miércoles, 7 de enero de 2009

LOS NADIES


Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba.

Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada.

Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos:

Que no son, aunque sean.

Que no hablan idiomas, sino dialectos.

Que no profesan religiones, sino supersticiones.

Que no hacen arte, sino artesanía.

Que no practican cultura, sino folklore.

Que no son seres humanos, sino recursos humanos.

Que no tienen cara, sino brazos.

Que no tienen nombre, sino número.

Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local.

Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.

Eduardo Galeano

ESTÚPIDA Y MALDITA GUERRA






WARNING

domingo, 4 de enero de 2009

EL IDIOTA

Un alpinista demoró tres días en escalar una montaña, pero, al llegar a lo alto y ver la belleza del paisaje, consideró pagados sus esfuerzos... Un conductor de helicóptero rió:

-Me basta hacer funcionar mi máquina y en un minuto estoy arriba sin cansarme inútilmente.

Así lo hizo.
Cuando estuvo al lado del alpinista, le dijo:

-¡No sé por qué encuentras hermoso este insulso paisaje!


Alejandro Jodorowsky "Fabula"


El marido se acomodó los anteojos y, haciendo un gesto de fastidio, comenzó a leer mientras desayunaba. La mujer exprimía las naranjas en aquel aparato que nunca pudo manejar del todo bien. Los niños bajarán pronto como lobos hambrientos, y mientras volteaba los huevos en la sartén se preguntaba si aquello bastará para contentarlos. Intentó preguntarle a su marido si deseaba más café, pero ni siquiera había tocado el que tenía en la taza. Además, ya varias veces le había advertido que no interrumpiera su lectura. Los niños bajaron justo cuando ponía la última cucharita sobre la última taza del último de los pequeños. En realidad supuso que venían al escuchar la estampida en la escalera, y quería que todos la encontraran así, acomodando la última pieza, pensando que al verla dirán, “justo a tiempo mamá”. Después de todo, una mesa servida no se genera por combustión espontánea. Pero apenas la miraban y pasaban de largo casi pisándole los pies para ganar lugar. “¿Otra vez avena, mamá?” Tomaban el jugo, los huevos, y mientras se insultaban entre ellos se les hacía tarde para el colegio, lo que les daba un pretexto para salir sin acabar la bendita avena. Mariana ya tenía arrugada la camisa porque se tendió a dormir un rato más y Alfredo derramó algunas gotas de jugo sobre el uniforme, pero no había tiempo para reprenderlos. Como extraído de un sueño, el marido dio un salto uniéndose a la danza de los apurados, se dirigió al callejón a sacar la moto y apenas se despidió de ella mostrándole su generosa espalda.

Ella miró el calendario, recogió los trastos regados por la mesa y empezó a lavarlos. Cuando terminó de acomodarlos se puso a limpiar la casa. Por fin, al mediodía pudo sentarse en el mueble a ver telvisión. Al poco rato su amiga Pocha tocó la puerta.

-Feliz cumpleaños Lupe -le dijo mientras se acomodaba el cabello bajo la vincha.

-Gracias.

-¿Y? ¿A donde pedirás que te lleven?

-No sé. Todavía no hemos hablado de eso.

-¿Pero se acordó no?

Lupe paseó la mirada por encima de la puerta y suspiró.

- Es que tiene mucho trabajo últimamente. Quizá la empresa tenga que reducir personal. Está preocupado.

-Pues también hay peligro de que en su casa haya reducción de personal, cuando lo eches por imbécil. Ya pues Lupe, no tienes que ser tan pasiva. Seguro que otra vez vas a rebajarte a tener que recordarle que se olvidó de tu cumpleaños, y él te dará un beso en la frente y quizá te lleve a comer hamburguesas de carretilla sólo por lástima.

-No voy a recordárselo. Si él no se acuerda hoy nunca más se lo recordaré.

- ¿Y los chicos?

-Apenas saben leer el calendario.

El teléfono sonó y Lupe corrió a contestar. Su marido le avisaba que hoy saldría temprano y llegaría con su jefe para almorzar, pues era su cumpleaños y quería quedar bien para que no lo despida. Le dio instrucciones sobre lo que debía cocinar y le pidió que se diera prisa.

-Le dije que tienes la sazón más deliciosa de todo Belén, amor. No me defraudes.

Cuando ambos llegaron, todo se encontraba dispuesto. Lupe se disculpó por no acompañarlos pretextando un dolor de cabeza, pero apenas se notó su ausencia, pues no bien se sentaron a la mesa empezaron a embutirse los platillos con insaciable rapidez, conversando a boca llena y riendo a carcajadas mientras levantaban en alto los muslos del pollo. Desde la cocina, Lupe observaba la solicitud de su marido para atender los caprichos de su jefe, y le recordaba cuando eran novios. Una vez devorado el almuerzo, el marido se apresuró a pedirle que vaya a comprar tres cervezas mientras su jefe se frotaba las manos haciendo una mueca grosera.

Lupe se negó. Sabía que si empezaban a tomar no pararían hasta quedar debajo de la mesa, y abrigaba la tenue esperanza de que su marido se acordara de la fecha y la llevara a cenar fuera.

- Vamos mi amor -replicó el marido- esto es importante para mí. Ya lo tengo en la palma de la mano. Quizá hasta me ascienda. ¿No quieres que me suban el sueldo acaso?

Tras la primera ronda, vinieron otra más, y luego otras. Los niños llegaron, saludaron apenas y subieron al cuarto. Pocha le regaló un pie de manzana y conversaron un rato en la cocina, tratando de escucharse a través de la bulla del equipo que tocaba las cumbias de moda. Lupe terminó echándola cortésmente para no seguir soportando su mirada condescendiente. Es decir, tenía razón, su marido era un patán ¿Pero que podía hacer ya? Él estaba tirado en el mueble con su jefe, y empezaban a ponerse íntimos haciéndose confidencias mutuas, como siempre pasa con los borrachos.

-Ha sido una gran fiesta, Sifuentes...El mejor cumpleaños que he tenido...

-Usted siempre ha sido como un padre par a mí, don Poncio. Usted es mi inspiración.

El jefe empezó a reir, diciendo:

-¿Y sabes qué es lo más gracioso?

- ¿Qué cosa, don Poncio?

- Que acepté tu invitación por sobre las demás porque tenía que despedirte... ¡Y no sabía cómo! Ja ja ja ¿Te imaginas? ¡No sabía cómo! Nunca me había pasado. Ahora sé porqué -le dijo mientras le ponía el índice en la nariz- Porque eres un ser humano maravilloso, con una linda esposa y unos hijos preciosos.

El marido estaba pálido, y apenas balbució:

- No me despida don Poncio. He sido leal con usted...

- Lo siento hijo. Ya no está en mis manos. Firmé tu carta de despido ayer, pero no te preocupes, eres un muchacho fuerte y sé que a donde vayas, las puertas se te abrirán.

Al ver la rigidez muscular de su pupilo, don Poncio se puso de pie y se despidió. El marido se quedó tumbado en el mueble, como si asimilara lentamente lo que acababa de escuchar, pensando qué cosa pudo hacer mal. Lupe, que había escuchado todo, se acercó a recoger las botellas y mirar de soslayo a su marido, él la miró como queriendo decirle algo con los párpados palpitantes, pero ella dio media vuelta y se dirigió a la cocina a terminar de lavar los trastos.

domingo, 21 de diciembre de 2008

AGENDA PARA LAS PRÓXIMAS DOS SEMANAS



- Levantarme a las 7 de la mañana, desayunar, disfrutar un rato recordando que no tengo que ir a ninguna parte, volver a dormir.

- Encender la PC sin motivo concreto, apagarla sin haber terminado.

- Mirar porno sin pensar que estoy perdiendo tiempo valioso.

- Olvidar el celular en el cuarto toooodo el día.

- No salir de la casa, ni a la puerta.

- Instruir a mi familia para que, si me buscan, no estoy para nadie.

- No sacar la moto.

- No hablar con nadie que no sean mis padres y hermanos.

- Ver televisión hasta las 3 de la mañana, tirado en el mueble y comiendo golosinas.

- No abrir ningún correo electrónico. No leer blogs. No escribir en el blog.

- No ver noticias. No revisar el periódico.

- Tomar consciencia del problema del calentamiento global.

- Llamar a mis abuelos para recordarles que se viene la Navidad y que no olviden a su nieto favorito.

- Y si queda tiempo: Limpiar mi cuarto (mi madre sospecha que un caimán habita en mi cesto de ropa sucia).

domingo, 14 de diciembre de 2008

A propósito del CNI


Es más de mediodía. Enciendo la moto y arranco. Voy por Alfonso Ugarte hacia Moronacocha, pero en Moore el semáforo cambia a rojo y me detengo. Estoy apurado. Una maldición sale de mis labios, culpando al azar por este retraso. De inmediato, como si el destino me hubiera escuchado y quisiera cobrar venganza, una caravana (debiera decir "la" caravana) ingresa por Moore y dobla hacia Alfonso Ugarte frente a mis ojos. Los había escuchado toda la noche y apenas pude dormir debido a sus bocinazos. Se aparecen gritando alborotados, montados -en grupos de ocho o diez- a bordo de motocarros sin toldo, motos, autos, camionetas. Llevan trapos en la cabeza, banderines, banderas y banderolas. La mayoría son varones, pero también van algunas mujeres. Había escuchado ayer por la radio que algunas chicas se habían paseado desnudas y agucé la vista para ver si el espectáculo se repetía. Lástima. Todas estaban vestidas. El semáforo cambia a verde y fui muy ingenuo al poner en primera y acelerar. Debí suponer que una caravana no respeta luces ni señales de tránsito. Espero al borde. Los vehículos pasan tocando con sus bocinas el himno del colegio. La gente grita a pulmón partido. El motocar de mi costado acelera e intenta cruzar para plegarse a la caravana y aprovechar la impunidad vial para llegar a tiempo a su destino, pero se detiene. Ninguno le cede el paso. Recibe un puntapié en el toldo de uno de los ¿hinchas? Resignado, tiene que virar. Ya para entonces el semáforo había cambiado cuatro veces de color y me parecía que la Moore era un inmenso túnel que vomitaba seres humanos, como sangre de una vena rota. Definitivamente estoy retrasado. Nunca había visto una caravana tan larga, ni siquiera contando los desfiles y corsos a los que asistí. La gente alucinaba frenética, pero la mayoría estaba allí sólo para aprovechar la oportunidad de hacer chongo. Unos chicos con la cabeza cubierta le tocan el trasero a una transeúnte que camina al lado de la pista. Intenta zafarse y cae de nalgas sobre la vereda. Ella les grita algo y todos ríen. No hay tiempo para recriminar. La caravana seguía y por más que oteaba el horizonte no conseguía ver el final. Un niño de unos siete años se pasea desnudo en uno de los vehículos, tan delgado como un pollo mojado, pero con la suficiente energía para colgarse de la barra y gritar. Una mujer se ha remangado el short de licra hasta que parezca un calzón y se ha quitado la blusa, quedándose en sostén. Salta, agita las manos, y con ella, su prominente abdomen empieza a emular a un comercial de flan. Por un momento me pareció que estaban dando la vueltas en círculos porque no había cuando acaben de pasar, pero casi veinte minutos después, pude ver la última camioneta. El semáforo nos dio verde y cruzamos. La camioneta intentó cruzar en rojo, pero nuestra caravana de vehículos esperando pudo más. No tuvo más remedio que frenar, provocando silbidos en los ¿hinchas?.

Cansado y oliendo a cuerpo soleado llego al trabajo ensayando mentalmente una buena excusa para mi tardanza, pero no hay nadie . Le pregunto a mi vecino si sabe dónde están todos.

- Se fueron a la caravana - me dice antes de cerrar su puerta - tienes el día libre. Hasta el lunes.

Y yo, que estos días ni participé de la algarabía ni me senté frente al televisor a comerme las uñas, ni sabía nada de fútbol y recién me entero que existe algo llamado la Copa Perú, no pude menos que cerrar los ojos y decir: GRACIAS CNI.

domingo, 7 de diciembre de 2008

Mi Versión Orwelliana de la Navidad



LA EMPRESA se prepara para el mes más importante del año. El único mes en que puede apelar a la sensibilidad de sus consumidores para estrujarlos hasta hacerlos desangrar el ultimo centavo. A lo largo de los años sus técnicas se han refinado, y ella misma se ha convertido en un conglomerado mundial, con influencias en casi todos los aspectos de la vida del hombre. ¿Qué podría prepararnos LA EMPRESA para este año? ¿Quizá algo más de lo mismo, una que otra campaña culebrona con muchas luces y niños felices? Se rumorea que las mejores ideas se le han acabado. Hoy en día la gente se ha vuelto más desconfiada y está empezando abrir los ojos. Atrás quedaron los tiempos en los que bastaba un par de historias efectivas para que los consumidores derramaran unas lágrimas y se volcaran a las tiendas para remediar sus carencias. ¿Recuerdan la historia de Papá Noel? Fue la mejor de todas. Haber inventado la historia de un gordito bonachón que viene desde tierras muy lejanas a regalar paquetitos primorosamente envueltos a todos los niños del mundo, tenía el poderoso mensaje de obligar a los padres a convertirse en Papanoeles, si es que querían llamarse padres. Además, con el barbón del traje rojo se rompió el esquema de que sólo había regalar a la familia. Desde entonces, TODOS se dan un regalo en Navidad, y por supuesto, LA EMPRESA siempre está allí, con los anaqueles repletos, para ayudarnos a cumplir nuestros sueños.

Tal vez otros recuerden mucho mejor la campaña de "Un cuento de Navidad", que también fue una brillante anotación a sus bolsillos. La historia de Ebeneezer Scrooge fue creada para castigar a los avaros del mundo, mostrándoles por vía de amenaza, lágrimas y redención, lo que les esperaba si se rehusaban a comprar algo de LA EMPRESA para regalar. Eran épocas más sencillas, fáciles de engañar. Viendo el potencial espiritual de esta fiesta, LA EMPRESA se encargó de exagerarlo todo. Nada era suficiente para tener una buena Navidad: Del pollo se pasó al ganso, y del ganso al pavo. De cinco kilos, de seis, de diez, de quince, hinchados con vacunas, engordados con vitaminas, nada bastaba. Antes era suficiente un juguete para un hijo, ahora los padres tenían que disculparse porque "sólo le habían regalado seis".

Y las historias tiernas se multiplicaban: cada quince segundos aparecía en la televisión una familia alrededor de una gran mesa llena de viandas con un enorme pavo al centro, manteles rojos, árbol enorme, guirnaldas, luces por todos lados y sobre todo sonrisas; sonrisas que reflejaban una felicidad tan auténtica como inimitable. Y las familias quedaban tan cautivadas con aquella imagen que empezaban a planear las adquisiciones que tenían que hacer. Tenían tanto que comprar: la mesa, el pavo, las viandas, la fiesta, ...la Navidad. En ese momento, la proyección terminaba y aparecía el enorme logo de LA EMPRESA, con todas las direcciones disponibles. Siempre hay una cerca a tu hogar.

Mientras tanto, los pobres que no podían comprar "eso que LA EMPRESA vende y se llama Navidad", se sentían miserables, avergonzados por la sucia y austera covacha en la que pasarán la Nochebuena.
TODOS TIENEN ALGO QUE DAR, era el lema principal de la campaña. Desde lo alto de sus oficinas, los ejecutivos azuzaban a la gente a regalarse cosas una y otra vez. Y a regalar a los que no tienen también. A través de conmovedoras películas nos habían convencido que no hay nada más gratificante para el alma que regalar algo de LA EMPRESA al que nada tiene. El círculo era perfecto: El que se aprovechaba y explotaba todo el año a sus semejantes se sentía perdonado regalando un par de cosas; el explotado y aprovechado se sentía honrado de que su explotador le regalase algo.

Pero obviamente, ninguna campaña llega a todos por igual, y hubo alguien que fue deserendando la madeja.

Un niño de doce años, cuyos padres poseían una de las fortunas más grandes del planeta, estaba cansado de ser complacido en todo. Cada año, cuando le pedían que hiciera su tradicional lista de regalos, pedía lo más inverosímil: Aviones de verdad hechos de papel, una piedra de la luna, un pulpo siamés... y siempre tenía lo que pedía.

No puede ser, pensó. La Navidad es un timo de LA EMPRESA.

Y un día, el niño se levantó y ordenó que quitaran todos los adornos. Luego pidió que para Navidad le regalasen algo que no pudiera ver, y que sin embargo sea lo suficientemente bueno para hacerle feliz. Los criados se quedaron estupefactos, no se les ocurría nada. Los padres inmediatamente llamaron a LA EMPRESA para preguntar si vendían aquel producto. No tenían nada semejante. El rumor del extraño pedido se corrió por toda la ciudad, el país, el mundo. Gente de todos los rincones concluyó que, si el niño más rico del mundo lo pedía, debía ser algo bueno. Los niños entonces empezaron a decir a sus padres:

- Papi, para Navidad quiero lo que quiere el niño rico, algo que no se vea y sin embargo me haga feliz. No, no, no. No me compres nada de LA EMPRESA. Sólo quiero el regalo que te pedí.

Ya se imaginarán cómo andaban las cosas en lo alto de las oficinas de LA EMPRESA. Empleados iban y venían tratando de imaginar una manera de satisfacer la demanda de este nuevo producto, pero todos sus esfuerzos resultaron inútiles. Las ventas cayeron en un 95% en los dos días siguientes, y para la Noche Buena, se vieron obligados a cerrar sus puertas antes de las once de la noche. El jefe de los ejecutivos consideró que las ideas del niño eran peligrosas para su negocio, y decidió actuar por su cuenta.

Amaneció el día veinticinco y como siempre, el niño salió corriendo de sus aposentos, bajó las enormes escaleras de la mansión hasta el salón principal y, al pie del enorme árbol, buscó su regalo.

Era una caja pequeña y sin decorado, casi oculta bajo las enormes ramas del árbol sintético. El niño se puso furioso, se volvió a sus padres y exclamo:

- Les dije que quería un regalo que no se pudiera ver.

Casi al instante, noto que junto a sus padres estaba el jefe de los ejecutivos, sentado casi al rincón. Lo había reconocido de los periódicos y al verlo, inmediatamente empezó a reír.

- ¿De qué te ríes? - le preguntó su padre.

- La Navidad es un invento de LA EMPRESA ¿lo ven? Sin los regalos no hay Navidad. Lo lamento papá, pero este año no pudiste complacerme.

El jefe de los ejecutivos permanecía sentado, con los labios ligeramente estirados.

- Claro que sí, hijo. Tu regalo no es la caja, sino lo que está dentro de ella.

El niño tomo el paquete y levantó la tapa. Inmediatamente un resplandor laceró sus ojos, dejándolo ciego. Mientras apartaba la caja de sí y agitaba los brazos tratando de asirse de alguna parte, el jefe de los ejecutivos se levantó, se acercó a él, le tomó de los hombros y dijo:

- Feliz Navidad Dorian. Todos los años hemos complacido tus caprichos. Ahora gracias a ti, todos los niños del mundo han recibido un regalo como el tuyo. A estas horas deben estar ciegos también; justo hoy, que inauguramos una nueva división de LA EMPRESA: La clínica oftalmológica, donde por un módico precio les ofreceremos la oportunidad de volver a ver. Veníamos planeándolo desde hace años, sólo hacía falta un niño rico, engreído y con el suficiente cerebro como tú para echar a andar el proyecto. Como premio a tus esfuerzos, no te cobraremos el tratamiento.

El jefe de los ejecutivos sacó del maletín una pequeña inyección y se la puso. Inmediatamente recobró la visión. El niño le miró con odio, aunque se le escapaban algunas lágrimas de temor.

- No me lo agradezcas a mí -dijo el anciano ejecutivo- sino a tu padre, el nuevo jefe de la clínica.

Demás está decir que ese día LA EMPRESA recuperó el doble de sus pérdidas vendiendo inyecciones para ciegos. Desde entonces, a ningún niño de la tierra se le ocurrió pedir tonterías en Navidad.