitaba descansar. Notó que sus brazos estaban acalambrados y apenas podía sentirlos. Este será mi último viaje, pensó. Ya no puedo más. La pareja empezó a tener recelos, como si fuera un desquiciado. El chofer no podía dejar de mirarlos a través del espejo. ¿Quiénes eran? Nunca los había visto ¿Por qué el camino al aeropuerto se hacía lento y pesado?

- ¿Cuántos años tenía? - le preguntó nuevamente el pasajero. Él no pudo dejar de responder.

- Dieciséis. Era una linda muchacha. Desgraciadamente su madre le metió esas ideas en la cabeza. Consíguete un buen marido que te haga feliz y tenga plata. Arréglate, píntate, sé coqueta y tendrás los hombres a tus pies. A mi no me parecía bien que se vistiera como una puta y se quedara hasta tarde en las noches. Un sábado le di una bofetada. Eran las dos de la mañana y la sorprendí en la Plaza de Armas, ebria y sola. Le dije que nunca más saldría de su cuarto y ella respondió que me odiaba con toda el alma. Toda la semana no nos hablamos. El sábado siguiente se escapó a una fiesta y cuando llegó de madrugada, me dijo que estaba enamorada y se iba a casar. Podía sentir su aliento a licor desde el otro extremo de la sala. Su madre dio un brinco y preguntó cómo era él. Yo le dije que si se casaba sólo para largarse nunca sería feliz, pero no me escuchó. Se dio media vuelta y subió a su moto. Fue la última vez que la vimos con vida.

De pronto, la chica, que hasta entonces se había mantenido en silencio, le gritó:

- Eso no fue lo que me dijiste.

El chofer sintió vértigos, como si los recuerdos se mezclaran con la realidad. Giró el torso para mirarlos pero el vehículo trepó sobre el sardinel central de la avenida y se volcó antes de que pueda asimilar lo que le sucedía.

Cuando recobró el conocimiento vio que nadie había acudido aún a auxiliarlos. Levantó el motocarro con rapidez, mirando varias veces al rededor suyo, pero solo halló al hombre sentado al borde de la acera, llorando, tomándose de la sien y balanceándose.

- ¿Donde está? - le gritó el chofer, casi suplicante.

Su pasajero no cesaba de llorar.

- ¿Donde está ella? ¡Dígame!

- En casa. Lléveme a casa por favor.

- Está bien. ¿Dónde vive?

El pasajero levantó la mano y señaló hacia paredón color verde con una pequeña puerta en la parte lateral. Estaba como a cincuenta metros de allí. Le ayudó a levantarse y lo llevó casi cargando. Sus quejidos no hacían más que desesperarlo. Cuando el fin llegaron, lo sentó en las escalinatas de la puerta y tocó el timbre. Inmediatamente unos perros empezaron a ladrar, las luces del interior se encendieron y escuchó que la llave giraba en la puerta. Se preparó para lo peor. Una señora anciana pero robusta, vestida de bata y sandalias, se apareció bajo el umbral.

- Alvaro, estaba preocupada por ti - le dijo mientras trataba de levantarlo, creyéndolo herido. Ambos lo condujeron a la sala y lo acostaron en el mueble. Inmediatamente se quedó dormido.

La mujer se fijó en el rostro pálido del chofer y luego lo examinó de pies a cabeza.

- Gracias por traerlo, estaba preocupada por él. El doctor le prohibió salir de casa, pero hoy tuve que salir al mercado y se escapó.

- ¿El doctor?

- El siquiatra. Si es que hizo o dijo algo que le incomodó, le ruego que no lo tome en cuenta.

- ¿Qué problema tiene?

La mujer bajó los ojos como si se disculpara con aquel extraño.

- Hace tres años que su novia falleció en un accidente de moto. La quería mucho. Desde entonces no ha podido superarlo. Él...actúa como si estuviera viva. La trae a la casa, la llama por teléfono, los viernes la invita a cenar y tenemos que reservarle un asiento y un plato de comida al lado de él.

La anciana miró a su sobrino dormido y trató de relajar su garganta, luego continuó.

- Se me parte el alma cuando le veo así, sonriente, hablándole al vacío, cuando acaricia el aire y dibuja su rostro con sus manos, cuando la abraza haciendo un circulo con sus manos y le susurra al oído...

De pronto ella notó el motocarro estacionado cerca de ahí.

- ¡Ah! Disculpe ¿Cuánto le debo? - preguntó metiendo la mano en los bolsillos de la bata.

- Nada - le dijo. ¿Cómo se llamaba su enamorada?

- Miriam. Era una buena muchacha. Dicen que cuando le contó a su padre que se iba a casar puso el grito en el cielo y la echó de la casa. La pobrecita estaba tan perturbada que rodó con su moto por una zanja recién abierta.

La anciana cerró la puerta y giró la llave. El chofer se quedó un rato más en la vereda, tratando de adivinar las siluetas a través del vidrio catedral de la puerta, pero luego las luces se apagaron. Se convenció de estar loco. Tal vez los recuerdos de la noche le habían afectado sobremanera. Mucho más de lo que imaginó. Encendió su motocarro, cuyos faros estaban inservibles, y manejó lento, hurgando las calles con detenimiento. No vio a nadie más.

Abrió la puerta del garaje y metió la nave en él. Se sentó en el comedor y empezó a llorar en silencio. ¡Cuánta fe necesitaba para creer lo que acababa de pasar! Había tantas cosas que desconocía de su hija que le gustaría pensar que sí era ella, que el amor es capaz de vencer a la muerte y que a veces venía aquí, a la casa, a escuchar sus irremediables lamentos por las cosas horribles que le dijo aquella noche.

Entró a la sala y vio a su mujer profundamente dormida con el televisor prendido, el cenicero en una mano y el control en la otra. Se acercó a ella despacio, le quitó los objetos y le acomodó los pies sobre el mueble.

Advirtió de pronto que no era una cenicero lo que tenía en sus manos. Su vieja cámara fotográfica, casi olvidada, casi inservible, se balanceaba entre los dedos de su mujer. Aunque la recogió con delicadeza, inmediatamente despertó.

- ¿Qué haces? - le preguntó ella, como si lo hubiera sorprendido tratando de matarla.

- Sólo estoy recogiendo la cámara antes de que se te resbale.

- ¿Tu cámara? ¿Para qué sacaste esa carcacha de la azotea?

- ¿Tú no la trajiste?

- ¡Sabes que tengo miedo a los murciélagos del cielo raso!

Él tomó el aparato, lo examinó durante largo rato como si fuera una joya valiosa y luego suspiró, mirando hacia la ventana.

- ¿Quieres ir a dar una vuelta?

- ¿No tienes que ir a trabajar?

- No. Hoy quiero estar contigo - replicó, como si fuera la primera vez que dijera eso - ¿A donde quieres ir?

- No sé. ¿Tienes plata?

- Tú solo dime.

- Quistococha

- Pues vamos a ver a los otorongos. Y trae la vieja cámara. Hay cosas que nunca pasan de moda.

- ¿Estás llorando?

- No, amor, no - replicó mientras se limpiaba los ojos- Es sólo que ahora veo las cosas con una luz distinta.

domingo, 10 de agosto de 2008

¿Lo que soy o lo que tengo?



No te hinches,
ten en cuenta
que al que se hincha
si alguien lo pincha
se revienta.

Nietzsche


Una estudiante le dice a su padre que le compre una moto con urgencia. El padre pregunta qué tiene de malo la vieja Honda 90, que ha estado en la familia por tres generaciones. La adolescente responde: "no tiene nada de malo, pero me da vergüenza ir a estudiar montada en esa carcacha". El padre le dice que, si bien su amor por ella es profundo, sus bolsillos no lo son, por lo que deberá aguantarse por lo menos un año. Desanimada, la hija le devuelve la llave y se retira azotando la puerta. Y qué curioso, aquella adolescente que tiene vergüenza de andar en la moto vieja, no tiene ningún pudor de caminar hasta el paradero y tomar el autobús hasta la universidad, reventando de gente olorosa.

En una reunión de abogados la corbata resulta más pequeña que la lengua. No hay nada más educativo que escuchar a aquellos magníficos individuos departir como si fueran los amos del universo. Esta vez, la conversación gira en torno a los mejores vinos: nombres impronunciables desfilan por sus labios exquisitos, descalificando cada quien la elección del otro. De pronto, el más taciturno de todos (y seguramente el más honesto, si los hay), toma la palabra y dice: "para mí, no hay mejor vino que el Tacama". El auditorio enmudece, y poco faltó para que le llovieran carcajadas. No era para menos. Se trataba de un vino "accesible", y peruano por añadidura.

Un chifa de una calle exclusiva ha sido clausurado en dos oportunidades por infringir las normas sanitarias para establecimientos de ese tipo. En otras palabras, no eran muy higiénicos que digamos. Sin embargo, cada sábado el frontis está lleno de autos de lujo, camionetas y motos. Con su portal amplio, es habitual que los comensales se detengan un rato en el vestíbulo antes de ingresar o salir, dejándose ver por el resto de los plebeyos. ¿Por qué se llena, a pesar de las sanciones que recibe periódicamente? Porque es el único chifa elegante de la ciudad. ¿Dónde más podrían figurar sino, los magnates de la madera? ¿Dónde más se cerrarían tratos por millones de soles? Y al primo que viene de Lima a ver si he progresado... ¿Cómo no llevarlo allí?

Un pequeño empresario sueña con comprarse una Toyota Rav4. Es tan infeliz cada día que pasa sin tenerla, que decide someterse a las condiciones de su Banco: pide un préstamo. El Banco se hace de rogar unos días, dizque analizando su crédito. Finalmente, le concede treinta mil dólares. Ahora deberá trabajar ocho años para devolverle cien mil, pero él esta feliz. Después de todo ¿quien no se deslomaría contento a bordo de una 4 x 4?

La Fontenelle dijo alguna vez que la vanidad es el amor propio al descubierto. No tendría nada de malo si así fuera, después de todo, ¿acaso no es bueno un poco de amor propio? Claro que sí. Pero cuando la vanidad es tan poderosa que altera nuestro sentido de la realidad, pareciera no reflejar otra cosa que nuestra propia mendicidad. Los bienes que adquirimos y las acciones que realizamos para ser mejor vistos por nuestra sociedad no sirven de nada si la felicidad que nos brindan no parte de nosotros, sino de la aprobación externa. Soy feliz porque tengo lo que tú querías y sé que me envidiarás. Soy feliz porque ahora me tratas con respeto.

Distinguir entonces qué cosas nos producen verdadera felicidad y qué cosas nos brindan una felicidad importada, es la clave de todo. Además, al final, ser auténticos resulta más beneficioso que copiar la felicidad de los demás. Un pequeño ejemplo:

Waren Buffet (sí, el tipo de la foto, ahora ya saben porqué lo puse allí) es poseedor de la tercera fortuna más grande del mundo. He aquí unos aspectos interesantes de su vida:

1. Compró su primer acción a los 11 años y se lamenta de haber empezado demasiado tarde.

2. Compró una pequeña granja a los 14 años con sus ahorros provenientes de repartir periódicos.

3. Todavía vive en la misma pequeña casa de 3 cuartos en Omaha que compró luego de casarse hace 50 años. Él dice que tiene todo lo que necesita en esa casa. Su propiedad no tiene ningún muro o reja.

4. Él maneja su propio carro a todos lados y no anda con chofer o guardaespaldas.

5. Nunca viaja en jet privado, a pesar de ser el dueño de la compañía de jets privados más grande del mundo.

6. Su compañía, Berkshire Hathaway, es dueña de 63 compañías. Él le escribe sólo una carta cada año a los CEOs de estas compañías, dándole las metas para el año. Nunca convoca a reuniones o los llama regularmente.
Él le ha dado dos reglas a sus CEOs.

Regla número 1: No perder nada del dinero de sus accionistas.

Regla número 2: No olvidar la regla número 1.
7. Él no socializa con la gente de la alta sociedad. Su pasatiempo cuando llega a casa es prepararse palomitas de maíz y ver televisión.

8. Bill Gates, poseedor de la segunda fortuna más grande del mundo, lo conoció apenas hace 6 años. El dueño de Microsoft pensó que no tenía nada en común con Warren Buffet. Por esto, programó la reunión para que durara únicamente media hora. Pero cuando Gates lo conoció, la reunión duró diez horas y Bill Gates se volvió un devoto de Buffet.

9. Warren Buffet no anda con celular ni tiene una computadora en su escritorio. Su consejo para la gente joven: Aléjese de las tarjetas de crédito e invierta en usted. Recuerde:
A. El dinero no crea al hombre, sino al revés.

B. La vida es tan simple como usted la haga.

C. No haga lo que los otros digan. Escúchelos, pero haga lo que lo hace sentir mejor.

D. No se vaya por las marcas. Póngase aquellas cosas en las que se sienta cómodo.

E. No gaste su dinero en cosas innecesarias. Gaste en aquellas que de verdad necesita.

F. DESPUÉS DE TODO, ES SU VIDA. ¿PARA QUÉ DARLE LA OPORTUNIDAD A OTROS DE MANEJÁRSELA?
El 26 de Junio del 2006 anunció que donaría el 85% de su fortuna a la Fundación Bill y Melinda Gates. Esta donación representa cerca de US$37.000 millones.

Buffet, de 75 años, dijo que su intención siempre fue distribuir su riqueza entre la sociedad después de su muerte, pero que ha decidido que el presente es el momento de empezar a hacerlo. Explicó que decidió distribuir su riqueza a una fundación existente (y no crear la suya) como resultado del respeto por la labor que realiza la fundación de Gates.

Cuando los periodistas le preguntaron por sus hijos, quienes deberían sentirse fastidiados por la donación, Buffet dijo que a ellos "les dejaría lo suficiente para que sientan que pueden hacer cualquier cosa, pero no tanto como para que no quieran hacer nada".

¿Qué les parece?

martes, 29 de julio de 2008

Y amarlo pude...



¡ Y amarlo pude ! Mi bien querido
se abría apenas soñadora el alma
mi pobre corazón perdió su calma
desde el fatal instante en que lo hallé
Sus palabras sonaron en mi oído
como música ardiente y deliciosa
subió a mi rostro el tinte de la rosa
y como la hoja en el árbol, vacilé.

En mis sueños, su imagen me acosaba
siempre halagüeña, siempre enamorada
mil veces me di cuenta que asomaba
a mi boca un suspiro abrasador
¡y era él quien lo arrancaba de mi pecho!
él, la fascinación de mis sentidos
el ideal de mis sueños más queridos
mi primero, mi más ferviente amor.

Si no viene, hasta el campo delicioso
en vez de flores me dará despojos
sin él serán sombríos a mis ojos
los rayos suaves del sol de abril
Yo vivía de su vida apasionada
era el centro de mi alma el amor suyo
era mi inspiración, era mi orgullo
¿por qué tan pronto se olvidó de mí?

No es mío ya su amor que desfallece
sus caricias son tan frías como el hielo
y es mentira su fe, finge desvelo
ya no me engañará con su ficción
¡ Y amarlo pude, delirante, loca !
¡No! Mi orgullo podrá más que sus maltratos
y si a olvidar no alcanzas al ingrato
te arrancaré del pecho, maldito corazón.

- Dolores Veintemilla -
Adaptado para este blog


Dolores Veintemilla nació en Ecuador en 1829. Se casó muy joven con un doctor colombiano, cuyas continuas infidelidades la sumieron en una profunda depresión. El 23 de mayo de 1857, tomó un poco de cianuro del maletín de su esposo y se suicidó. Tenía 28 años.


PERDÓNAME


Ha pasado casi un mes sin postear nada. Podría excusarme diciendo que estuve muy ocupado escribiendo mi nueva novela, pero lo cierto es que dejé el blog de puro flojo. Vale. No volverá a pasar. Me he prometido que el día que cumpla un mes sin postear cancelaré definitivamente esta página, para desdicha de los marcianos. Bueno, dejémonos de preámbulos y a volar, que culpa confesada es culpa perdonada.

viernes, 4 de julio de 2008

CUMPLEAÑOS

Cristina cumplía años aquella mañana, por eso despertó de buen humor. Su enamorado dijo que le iba a hacer un regalo especial y toda la noche se la pasó pensando qué podía ser. Últimamente su relación no andaba bien, él había empezado a trabajar hace una semana y el tiempo que sacrificaban por eso les afectó mucho. A veces, a media mañana, entre el desayuno y la hora de hacer las compras del mercado, sentía ganas de hablarle, pero no tenía celular, tampoco teléfono. Se mordía los labios mientras imaginaba dónde puede estar. Tal vez en la calle entregando notificaciones, tal vez en la computadora, registrándolas, y quién sabe, tal vez conversando con Rebeca, la recepcionista mas ardiente del edificio. La conoció una vez que fue a ver a Ramiro al trabajo y le pareció que era una rubia oxigenada que usaba el perfume más horrendo y penetrante que había olido jamás. Cuando Ramiro venía a veces impregnado de ese olor solían discutir toda la noche, gritándose desde perro putañero hasta loca posesiva y enferma. Mas luego terminaban abrazados en las escalinatas de su puerta, mirando la luna ocultarse tras las nubes, dejando poco a poco las estrellas brillar.

Pero hoy no es un día de perderse en pensamientos macabros ni de morderse los labios con desesperación. Hoy era su cumpleaños, y si tuviera que imaginar donde está, lo imaginaría dirigiéndose a casa con su regalo entre manos. Le dijo que estaría allí a las diez en punto; ella se apresuró en cambiarse.

Pero a las once de la mañana nadie había tocado el timbre y empezó a preocuparse, pues él no era de los que le hacen ascos a la puntualidad, salvo que haya una buena razón. Sólo una vez se había perdido sin dar cuenta de su paradero, y fue cuando lo detuvieron por manejar sin licencia. Estuvo todo el día en la comisaría porque habían robado una moto parecida en la zona y él no tenía ni un documento para acreditar la propiedad del vehículo. Pasó seis horas en la comisaría. Como siempre, no la llamó, pues no quería que vaya a verlo a ese antro de delincuentes. También discutieron por eso: ella le dijo que nunca le había tenido confianza y que nunca contaba con ella para nada y él le dijo que lo más importante era su seguridad. Ella le dijo que vaya a proteger a su abuela y él le dijo que no se arrepentía de lo que había hecho. Ella lo llamó fracasado, él le dijo tarada; pero acabaron quietos, besándose tiernamente, diciéndose el uno al otro cuánto lo sentían y acurrucados como siempre bajo el manto de la luna que seguramente si hablara los habría insultado de payasos.

El timbre sonó a las once y diez y ella corrió a abrirle, pero en el camino se detuvo. No es bueno mostrarse tan ansiosa, pensó, así que iba a tomar su tardanza como si no le preocupara tanto. Luego de un rato abrió la puerta. Era él, y aunque aparentaba actuar normalmente, estaba un poco cambiado. Tenía el pelo revuelto, la camisa sucia y arrugada, las mejillas sonrosadas. Parecía que un tren lo había arrollado. Le dijo que tardó un poco porque había tenido un pequeño problema en la oficina. Iba a hacerlo pasar y a poner la cara de chica preocupadísima cuando sintió otra vez aquel olor horrendo: todo él olía al perfume de Rebeca. Se fijó bien en su pecho y cuello y notó unas zonas enrojecidas. Le miró con ojos volcánicos, le dijo que si creía acaso que era una estúpida, le dio un empujón y cerró la puerta con violencia. No le importó ni su estado maltrecho ni la caja que traía. Claro que lo había arrollado un tren: el tren de las nalgas de Rebeca, pensó. El tocó despacio un par de veces, aunque sin esperanzas. Al poco rato se marchó.
Luego de la furia Cristina empezó a sentir una profunda tristeza. Se había acostumbrado tanto a Ramiro que cuando empezó a trabajar y tuvo que dejar de verlo todo el día se preguntó si lo soportaría. Su vida giraba alrededor de él, como un satélite. Sabía que era fiel, pero no podía dejar de imaginase cosas. Detestaba a Rebeca, detestaba a todas las chicas del mundo que hayan visto, hablado o tocado a Ramiro. Se detestaba a ella misma por haber confiado en él. ¿Porqué precisamente él, tan antisocial y hosco con todos, tan ensimismado y refugiado en sus propios pensamientos, tan solitario, tenía que engañarla? Con un desolado lamento concluyó que no es fiel aquel que no engaña a su pareja, sino aquel que teniendo muchas oportunidades, no lo hace. La fidelidad que no se pone a prueba no es fidelidad, y si Ramiro le había sido fiel todos estos meses era simplemente porque no tenía tiempo ni espacio para ser infiel. Al final, bajo el fuego de las circunstancias, todos los hombres se comportan como unos lobos en busca de carne nueva. Ese pensamiento la devastó mucho más y decidió bajar a tomar aire fresco.

Al abrir la puerta notó que Ramiro le había dejado el regalo en el umbral, con una nota y una receta médica que diagnosticaba que se había lisiado una costilla. En la nota le explicaba que salió tan rápido del trabajo que bajó rodando por las escaleras de la oficina con el regalo en mano. Aunque se encontraba bien, sus compañeros no le dejaron salir a menos que fuese a ver a un doctor primero, por eso tardó un poco. Cristina tomó la caja, la abrió y por el olor sospechó lo que era: un frasco de perfume que se había rajado y casi la mitad del contenido se encontraba esparcido y absorbido por el cartón. Era el mismo perfume que Rebeca usaba. Cristina no supo que hacer. Allí, de pie, con la garganta endurecida y las ojeras temblorosas, vio una silueta que se proyectaba desde el final de la calle. Ramiro se acercaba lentamente hacia ella, con una mano sujetándose el costado. No esperó a que cruzara la esquina y corrió a sus brazos llorando, pidiéndole disculpas por haberlo tratado tan mal. Él reprimió un gesto de dolor al sentir las costillas apretujadas y se apartó de golpe. Notó entonces que traía una caja. Ramiro le dijo que era para ella. Al abrirla, se sintió tan culpable que sólo podía decirle que la perdonara una y otra vez y que era el hombre más maravilloso del mundo: era un celular. Él le acarició la cabeza y la apretó contra su pecho. Luego de un rato de suspiros y sollozos, de sordos lamentos y mutuas disculpas, Cristina dijo:

-No merezco recibir dos regalos este día, me he portado muy mal.

Él pareció acordarse de repente de algo:

-Ah! Amor, también vine por eso. Sabes, me confundí de caja al salir de la oficina. Ese regalo no era para ti, sino para Rebeca. ¿Sabías que también cumple años hoy?

sábado, 28 de junio de 2008

CLARA

Cuando mis padres me dijeron que estaban en bancarrota y que tendríamos que mudarnos a un barrio más pobre en las afueras, me dolió tener que separarme de Clara. No me importó dejar de tener mi propia habitación, pelearme por el baño cada mañana con mis hermanos, comer arroz con lentejas seis de los siete días de la semana, cambiarme a una escuela más rústica y hacer nuevos amigos en un vecindario hostil. Lo único que desgarraba mi alma era saber que Clara ya no estará allí para escucharme, que ya no podré tomarla de la mano todas las tardes y pasear por el parque de la vuelta, que ya no le contaré lo que me pasó en clases ni ella me hablará de lo creídas que son sus amigas, porque 70 kilómetros nos separarán.

Cuando somos chicos, el mundo también lo es para nosotros. Yo no podía imaginarme una vida después de Clara. Recuerdo que pensaba ¿cómo pueden mis padres ser tan insensibles y dejar que muera de dolor? Me encerraba en mi cuarto durante días y cuando bajaba a comer tenía el aspecto de un zombie, pero no se daban cuenta pues también ellos la estaban pasando muy mal. Hasta podría desaparecer y no lo notarían. Podría desaparecer... y llevar a Clara conmigo.

Una tarde antes de despedirnos, le propuse escaparnos. Nervioso como un niño al que se le pide que pase al frente a recitar la poesía que aprendió, le hablé de los fuertes lazos que nos unen y de la importancia de permanecer juntos no importa qué o quién trate de separarnos. Le dije que estaba consciente de que no teníamos a donde ir y que encontraríamos muchos obstáculos, pero debíamos tomar ese riesgo porque si nos separan poco a poco moriremos, pues somos dos personas con un solo corazón. Ella accedió, pero se veía un tanto confundida. Acordamos encontrarnos en el parque a las cinco. Preparé mis cosas, junté algo de dinero y dejé una nota para mis padres. La esperé sentado en nuestra banca durante tres horas. Nunca apareció. Al volver a casa mis padres me dieron un buen sermón.

Cuarenta años han pasado y desde entonces, guardo aquel intento de fuga como la más grande locura de amor. Luego de eso jamás volví a enamorarme hasta el punto de dejar todo por alguien. Cada vez que sentía que empezaba a depender demasiado de una persona, me apartaba. Con los años me mudé a la capital, me casé con una buena mujer que no me exigía tanto y tuvimos dos hijos que nos salieron buenos. Ya no viven en casa, y qué trágico fue darme cuenta de que ellos eran el mayor vínculo entre mi esposa y yo. Nos dedicamos tanto a educarlos, olvidándonos de nosotros mismos, que cuando partieron dejando la casa sola y vacía a menudo me preguntaba ¿quién es esta mujer que duerme junto mí? ¿quién es aquel hombre que se acuesta junto a ella y me mira fijamente desde el espejo?. Las cosas fueron más evidentes tras mi jubilación. Ella pasaba tanto tiempo con sus amigas que estaba claro que le aburría tenerme el día entero en la casa. Yo por mi parte, me encerraba en el estudio, y todo siempre estaba en silencio. Descubrí que algo valioso se había apagado en mí aquella tarde en el parque, algo que me hizo elegir la manera en que viviría el resto de mi vida .

Mentiría si dijera que salí inmediatamente en busca del remedio para mi deprimente situación. No fue así. Acostumbrado como estaba a soportar en silencio la carga de una existencia mediocre, reprimí aquel deseo o quizá lo sublimé a través de alguna actividad menos compleja: Ejercí la docencia. Así pasó algún tiempo.

Mi nuevo trabajo me dio la oportunidad de volver a Iquitos luego de tantas décadas, y estando allí, experimenté una insaciable curiosidad por saber de Clara. Un amigo común me puso al día acerca de su vida: Se casó una vez a los veintiún años, luego de fugarse con su novio al Brasil. Al poco tiempo retornó sola y abandonada. Como sus padres no quisieron recibirla, se fue con sus abuelos. Se desempeñó en oficios ocasionales tan diversos como los hombres que llevaba a casa. Se hizo alcohólica y estuvo un tiempo en prisión por robo. Al morir sus abuelos, vendió la casa y se mudó con su pareja de entonces lejos del vecindario. Al parecer él la abandonó poco tiempo después llevándose todo el dinero. Mi amigo no supo decirme nada más.

Me pregunto qué hubiera pasado si nos hubiésemos fugado. Teníamos dieciséis años y todo un horizonte por descubrir ante nuestros ojos. La amé como a nadie, y sé que ella también, sólo que no estaba preparada para enfrentarse al mundo. De haberse aparecido aquella tarde, la vida nos hubiera llevado por caminos distintos. Tras mi partida se sintió tan culpable por no tomar más riesgos en su vida, tan culpable de su cobardía que parecía encadenarla a una vida sin emociones, que no permitió que aquello le volviera a pasar. Y yo me sentí tan decepcionado porque me abandonó luego de abrirle mi corazón y entregarle todo, que tampoco permití que aquello me volviera a pasar. Algo murió en nosotros desde entonces. Si se hubiera aparecido por el parque, yo sería más humano, ella más feliz, y tal vez hoy no estaría aquí, escribiendo esto al pie de su tumba.

sábado, 14 de junio de 2008

El conformista infeliz


- Bueno. ¿Y qué hacemos ahora? - preguntó la mujer.

El hombre acaricio a su gato, miró a través de la ventana salpicada por la lluvia y suspiró.

- Pondremos un negocio, pues.

Tras varios años de vender maní tostado por las calles, al fin habían reunido un capital decente para tener lo que llamaban "algo propio". Sus amigos siempre los creían conformistas y, después de tantos años sin progresar, empezaban a creerlo. Pero como pasa con la mayoría de cosas a las que le tomamos cariño, se resistían a romper el chanchito.

- ¿Y si pasa algo? Necesitamos esos ahorros. ¿Recuerdas cuando el Elmer enfermó de hepatitis y pudimos comprarle las medicinas?

- Pero Elmer ya no está, vieja.

- No sé. No quiero. Mejor no.

Le costó alrededor de un año convencerla de que sus huesos ya no estaban para esos trotes, y cuando alguna mañana no podía levantarse debido a sus piernas varicosas, se lo recordaba aún más. Al fin, una noche, Erlinda se acercó al oído de Miguel y le dijo:

- ¿Y qué quieres hacer con el dinero?

Cinco mil soles, reunidos a lo largo de quince años, tomaron forma en la cabeza del marido.

- Quiero poner una bodega.

Al día siguiente salieron a caminar, pero esta vez sin la bandeja de maníes sobre sus cabezas. Se sentían casi desnudos, relajados y desenvueltos. Se tomaron de la mano cuando pasaron por la cantina donde se conocieron, ella como mesera y él como parroquiano. Eran otros tiempos, pero la taberna no había cambiado nada. Hacía mucho que no salían a la calle solamente a caminar.

Alquilaron una covacha en la avenida más concurrida del mercado y la llenaron de abarrotes de toda clase. Miguel se encargaría de las compras y Erlinda, con su habitual carisma, atendería a sus nuevos clientes.

Uno de los primeros resultó ser un chico bien plantado, de gafas oscuras y maletín ejecutivo. Le hizo un pedido de treinta soles y cuando le extendió la boleta le dijo:

-Ahí no más señora. Soy de la SUNAT.

A Erlinda le tembló súbitamente la mano que sostenía el comprobante. El inspector examinó el pedazo de papel como si fuera un perito en busca de indicios de criminalidad: Nombres,RUC, descripción del negocio, pie de imprenta, numeración. Ya se resignaba a retirarse desalentado cuando decidió comprobar la dirección exacta. La boleta decía: Abtao 481-A, pero la placa en la puerta simplemente decía Abtao 481.

-¿De dónde salió esta letra "A", señora?

- Ah, es que, joven, esta casa es tiene dos cuartos de alquiler, y para no confundirme con el de al lado, el dueño la dividió en A y B.

- Présteme la autorización de impresión de las boletas.

Erlinda buscó entre sus papeles y encontró lo que le pedía.

-¡Ajá! Dijo el muchacho con aire de triunfo, felicitándose por ser tan meticuloso. La dirección registrada en SUNAT no consigna esa letra A.

-Si, ya lo sé, pero para que los clientes nos puedan ubicar fácilmente y no nos confundan con la bodega de al lado...

-Usted debió poner la dirección tal y como lo indica la orden, señora.

Erlinda le clavó una mirada suplicante. Había escuchado que la SUNAT no reparaba en errores y cerraba tiendas con la misma rapidez con la que alguien dice ¡Dios mío!

- Esta bien -le dijo al fin el chico, luego de darse un pausa de suspenso- Por esta vez la voy a pasar, pero consígase algo para ocultar esa A de allí. o dígale al dueño del local que haga los trámites ante la municipalidad para dividir su predio.

- Muchas gracias, joven.

- Bien, le voy a dejar esta constancia de descargo para que la lleve cuando tenga tiempo a la SUNAT. Que tenga buen día.

Cuando llegó Miguel, Erlinda le contó su primer encuentro con la autoridad. Este le avisó inmediatamente a su contador, un joven aficionado a empinar el codo. Al leer el documento, dijo muy suelto de huesos:

- ¡Ah, con que esas tenemos. No te preocupes. Así te quieren asustar esos cabrones, pero no pasa nada!

Dicho esto, se guardó el documento en el bolsillo y le anunció que iría mañana a primera hora. Erlinda y Miguel continuaron trabajando. Eran los únicos que abrían desde las seis de la mañana y ya empezaban a tener clientes entre algunas empresas importantes. De seguir así, Miguel pensaba abrir una sucursal en el mismo puerto Masusa para eliminar intermediarios y mejorar los precios.

Seis meses después, cuando ya contaban con dos empleados y habían alquilado la casa de al lado para no perder tiempo y dinero en transportes, les llegó una resolución que les partió por el eje.

Una multa de mil quinientos soles por haber consignado en el comprobante de pago una dirección distinta a la registrada en SUNAT, en flagrante violación del artículo ciento setentaitantos del Código Tributario.

El contador se deshizo en excusas por no haber descargado el documento y se excedió en improperios contra el Estado, anunciando con mucha pompa que nunca había perdido un solo proceso con la Superintendencia y que con la reclamación que estaba preparando conseguiría la victoria final.

Dicha reclamación, llena de pleonasmos y carente de sintaxis, transcrita de un viejo libro de contabilidad y salpicada de argumentos no jurídicos; si bien para Erlinda y Miguel resultó incomprensible, para los funcionarios estatales resultó aún más abstrusa y resolvieron devolverla por no tener firma de abogado.

Miguel y Erlinda tuvieron que contratar a un abogado que el contador les recomendó. Al escucharlos, el letrado levantó las cejas y les dijo que no había porqué preocuparse, porque este era un procedimiento de rutina y si ellos querían podía llevar el caso hasta el mismo Tribunal Fiscal, donde pasarían años antes de que expida sentencia, y mientras tanto el cobro de la multa quedaría suspendido. Les comentó que el error de ambos fue de estrategia, y que debieron consultarlo con un abogado desde el principio.

Cuando le preguntaron por sus honorarios, intimidados por el lujo extremo de la oficina donde los recibió, el doctor les dijo que no se preocuparan, que cuando se trataba de una injusticia latente como ésta, en lo último que pensaba era en cobrarles por adelantado. Miguel y Erlinda respiraron aliviados.

El doctor reformuló la apelación y le dio un nuevo aspecto, con profusión de frases en latín y referencias históricas que llegaban hasta el mismo Justiniano. A su lado, la apelación del contador empírico lucía como una columna de chismes de un periódico de medio pelo. La pareja quedó satisfecha.

Al lunes siguiente, el enorme auto del abogado se estacionó frente a la bodega, y bajaron de él una mujer y dos adolescentes, diciendo que los había enviado el doctor a cobrarles por el servicio. Sacaron, arroz, menestras, latas de conserva, salchichas, leche, huevos, jugo y azúcar por un monto de casi seiscientos soles. Miguel y Erlinda veían vaciarse sus anaqueles sin poder hacer nada porque, después de todo, el trabajo estaba hecho.

A estas alturas las rentas de la pareja empezaban a mermar. Tres meses después llegó la resolución de multa, que desestimaba la apelación del doctor. Debido al tiempo transcurrido, el monto de la sanción había ascendido a mil ochocientos soles. El abogado les dijo que esto agotaba la vía administrativa, mas no la judicial y que si ellos quisieran podrían seguir litigando. La pareja respondió al unísono: no gracias.

Volvieron entonces al contador, que les dijo que lo mejor que podían hacer era aceptar la sanción y acogerse al fraccionamiento. Ahora, aparte de pagar el impuesto mensual (que ascendía a ciento cincuenta soles aproximadamente), debían pagar ciento ochenta soles durante diez meses, lo que quiere decir que sus tributos se habían duplicado, aunque sus activos estén disminuyendo.

Luego de cuatro meses haciendo malabares para poder cumplir con el impuesto y la multa a la vez, vendiendo algunos muebles y deshaciéndose del gato que les hacía gastar mucho en comida, el quinto mes no pudieron cumplir con la obligación, e inmediatamente les llegó una nueva Resolución en la que les comunicaban que, por semejante incumplimiento, acababan de perder su derecho a fraccionamiento, por lo que debían abonar la totalidad de la multa en el más breve plazo posible o se haría efectiva la cobranza coactiva.

Nuevamente desfilaron entre contadores y abogados, sin que nadie pueda o quiera ayudarles realmente. La bodega se descuidaba cada día más y a veces permanecía cerrada para esquivar al prestamista que los había socorrido hace unos meses para mantenerse a flote.

Finalmente, un día ingresó una señora muy elegante que se presentó como la ejecutora coactiva y, con un lenguaje bastante técnico y presuntuoso, les explicó su misión. Hizo un inventario de los artículos y luego cargó con ellos, comunicándoles que su cuenta estaba saldada.

Miguel Paredes y Erlinda Rengifo aún venden maní tostado por las calles, aunque evitan pasar por Abtao. A veces se encuentran con el prestamista y reciben insultos, pero Miguel se reserva la furia para descargarla con el primer imbécil que les diga conformistas.