martes, 29 de julio de 2008

Y amarlo pude...



¡ Y amarlo pude ! Mi bien querido
se abría apenas soñadora el alma
mi pobre corazón perdió su calma
desde el fatal instante en que lo hallé
Sus palabras sonaron en mi oído
como música ardiente y deliciosa
subió a mi rostro el tinte de la rosa
y como la hoja en el árbol, vacilé.

En mis sueños, su imagen me acosaba
siempre halagüeña, siempre enamorada
mil veces me di cuenta que asomaba
a mi boca un suspiro abrasador
¡y era él quien lo arrancaba de mi pecho!
él, la fascinación de mis sentidos
el ideal de mis sueños más queridos
mi primero, mi más ferviente amor.

Si no viene, hasta el campo delicioso
en vez de flores me dará despojos
sin él serán sombríos a mis ojos
los rayos suaves del sol de abril
Yo vivía de su vida apasionada
era el centro de mi alma el amor suyo
era mi inspiración, era mi orgullo
¿por qué tan pronto se olvidó de mí?

No es mío ya su amor que desfallece
sus caricias son tan frías como el hielo
y es mentira su fe, finge desvelo
ya no me engañará con su ficción
¡ Y amarlo pude, delirante, loca !
¡No! Mi orgullo podrá más que sus maltratos
y si a olvidar no alcanzas al ingrato
te arrancaré del pecho, maldito corazón.

- Dolores Veintemilla -
Adaptado para este blog


Dolores Veintemilla nació en Ecuador en 1829. Se casó muy joven con un doctor colombiano, cuyas continuas infidelidades la sumieron en una profunda depresión. El 23 de mayo de 1857, tomó un poco de cianuro del maletín de su esposo y se suicidó. Tenía 28 años.


PERDÓNAME


Ha pasado casi un mes sin postear nada. Podría excusarme diciendo que estuve muy ocupado escribiendo mi nueva novela, pero lo cierto es que dejé el blog de puro flojo. Vale. No volverá a pasar. Me he prometido que el día que cumpla un mes sin postear cancelaré definitivamente esta página, para desdicha de los marcianos. Bueno, dejémonos de preámbulos y a volar, que culpa confesada es culpa perdonada.

viernes, 4 de julio de 2008

CUMPLEAÑOS

Cristina cumplía años aquella mañana, por eso despertó de buen humor. Su enamorado dijo que le iba a hacer un regalo especial y toda la noche se la pasó pensando qué podía ser. Últimamente su relación no andaba bien, él había empezado a trabajar hace una semana y el tiempo que sacrificaban por eso les afectó mucho. A veces, a media mañana, entre el desayuno y la hora de hacer las compras del mercado, sentía ganas de hablarle, pero no tenía celular, tampoco teléfono. Se mordía los labios mientras imaginaba dónde puede estar. Tal vez en la calle entregando notificaciones, tal vez en la computadora, registrándolas, y quién sabe, tal vez conversando con Rebeca, la recepcionista mas ardiente del edificio. La conoció una vez que fue a ver a Ramiro al trabajo y le pareció que era una rubia oxigenada que usaba el perfume más horrendo y penetrante que había olido jamás. Cuando Ramiro venía a veces impregnado de ese olor solían discutir toda la noche, gritándose desde perro putañero hasta loca posesiva y enferma. Mas luego terminaban abrazados en las escalinatas de su puerta, mirando la luna ocultarse tras las nubes, dejando poco a poco las estrellas brillar.

Pero hoy no es un día de perderse en pensamientos macabros ni de morderse los labios con desesperación. Hoy era su cumpleaños, y si tuviera que imaginar donde está, lo imaginaría dirigiéndose a casa con su regalo entre manos. Le dijo que estaría allí a las diez en punto; ella se apresuró en cambiarse.

Pero a las once de la mañana nadie había tocado el timbre y empezó a preocuparse, pues él no era de los que le hacen ascos a la puntualidad, salvo que haya una buena razón. Sólo una vez se había perdido sin dar cuenta de su paradero, y fue cuando lo detuvieron por manejar sin licencia. Estuvo todo el día en la comisaría porque habían robado una moto parecida en la zona y él no tenía ni un documento para acreditar la propiedad del vehículo. Pasó seis horas en la comisaría. Como siempre, no la llamó, pues no quería que vaya a verlo a ese antro de delincuentes. También discutieron por eso: ella le dijo que nunca le había tenido confianza y que nunca contaba con ella para nada y él le dijo que lo más importante era su seguridad. Ella le dijo que vaya a proteger a su abuela y él le dijo que no se arrepentía de lo que había hecho. Ella lo llamó fracasado, él le dijo tarada; pero acabaron quietos, besándose tiernamente, diciéndose el uno al otro cuánto lo sentían y acurrucados como siempre bajo el manto de la luna que seguramente si hablara los habría insultado de payasos.

El timbre sonó a las once y diez y ella corrió a abrirle, pero en el camino se detuvo. No es bueno mostrarse tan ansiosa, pensó, así que iba a tomar su tardanza como si no le preocupara tanto. Luego de un rato abrió la puerta. Era él, y aunque aparentaba actuar normalmente, estaba un poco cambiado. Tenía el pelo revuelto, la camisa sucia y arrugada, las mejillas sonrosadas. Parecía que un tren lo había arrollado. Le dijo que tardó un poco porque había tenido un pequeño problema en la oficina. Iba a hacerlo pasar y a poner la cara de chica preocupadísima cuando sintió otra vez aquel olor horrendo: todo él olía al perfume de Rebeca. Se fijó bien en su pecho y cuello y notó unas zonas enrojecidas. Le miró con ojos volcánicos, le dijo que si creía acaso que era una estúpida, le dio un empujón y cerró la puerta con violencia. No le importó ni su estado maltrecho ni la caja que traía. Claro que lo había arrollado un tren: el tren de las nalgas de Rebeca, pensó. El tocó despacio un par de veces, aunque sin esperanzas. Al poco rato se marchó.
Luego de la furia Cristina empezó a sentir una profunda tristeza. Se había acostumbrado tanto a Ramiro que cuando empezó a trabajar y tuvo que dejar de verlo todo el día se preguntó si lo soportaría. Su vida giraba alrededor de él, como un satélite. Sabía que era fiel, pero no podía dejar de imaginase cosas. Detestaba a Rebeca, detestaba a todas las chicas del mundo que hayan visto, hablado o tocado a Ramiro. Se detestaba a ella misma por haber confiado en él. ¿Porqué precisamente él, tan antisocial y hosco con todos, tan ensimismado y refugiado en sus propios pensamientos, tan solitario, tenía que engañarla? Con un desolado lamento concluyó que no es fiel aquel que no engaña a su pareja, sino aquel que teniendo muchas oportunidades, no lo hace. La fidelidad que no se pone a prueba no es fidelidad, y si Ramiro le había sido fiel todos estos meses era simplemente porque no tenía tiempo ni espacio para ser infiel. Al final, bajo el fuego de las circunstancias, todos los hombres se comportan como unos lobos en busca de carne nueva. Ese pensamiento la devastó mucho más y decidió bajar a tomar aire fresco.

Al abrir la puerta notó que Ramiro le había dejado el regalo en el umbral, con una nota y una receta médica que diagnosticaba que se había lisiado una costilla. En la nota le explicaba que salió tan rápido del trabajo que bajó rodando por las escaleras de la oficina con el regalo en mano. Aunque se encontraba bien, sus compañeros no le dejaron salir a menos que fuese a ver a un doctor primero, por eso tardó un poco. Cristina tomó la caja, la abrió y por el olor sospechó lo que era: un frasco de perfume que se había rajado y casi la mitad del contenido se encontraba esparcido y absorbido por el cartón. Era el mismo perfume que Rebeca usaba. Cristina no supo que hacer. Allí, de pie, con la garganta endurecida y las ojeras temblorosas, vio una silueta que se proyectaba desde el final de la calle. Ramiro se acercaba lentamente hacia ella, con una mano sujetándose el costado. No esperó a que cruzara la esquina y corrió a sus brazos llorando, pidiéndole disculpas por haberlo tratado tan mal. Él reprimió un gesto de dolor al sentir las costillas apretujadas y se apartó de golpe. Notó entonces que traía una caja. Ramiro le dijo que era para ella. Al abrirla, se sintió tan culpable que sólo podía decirle que la perdonara una y otra vez y que era el hombre más maravilloso del mundo: era un celular. Él le acarició la cabeza y la apretó contra su pecho. Luego de un rato de suspiros y sollozos, de sordos lamentos y mutuas disculpas, Cristina dijo:

-No merezco recibir dos regalos este día, me he portado muy mal.

Él pareció acordarse de repente de algo:

-Ah! Amor, también vine por eso. Sabes, me confundí de caja al salir de la oficina. Ese regalo no era para ti, sino para Rebeca. ¿Sabías que también cumple años hoy?

sábado, 28 de junio de 2008

CLARA

Cuando mis padres me dijeron que estaban en bancarrota y que tendríamos que mudarnos a un barrio más pobre en las afueras, me dolió tener que separarme de Clara. No me importó dejar de tener mi propia habitación, pelearme por el baño cada mañana con mis hermanos, comer arroz con lentejas seis de los siete días de la semana, cambiarme a una escuela más rústica y hacer nuevos amigos en un vecindario hostil. Lo único que desgarraba mi alma era saber que Clara ya no estará allí para escucharme, que ya no podré tomarla de la mano todas las tardes y pasear por el parque de la vuelta, que ya no le contaré lo que me pasó en clases ni ella me hablará de lo creídas que son sus amigas, porque 70 kilómetros nos separarán.

Cuando somos chicos, el mundo también lo es para nosotros. Yo no podía imaginarme una vida después de Clara. Recuerdo que pensaba ¿cómo pueden mis padres ser tan insensibles y dejar que muera de dolor? Me encerraba en mi cuarto durante días y cuando bajaba a comer tenía el aspecto de un zombie, pero no se daban cuenta pues también ellos la estaban pasando muy mal. Hasta podría desaparecer y no lo notarían. Podría desaparecer... y llevar a Clara conmigo.

Una tarde antes de despedirnos, le propuse escaparnos. Nervioso como un niño al que se le pide que pase al frente a recitar la poesía que aprendió, le hablé de los fuertes lazos que nos unen y de la importancia de permanecer juntos no importa qué o quién trate de separarnos. Le dije que estaba consciente de que no teníamos a donde ir y que encontraríamos muchos obstáculos, pero debíamos tomar ese riesgo porque si nos separan poco a poco moriremos, pues somos dos personas con un solo corazón. Ella accedió, pero se veía un tanto confundida. Acordamos encontrarnos en el parque a las cinco. Preparé mis cosas, junté algo de dinero y dejé una nota para mis padres. La esperé sentado en nuestra banca durante tres horas. Nunca apareció. Al volver a casa mis padres me dieron un buen sermón.

Cuarenta años han pasado y desde entonces, guardo aquel intento de fuga como la más grande locura de amor. Luego de eso jamás volví a enamorarme hasta el punto de dejar todo por alguien. Cada vez que sentía que empezaba a depender demasiado de una persona, me apartaba. Con los años me mudé a la capital, me casé con una buena mujer que no me exigía tanto y tuvimos dos hijos que nos salieron buenos. Ya no viven en casa, y qué trágico fue darme cuenta de que ellos eran el mayor vínculo entre mi esposa y yo. Nos dedicamos tanto a educarlos, olvidándonos de nosotros mismos, que cuando partieron dejando la casa sola y vacía a menudo me preguntaba ¿quién es esta mujer que duerme junto mí? ¿quién es aquel hombre que se acuesta junto a ella y me mira fijamente desde el espejo?. Las cosas fueron más evidentes tras mi jubilación. Ella pasaba tanto tiempo con sus amigas que estaba claro que le aburría tenerme el día entero en la casa. Yo por mi parte, me encerraba en el estudio, y todo siempre estaba en silencio. Descubrí que algo valioso se había apagado en mí aquella tarde en el parque, algo que me hizo elegir la manera en que viviría el resto de mi vida .

Mentiría si dijera que salí inmediatamente en busca del remedio para mi deprimente situación. No fue así. Acostumbrado como estaba a soportar en silencio la carga de una existencia mediocre, reprimí aquel deseo o quizá lo sublimé a través de alguna actividad menos compleja: Ejercí la docencia. Así pasó algún tiempo.

Mi nuevo trabajo me dio la oportunidad de volver a Iquitos luego de tantas décadas, y estando allí, experimenté una insaciable curiosidad por saber de Clara. Un amigo común me puso al día acerca de su vida: Se casó una vez a los veintiún años, luego de fugarse con su novio al Brasil. Al poco tiempo retornó sola y abandonada. Como sus padres no quisieron recibirla, se fue con sus abuelos. Se desempeñó en oficios ocasionales tan diversos como los hombres que llevaba a casa. Se hizo alcohólica y estuvo un tiempo en prisión por robo. Al morir sus abuelos, vendió la casa y se mudó con su pareja de entonces lejos del vecindario. Al parecer él la abandonó poco tiempo después llevándose todo el dinero. Mi amigo no supo decirme nada más.

Me pregunto qué hubiera pasado si nos hubiésemos fugado. Teníamos dieciséis años y todo un horizonte por descubrir ante nuestros ojos. La amé como a nadie, y sé que ella también, sólo que no estaba preparada para enfrentarse al mundo. De haberse aparecido aquella tarde, la vida nos hubiera llevado por caminos distintos. Tras mi partida se sintió tan culpable por no tomar más riesgos en su vida, tan culpable de su cobardía que parecía encadenarla a una vida sin emociones, que no permitió que aquello le volviera a pasar. Y yo me sentí tan decepcionado porque me abandonó luego de abrirle mi corazón y entregarle todo, que tampoco permití que aquello me volviera a pasar. Algo murió en nosotros desde entonces. Si se hubiera aparecido por el parque, yo sería más humano, ella más feliz, y tal vez hoy no estaría aquí, escribiendo esto al pie de su tumba.

sábado, 14 de junio de 2008

El conformista infeliz


- Bueno. ¿Y qué hacemos ahora? - preguntó la mujer.

El hombre acaricio a su gato, miró a través de la ventana salpicada por la lluvia y suspiró.

- Pondremos un negocio, pues.

Tras varios años de vender maní tostado por las calles, al fin habían reunido un capital decente para tener lo que llamaban "algo propio". Sus amigos siempre los creían conformistas y, después de tantos años sin progresar, empezaban a creerlo. Pero como pasa con la mayoría de cosas a las que le tomamos cariño, se resistían a romper el chanchito.

- ¿Y si pasa algo? Necesitamos esos ahorros. ¿Recuerdas cuando el Elmer enfermó de hepatitis y pudimos comprarle las medicinas?

- Pero Elmer ya no está, vieja.

- No sé. No quiero. Mejor no.

Le costó alrededor de un año convencerla de que sus huesos ya no estaban para esos trotes, y cuando alguna mañana no podía levantarse debido a sus piernas varicosas, se lo recordaba aún más. Al fin, una noche, Erlinda se acercó al oído de Miguel y le dijo:

- ¿Y qué quieres hacer con el dinero?

Cinco mil soles, reunidos a lo largo de quince años, tomaron forma en la cabeza del marido.

- Quiero poner una bodega.

Al día siguiente salieron a caminar, pero esta vez sin la bandeja de maníes sobre sus cabezas. Se sentían casi desnudos, relajados y desenvueltos. Se tomaron de la mano cuando pasaron por la cantina donde se conocieron, ella como mesera y él como parroquiano. Eran otros tiempos, pero la taberna no había cambiado nada. Hacía mucho que no salían a la calle solamente a caminar.

Alquilaron una covacha en la avenida más concurrida del mercado y la llenaron de abarrotes de toda clase. Miguel se encargaría de las compras y Erlinda, con su habitual carisma, atendería a sus nuevos clientes.

Uno de los primeros resultó ser un chico bien plantado, de gafas oscuras y maletín ejecutivo. Le hizo un pedido de treinta soles y cuando le extendió la boleta le dijo:

-Ahí no más señora. Soy de la SUNAT.

A Erlinda le tembló súbitamente la mano que sostenía el comprobante. El inspector examinó el pedazo de papel como si fuera un perito en busca de indicios de criminalidad: Nombres,RUC, descripción del negocio, pie de imprenta, numeración. Ya se resignaba a retirarse desalentado cuando decidió comprobar la dirección exacta. La boleta decía: Abtao 481-A, pero la placa en la puerta simplemente decía Abtao 481.

-¿De dónde salió esta letra "A", señora?

- Ah, es que, joven, esta casa es tiene dos cuartos de alquiler, y para no confundirme con el de al lado, el dueño la dividió en A y B.

- Présteme la autorización de impresión de las boletas.

Erlinda buscó entre sus papeles y encontró lo que le pedía.

-¡Ajá! Dijo el muchacho con aire de triunfo, felicitándose por ser tan meticuloso. La dirección registrada en SUNAT no consigna esa letra A.

-Si, ya lo sé, pero para que los clientes nos puedan ubicar fácilmente y no nos confundan con la bodega de al lado...

-Usted debió poner la dirección tal y como lo indica la orden, señora.

Erlinda le clavó una mirada suplicante. Había escuchado que la SUNAT no reparaba en errores y cerraba tiendas con la misma rapidez con la que alguien dice ¡Dios mío!

- Esta bien -le dijo al fin el chico, luego de darse un pausa de suspenso- Por esta vez la voy a pasar, pero consígase algo para ocultar esa A de allí. o dígale al dueño del local que haga los trámites ante la municipalidad para dividir su predio.

- Muchas gracias, joven.

- Bien, le voy a dejar esta constancia de descargo para que la lleve cuando tenga tiempo a la SUNAT. Que tenga buen día.

Cuando llegó Miguel, Erlinda le contó su primer encuentro con la autoridad. Este le avisó inmediatamente a su contador, un joven aficionado a empinar el codo. Al leer el documento, dijo muy suelto de huesos:

- ¡Ah, con que esas tenemos. No te preocupes. Así te quieren asustar esos cabrones, pero no pasa nada!

Dicho esto, se guardó el documento en el bolsillo y le anunció que iría mañana a primera hora. Erlinda y Miguel continuaron trabajando. Eran los únicos que abrían desde las seis de la mañana y ya empezaban a tener clientes entre algunas empresas importantes. De seguir así, Miguel pensaba abrir una sucursal en el mismo puerto Masusa para eliminar intermediarios y mejorar los precios.

Seis meses después, cuando ya contaban con dos empleados y habían alquilado la casa de al lado para no perder tiempo y dinero en transportes, les llegó una resolución que les partió por el eje.

Una multa de mil quinientos soles por haber consignado en el comprobante de pago una dirección distinta a la registrada en SUNAT, en flagrante violación del artículo ciento setentaitantos del Código Tributario.

El contador se deshizo en excusas por no haber descargado el documento y se excedió en improperios contra el Estado, anunciando con mucha pompa que nunca había perdido un solo proceso con la Superintendencia y que con la reclamación que estaba preparando conseguiría la victoria final.

Dicha reclamación, llena de pleonasmos y carente de sintaxis, transcrita de un viejo libro de contabilidad y salpicada de argumentos no jurídicos; si bien para Erlinda y Miguel resultó incomprensible, para los funcionarios estatales resultó aún más abstrusa y resolvieron devolverla por no tener firma de abogado.

Miguel y Erlinda tuvieron que contratar a un abogado que el contador les recomendó. Al escucharlos, el letrado levantó las cejas y les dijo que no había porqué preocuparse, porque este era un procedimiento de rutina y si ellos querían podía llevar el caso hasta el mismo Tribunal Fiscal, donde pasarían años antes de que expida sentencia, y mientras tanto el cobro de la multa quedaría suspendido. Les comentó que el error de ambos fue de estrategia, y que debieron consultarlo con un abogado desde el principio.

Cuando le preguntaron por sus honorarios, intimidados por el lujo extremo de la oficina donde los recibió, el doctor les dijo que no se preocuparan, que cuando se trataba de una injusticia latente como ésta, en lo último que pensaba era en cobrarles por adelantado. Miguel y Erlinda respiraron aliviados.

El doctor reformuló la apelación y le dio un nuevo aspecto, con profusión de frases en latín y referencias históricas que llegaban hasta el mismo Justiniano. A su lado, la apelación del contador empírico lucía como una columna de chismes de un periódico de medio pelo. La pareja quedó satisfecha.

Al lunes siguiente, el enorme auto del abogado se estacionó frente a la bodega, y bajaron de él una mujer y dos adolescentes, diciendo que los había enviado el doctor a cobrarles por el servicio. Sacaron, arroz, menestras, latas de conserva, salchichas, leche, huevos, jugo y azúcar por un monto de casi seiscientos soles. Miguel y Erlinda veían vaciarse sus anaqueles sin poder hacer nada porque, después de todo, el trabajo estaba hecho.

A estas alturas las rentas de la pareja empezaban a mermar. Tres meses después llegó la resolución de multa, que desestimaba la apelación del doctor. Debido al tiempo transcurrido, el monto de la sanción había ascendido a mil ochocientos soles. El abogado les dijo que esto agotaba la vía administrativa, mas no la judicial y que si ellos quisieran podrían seguir litigando. La pareja respondió al unísono: no gracias.

Volvieron entonces al contador, que les dijo que lo mejor que podían hacer era aceptar la sanción y acogerse al fraccionamiento. Ahora, aparte de pagar el impuesto mensual (que ascendía a ciento cincuenta soles aproximadamente), debían pagar ciento ochenta soles durante diez meses, lo que quiere decir que sus tributos se habían duplicado, aunque sus activos estén disminuyendo.

Luego de cuatro meses haciendo malabares para poder cumplir con el impuesto y la multa a la vez, vendiendo algunos muebles y deshaciéndose del gato que les hacía gastar mucho en comida, el quinto mes no pudieron cumplir con la obligación, e inmediatamente les llegó una nueva Resolución en la que les comunicaban que, por semejante incumplimiento, acababan de perder su derecho a fraccionamiento, por lo que debían abonar la totalidad de la multa en el más breve plazo posible o se haría efectiva la cobranza coactiva.

Nuevamente desfilaron entre contadores y abogados, sin que nadie pueda o quiera ayudarles realmente. La bodega se descuidaba cada día más y a veces permanecía cerrada para esquivar al prestamista que los había socorrido hace unos meses para mantenerse a flote.

Finalmente, un día ingresó una señora muy elegante que se presentó como la ejecutora coactiva y, con un lenguaje bastante técnico y presuntuoso, les explicó su misión. Hizo un inventario de los artículos y luego cargó con ellos, comunicándoles que su cuenta estaba saldada.

Miguel Paredes y Erlinda Rengifo aún venden maní tostado por las calles, aunque evitan pasar por Abtao. A veces se encuentran con el prestamista y reciben insultos, pero Miguel se reserva la furia para descargarla con el primer imbécil que les diga conformistas.


jueves, 12 de junio de 2008

DECLARACIONES DE CHICO BUARQUE. MINISTRO DE EDUCACIÓN DE BRASIL


Durante un debate en una universidad de Estados Unidos, le preguntaron al ex gobernador del Distrito Federal y actual Ministro de Educación de Brasil, CRISTOBAL 'CHICO' BUARQUE, qué pensaba sobre la internacionalización de la Amazonia. Un estadounidense en las Naciones Unidas introdujo su pregunta diciendo que esperaba la respuesta de un humanista y no de un brasileño. Ésta fue la respuesta del Sr. Cristóbal Buarque:

"Realmente, como brasileño, sólo hablaría en contra de la internacionalización de la Amazonia. Por más que nuestros gobiernos no cuiden debidamente ese patrimonio, él es nuestro. Como humanista, sintiendo el riesgo de la degradación ambiental que sufre la Amazonia, puedo imaginar su internacionalización, como también de todo lo demás, que es de suma importancia para la humanidad.

Si la Amazonia, desde una ética humanista, debe ser internacionalizada, internacionalicemos también las reservas de petróleo del mundo entero. El petróleo es tan importante para el bienestar de la humanidad como la Amazonia para nuestro futuro. A pesar de eso, los dueños de las reservas creen tener el derecho de aumentar o disminuir la extracción de petróleo y subir o no su precio.

De la misma forma, el capital financiero de los países ricos debería ser internacionalizado. Si la Amazonia es una reserva para todos los seres humanos, no se debería quemar solamente por la voluntad de un dueño o de un país. Quemar la Amazonia es tan grave como el desempleo provocado por las decisiones arbitrarias de los especuladores globales. No podemos permitir que las reservas financieras sirvan para quemar países enteros en la voluptuosidad de la especulación.

También, antes que la Amazonia, me gustaría ver la internacionalización de los grandes museos del mundo. El Louvre no debe pertenecer solo a Francia. Cada museo del mundo es el guardián de las piezas más bellas producidas por el genio humano. No se puede dejar que ese patrimonio cultural, como es el patrimonio natural amazónico, sea manipulado y destruido por el sólo placer de un propietario o de un país. No hace mucho tiempo, un millonario japonés decidió enterrar, junto con él, un cuadro de un gran maestro. Por el contrario, ese cuadro tendría que haber sido internacionalizado.

Durante este encuentro, las Naciones Unidas están realizando el Foro Del Milenio, pero algunos presidentes de países tuvieron dificultades para participar, debido a situaciones desagradables surgidas en la frontera de los EE.UU. Por eso, creo que Nueva York, como sede de las Naciones Unidas, debe ser internacionalizada. Por lo menos Manhatan debería pertenecer a toda la humanidad. De la misma forma que París, Venecia, Roma, Londres, Río de Janeiro, Brasilia... cada ciudad, con su belleza específica, su historia del mundo, debería pertenecer al mundo entero.

Si EEUU quiere internacionalizar la Amazonia para no correr el riesgo de dejarla en manos de los brasileños, internacionalicemos todos los arsenales nucleares. Basta pensar que ellos ya demostraron que son capaces de usar esas armas, provocando una destrucción miles de veces mayor que las lamentables quemas realizadas en los bosques de Brasil. En sus discursos, los actuales candidatos a la presidencia de los Estados Unidos han defendido la idea de internacionalizar las reservas forestales del mundo a cambio de la deuda. Comencemos usando esa deuda para garantizar que cada niño del mundo tenga la posibilidad de comer y de ir a la escuela. Internacionalicemos a los niños, tratándolos a todos ellos sin importar el país donde nacieron, como patrimonio que merecen los cuidados del mundo entero. Mucho más de lo que se merece la Amazonia. Cuando los dirigentes traten a los niños pobres del mundo como Patrimonio de la Humanidad, no permitirán que trabajen cuando deberían estudiar; que mueran cuando deberían vivir. Como humanista, acepto defender la internacionalización del mundo; pero, mientras el mundo me trate como brasileño, lucharé para que la Amazonia, sea nuestra. ¡Solamente nuestra! "

(Es bueno saber que Chico, en su juventud uno de los representantes de la Música Popular Brasilera al lado de Caetano Veloso, es consecuente con sus ideas aún estando del otro lado de la mesa. El autor de "Mañana será otro día" no es como algunos muñequitos que chillan y tiran piedras para, luego de haber captado la atención del que tiene la sarten con el mango, se olviden de la tierra que pisaron y los hombros que los cargaron hasta allí).

OBSERVACIÓN: Este artículo fue publicado en el NEW YORK TIMES, WASHINGTON POST, USA TODAY y en los mayores diarios de EUROPA y JAPÓN.

En BRASIL y el resto de Latinoamérica, este artículo no fue publicado.

Tomado de: http://armandoarteaga.spaces.live.com/?_c11_BlogPart_BlogPart=blogview&_c=BlogPart&partqs=amonth%3D2%26ayear%3D2008

miércoles, 11 de junio de 2008

"EL LIBRO HA MUERTO”

Bill Gates acaba de anunciar la muerte del libro de papel. Al igual que Nietzsche, el norteamericano más acaudalado del mundo planea privarnos de una de las creaciones más trascendentes de la especie humana. Prevé que en el futuro la gente leerá lo que desee desde una computadora portátil o una Palm, podrá comprar libros virtuales y descargarlos directamente desde la red, con acceso ilimitado a obras de todo género. Millones de volúmenes en la palma de la mano.

Los escritores más renombrados (entre ellos nuestro Vargas Llosa) han puesto el grito en el cielo afirmando, entre otras cosas, que la íntima conexión entre autor y lector no podrá establecerse a través de un objeto tan impersonal y luminoso como un ordenador. El escritor peruano González Viaña afirma que ya en otros tiempos el libro se había enfrentado con agoreros que predijeron su fin. Por ejemplo: cuando se inventó la imprenta de Gutenberg se dijo que significaba el fín de los calígrafos, o sea los escritores; cuando se publicó la gramática de Nebrija, se creyó que el establecimiento de reglas para la escritura terminaría liquidando a los autores; cuando se inventó la radio, el cine y la televisión se dijo otro tanto de lo mismo. Muchos han tomado las expresiones del dueño de Microsoft como delirantes, pero no olvidemos que, al margen de sus cuestionables intenciones, él mismo se imaginó hace treinta años el mundo de hoy, y tomó la delantera. “No, el libro no va a morir” grita González Viaña casi como una arenga. Yo no tengo la misma impresión.

En efecto, me parece que nuestro viejo libro de papel no podrá sobrevivir el embate de las nuevas tecnologías. Principalmente porque, a diferencia de épocas anteriores, el cambio que está matando al libro es un cambio global, un cambio en el modus vivendi de esta nueva sociedad tecnológica, en el que el fin del libro no es más que un efecto colateral. El tránsito a la llamada “sociedad de la información” es el paso más devastador de nuestra civilización en toda su historia. Nos hemos vuelto competitivos y especializados, pero también mecanizados e impersonales. Podemos comunicarnos con cualquiera al otro extremo del mundo, pero no queremos saber ni quién vive al lado nuestro. Encendemos la tele y nos preocupamos por la violencia en Irak, la pobreza en Ruanda o la muerte de un niño palestino, pero salimos a la calle y pasamos de largo si vemos un indigente pidiendo limosna, o nos molestamos por la impertinencia de un vendedor de caramelos. Es el progreso, que le dicen.

Al enviar un mensaje de texto, descargar información de Internet, chatear, pagar con la tarjeta o cancelar las cuentas desde casa, asistimos casi sin darnos cuenta a la progresiva extinción del soporte material en nuestras relaciones sociales. A diferencia de la imprenta, el cine, la radio o la televisión, esta nueva forma de comunicación (la comunicación virtual), no ha venido a ser una más entre todas, sino que está llamada a ser la más totalizadora, haciendo que el resto se pliegue a ella. Así, el viejo rollo fotográfico está siendo reemplazado por la fotografía digital, los billetes y monedas por tarjetas de crédito y débito, los trabajos escolares y universitarios se convierten en e-mails al profesor, los comprobantes de pago en pequeños tickets numerados, y el libro en una carpeta de la PC. La consigna es única: si no puede convertirse en megabytes, está destinado a desaparecer.

Es comprensible que lectores y escritores de otra generación se muestren incrédulos ante tales presagios, pero también es increíble la forma en que la gente más joven va adaptándose a estos cambios. Un adolescente promedio pasa entre cuatro y seis horas diarias frente a la computadora revisando información de toda clase. Las estadísticas revelan que cada generación es más instruida que la anterior, sin embargo cada vez vamos menos a las bibliotecas. La historia nos enseña que nada permanece inmutable y que el tiempo convierte lo extraño en cotidiano. Cuando se introdujo la máquina de escribir alrededor de 1870, los viejos escritores acostumbrados al manuscrito afirmaron la poca idoneidad de este aparato por su complicado manejo y pensaron que nunca remplazaría a la pluma y al papel en el proceso de creación literaria. Hoy es impensable que un editor quiera corregir garabatos.

En todo caso puede que el libro permanezca, pero sólo de manera supletoria. Estará allí donde el avance tecnológico sea escaso y probablemente seguirá cumpliendo un rol importante en el proceso de alfabetización, por ejemplo en nuestras riberas (algunos extremistas afirman incluso que en el futuro resultará innecesario aprender a escribir a mano).

Ciertamente no son noticias alentadoras, pues ello importa profundos cambios en la calidad de la literatura. Cuando el televisor era algo nuevo, allá por la década de 1950, las familias generalmente lo colocaban en un rincón de la casa, como si fuera un macetero o un piano. A la hora del programa, las sillas del comedor se ponían cerca al aparato y disfrutaban así de la emisión. Al concluir, todo volvía a su lugar. En las salas de hoy en día, en cambio, el televisor es el objeto más importante. Todos los muebles están dispuestos hacia él, de manera que nada pueda obstaculizar su visión. Supongo que el libro virtual afectará tanto la producción literaria como el control remoto afectó la producción televisiva.

En efecto, cuando el espectador pudo controlar cómodamente su aparato favorito sin tener que levantarse cada vez para cambiar de canal, los productores y anunciantes recurrieron a todo tipo de artificios para mantener la atención del posible consumidor. Conscientes de estar a un click de ser borrados por otro canal, se enfocaron en la comunicación visual: una calata, una sonrisa perfecta, una historia sórdida, un delicioso manjar. La publicidad empezó a exacerbar nuestros instintos más que nuestro intelecto. Frente a la tele, nos volvimos un cúmulo de emociones instantáneas y necesidades superfluas listas para ser satisfechas por nuestros proveedores.

Muchos de nosotros tenemos un libro de cabecera, que siempre leemos antes de dormir, y es poco probable que si en mitad de la lectura queremos hojear otro texto nos levantemos a la biblioteca a buscarlo. Preferimos soportarlo, como el espectador de antaño soportaba los aburridos comerciales por no desprenderse del sillón a cambiar de canal. Imagínese ahora recostado en su cama con un aparato parecido a un celular, donde tiene almacenado miles de libros de su agrado. Cientos de escritores virtuales tratando de que usted lea su obra hasta el final sin hacer uso del despiadado click. La manera en que logren esa hazaña irá en desmedro de la calidad de sus escritos.

Una vez más nos queda el consuelo de la historia: con la imprenta de Gutenberg y la producción de libros en distintas lenguas se pensó que la literatura terminaría por envilecerse, pues hasta ese momento sólo se consideraban serias las obras escritas en latín. El siglo de oro español y las corrientes literarias posteriores demostrarían todo lo contrario. Ojalá que con el tiempo, este conjunto de cambios en la forma de comunicarnos termine convirtiéndonos en algo más que consumidores exquisitos.
D.M.Wong